Temporada de primavera de Acosta Danza

Temporada de primavera de Acosta Danza

  • Acosta Danza en Belles Lettres. Foto: Cortesía de la compañía
    Acosta Danza en Belles Lettres. Foto: Cortesía de la compañía

Temporada de primavera es el título del espectáculo que la compañía Acosta Danza, dirigida por el primer bailarín y coreógrafo Carlos Acosta, Premio Nacional de Danza, llevara a la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, para festejar el aniversario 180 de la fundación del legendario Coliseo de La Habana Vieja y el primer año de su debut en ese templo sagrado de las artes escénicas.

Desde el momento mismo de la creación de la emblemática agrupación danzaria, uno de sus objetivos fundamentales es ofrecer a los amantes del ballet clásico y contemporáneo los más diversos estilos danzarios, incluidos en un solo espectáculo; por ello, esa nueva entrega de Acosta Danza la integran diferentes obras de elevadísimo nivel técnico-interpretativo y estético-artístico.

El programa correspondiente recoge un momento muy especial: el estreno en la mayor isla de las Antillas de Belles Lettres, obra del artista estadounidense Justin Peck, coreógrafo residente del New York City Ballet. A partir de la música del compositor francés César Franck, el desarrollo de la obra evoca el universo lírico de la literatura y los ecos románticos de una de las épocas de oro del arte universal. E incorpora, además, los títulos: De punta a cabo, con coreografía de Alexis Fernández; Andromous, con coreografía del bisoño artista Raúl Reinoso; Twelve, con coreografía de Jorge Crecis; y la reposición de El cruce sobre el Niágara, con coreografía de la maestra Marianela Boán. El cruce… es una obra representativa de la danza moderna insular, y celebra este año el aniversario 30 de su estreno.

Disfrutar de una función protagonizada por la compañía Acosta Danza deviene una caricia al intelecto y el espíritu de quienes amamos el arte de las puntas, en cualesquiera de sus manifestaciones, porque los miembros de dicha agrupación se caracterizan —fundamentalmente— por la integralidad artística que los identifica en cualquier escenario nacional o foráneo, ya que son capaces de interpretar, con profesionalidad, elegancia y respeto absoluto al estilo de la obra que suben al proscenio, los más disímiles géneros danzarios: un ballet clásico, un ballet contemporáneo o una cubanísima rumba, declarada por la Unesco Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, por solo citar tres ejemplos significativos.

Por otra parte, el auditorio vibra de emoción, y consecuentemente, se le tensan las cuerdas íntimas del ser, al percibir in vivo cómo esos jóvenes bailarines dominan a la perfección los indicadores esenciales en que se estructuran esos géneros danzarios, a los cuales les aportan la dosis exacta de cubanía, que mediatiza tanto la rigurosa técnica académica, como los complejos recursos expresivos utilizados por los danzarines, para demostrarles a los espectadores locales y extranjeros, así como a los colegas de la prensa especializada, que en las tablas y fuera de ellas, son fiel reflejo de ese mestizo único e irrepetible, cuya personalidad básica —según el sabio, don Fernando Ortiz (1881-1969)— se nutre del ajiaco multi-étnico-cultural y espiritual que nos tipifica como pueblo, como nación.