Un minuto de gloria y una vida de pena

Un minuto de gloria y una vida de pena

  • Fotograma de Un minuto de gloria. En la imagen, Tzanko Petrov (Stefan Denolyubov), uno de los personajes centrales del filme. Foto tomada de internet
    Fotograma de Un minuto de gloria. En la imagen, Tzanko Petrov (Stefan Denolyubov), uno de los personajes centrales del filme. Foto tomada de internet

Otro diagrama ocre de la sobrevida en los países del este de Europa tras el paso al capitalismo nos configura el largometraje búlgaro Un minuto de gloria, producción fílmica de estreno en Cuba esta semana, la cual ha sido objeto de encomios de la crítica a nivel internacional, merecedora de premios máximos en los festivales de Gijón y Edimburgo, y que brinda la posibilidad al espectador nacional de contactar con una pantalla hoy casi ignota, circulada de forma harto limitada tanto en las carteleras universales como en las propias.

Cine social europeo de la mejor pinta con reminiscencias temático-estilísticas de Ken Loach y los hermanos Dardenne, Un minuto de gloria, dirigida por Kristina Groscheva y Peter Valzanok en 2016, es la historia de un pobre tipo que tuvo la mala idea de ser honrado en un país consumido por la desidia, la mentira, la corrupción institucional y el fraude, lastres que el filme fustiga sin ambages; de forma más bien casi diríamos que demasiado directa, solo entendible la insistencia dado el tono de sátira impregnado a lo que viene a ser a la larga una tragicomedia con todas las de la ley.

Nuestro Tzanko Petrov (Stefan Denolyubov) es un agente de estación -según la traducción de Gnula; si bien guardavías resultaría mejor, de acuerdo con el DRAE-, con una vida de pena, dos meses de retraso en su pago y un mísero salario mensual de 350 levas, quien, durante uno de sus recorridos diarios a pie por las líneas de los ferrocarriles en busca de alguna tuerca floja en los raíles, se encuentra al lado de la vía una bolsa con un millón de levas (medio millón de euros). Suma que el buen hombre, pese a sus penurias y habitar en un cuarto misérrimo lleno de moscas, tiene la idea de reportar. La acción trasmite la extraordinaria honradez de este ser humano, cuyo decálogo privado no comulga con ninguna actitud deshonesta.

Pero, ya nos los adelantaban —y aquí repiten el enunciado— los mismos directores Kristina Groscheva y Peter Valzanok en su excelente La lección (2014), en la Bulgaria de hoy no resulta posible ser honesto, pues tal valor moral puede convertirse en problema en territorio donde la virtud ha de pedir perdón al vicio.

Tzanko entrega el dinero y cuanto comienza a partir de ahora es la anuladora odisea humana de alguien sobrepasado por contexto, respuestas humanas y proceder de los sectores de poder. El Ministerio de Transporte, sumido en corruptelas y crisis de diverso tipo a las cuales la película alude desde su mismo inicio, aprovecha la oportunidad para sacarle partido al singular acto de honestidad del sujeto, en el intento de venderlo como ejemplo de la limpieza de los hombres que laboran para esa cartera. Y arman su puesta en escena.

La campaña de propaganda del Ministerio de Transporte resulta liderada por Julia Staykova (Margita Gosheva, actriz protagónica también en La lección) cínica y manipuladora jefa de prensa, quien junto a su jefe y sus subordinados tratan al obrero de los ferrocarriles como un pelele con quien juegan a su antojo y al que ella convierte en franca cortina de humo para desviar el foco público de la crisis de corrupción ministerial.

Durante el acto de entrega de un premio a Tzanko para distinguir su acto -el reconocimiento consiste en un tonto poema declamado por un chiquillo, cuatro memeces del Ministro ante el micrófono y un reloj barato que se atrasa-, el tímido y tartamudo trabajador intenta informarle al titular de Transporte sobre el flagrante robo del combustible a los trenes y otros males, de los que el dirigente no quiere saber nada, porque su aparato completo está hundido en el cieno.

Hasta aquí, en términos argumentales, podría resumirse la primera hora de una película que se bifurca en la segunda a partir del problema de Tzanko y su reloj; sí, el reloj viejo suyo que deja en manos de la gente de Julia, a insistencia de estos, para que se lo guarden antes de recibir el nuevo de parte del Ministro.  

Dedicado por su padre y por consiguiente provisto de un valor sentimental para el pobrísimo obrero, el viejo reloj se extravía, debido al desinterés, presumiblemente en los departamentos del Ministerio. Tzanko, casi sin poder hablar debido a su gagueo, desesperación, y con apenas unas levas para transportarse a Sofía, hace hasta lo indecible para recuperarlo. Pero la demoníaca e insensible Julia lo coge para el trajín y, cual resultado de su injusto proceder, suceden una serie de acontecimientos que llevarán a este hombre al borde de la muerte y muy probablemente a la muerte misma a ella a manos del ferrocarrilero, como sugiere ese fuera de campo epilogar del filme, sin que ninguna escena posterior desmienta la inducción.

Un minuto de gloria constituye lancinante parábola de una sociedad enferma, donde muchos le hacen el juego al poder en su afán de medrar o cuando menos sobrevivir (el personaje co-central de Julia), y donde lo correcto solo recibe la mofa o el rechazo (de Tzanko se burlan todos; no solo los jefes, sino también sus compañeros de trabajo, quienes, como el filme muestra de manera explícita, pueden ser incluso peores en sus métodos que los primeros).

La urgencia de alerta de esta película -para nada de interés estrictamente interno a lo búlgaro y, por el contrario, de carácter muy ecumenista-, induce a que amerite ser apreciada en diversas partes del mundo, en tiempos cuando son relativizados o definitivamente olvidados los valores, a favor del pillaje, el pragmatismo cerval y el provecho inmediato.

Kristina Groscheva y Peter Valzanok saben que cuanto tienen entre los rollos de su cinta es angustia a 24 cuadros por segundo; de tal que a lo trágico mixturen lo cómico, no solo humor negro, destilado entre la misma imagen y los dichos/hechos de Tzanko, conjuntamente con las zorrerías de Julia. A tal objetivo ayudarán sobremanera los actores Stefan Denolyubov y Margita Gosheva en su rica defensa de los dos personajes protagónicos. La Gosheva figura ahora mismo entre las mejores intérpretes europeas, a criterio del comentarista.

La pródiga composición de esta actriz, su trabajo gestofacial y la locuacidad chispeante de su mirada (ella logra aquí fabricar sarcasmo con los ojos, algo bien difícil de conseguir) opera como un factor de equilibrio y en tanto gozne fundamental entre las dos ramas representacionales clásicas fundidas en la obra.