Sobre Duro de roer de Damaris Calderón

Sobre Duro de roer de Damaris Calderón

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“Digo lo que tengo que decir sin literatura”. Esta línea de Clarice Lispector preside el libro Duro de roer de Damaris Calderón. Semejante declaración de principios unida al título pretenden desbrozar la vida y a su vez construir lo deforme. En el poemario las maniobras de desgarramiento, de rotura, logran la autenticidad en universos sórdidos, sarcásticos. Para ella la infancia es una dureza que siempre fue violada y nunca tuvo pertenencia. Al dejar de existir tornó viscosa y llevó al ser a obrar para los otros, ya para siempre sin identidad. El fin no es la irrupción de aspas dolorosas, sino el origen, el juego donde el hombre eternamente se compara y la ruptura es la dependencia suprema, la dependencia ciega. La intelección se produce en lo amargo. La mutilación no se propina, es genética.

Los juegos antitéticos de sentido, las metáforas, son vastos, a veces descarnados. Estas últimas navegan con más suerte cuando se limitan al mundo de los objetos, no en las violentas abstracciones. Hay regusto por las oposiciones marcadas. La metáfora abierta muchas veces engloba la analogía elíptica.

La iniciación – tenía que moldearse?— era la escritura que cubierta de sangre no fue dócil ni agresiva, y desengañada se unió al esfuerzo, al sacrificio.

La autora mezcla en sus tonos el vigor y el rechazo. Le gusta entrar en su propio sarcasmo. El que mata es el mismo que muere. Lo desgarrado entra y antes de verterse en sí mismo nubla las constantes de un estilo. Lo que mucho se ve, lo que se ve entre líneas o de un solo golpe debe ser tamizado _ le grita el texto al texto _. A cada paso la insinuación del óxido. Alguien decía que se insinúa lo que siempre se espera.

Es un poco ciega en este libro la forma en que se encuentran prosa y poesía, a veces el enunciado se encaja de bien resuelto, otras traspasa el oído para dejar la sensación de lo grotesco sin dobleces.[i]

No sé que sirva de nada elaborar una respuesta a la frecuente pregunta: ¿Qué diferencia hay entre la poesía y la prosa? Creo que la poesía es la más cargada de energía. Pero estas cosas son relativas. Igual que cuando decimos que cierta temperatura es cálida y otra fría. En la misma forma decimos que cierto pasaje escrito en prosa “es poesía” cuando queremos elogiarlo, y que cierto pasaje escrito en verso es “sólo prosa” cuando lo queremos menospreciar [...] Y “escribir bien” es tener un control perfecto. Y es muy fácil controlar una cosa que no tiene energía – siempre que no sea demasiado pesada y que uno no quiera hacer que se mueva [...] A veces sugieren los doctos que los poetas deben adquirir las gracias de la prosa. Esto es una extensión de lo  que se dijo antes acerca del control. La prosa no necesita emoción. Puede, aunque no necesita intentar, describir emoción.

Semejante aserto de Ezra Pound moviendo el punto de vista lo sitúa e ilustra el caso de Duro de roer.

Lo cáustico se afinca en los opuestos. Así, unida a lo que rechaza, fluye. Se abisma satisfecha. Su trampa y su misterio es la imagen descarnada. Ese cruento equilibrio que perseguimos todos ¿la aísla? Construye la piedad en el asco. En la náusea ve la trascendencia. Se divisa la sal como alimento.

Lo inclasificable, lo impreciso, lo ineludible que alude la nota de contracubierta del poemario[ii] aquí ha sido sostenido y atravesado. Mi intelección, como la sal del libro, discurre desde el más desembozado instinto animal. Una imagen dura, una bofetada que no duele, que siempre se respira. Una imagen dura que ha dejado al olvido lo que nunca fue: frágil. “Un boquete profundo, como de metralla”, la pupila y el pecho, que, más que ver y sentir, anuncian la certeza más desengañada. Lo curtido fue siempre lo más crudo.

 

[i] -“gaviotas de buche traga – traga”

     “Y hubo que quitarle el bozal al perro y ponérselo en las piernas”

[ii] -“Estos textos – inclasificables – hacen al lector aventurarse en un territorio impreciso, enfrentándose al hecho ineludible de encontrarse ante La Gran Broma o El Gran Drama.”.

Basilia Papastamatíu