Creado en: octubre 17, 2022 a las 01:25 pm.
Homenaje a Rogelio Martínez Furé

Querido Abbure:
Sí, porque así nos llamábamos tú y yo. Abbure quiere decir algo más que socio, que camarada, que hermano. Un apelativo que era nuestro modo de identificarnos.
La vida nos unió en 1960, en aquel Seminario de Etnología y Folklore del Teatro Nacional. Llegaste erguido y firme como una palma real y traías bajo el brazo una novela sobre Haití y su Revolución de 1791. Nos enseñaste a todos a admirar a Toussaint Loverture y a entender el vudú. Traías las aguas del Río Canímar y del San Juan, colmadas de orishas y de güijes ancestrales. Y también la poesía de José María Heredia y de Nicolás Guillén. Estabas elegido para iniciar una obra investigativa de aciertos y nuevos caminos. Junto a tu vocación etnológica cargabas con los adarmes de la poesía africana y caribeña que colmó tu obra de folklorista e investigador. Llegaste iluminado y eso lo percibimos todos. Ya eras entre nosotros el más dotado. Me enseñaste a amar los orikis yorubá, los cantos congos y los enkames abakúa. Sin proponértelo te impusiste como adalid de algo que algunos intuíamos pero que ya tú tenías como derrotero en tu carrera académica. Abbure, tú fuiste también mi guía. Visitamos con frecuencia a Don Fernando Ortiz, pero nunca te impusiste, siempre dejaste ese espacio de luz para que yo creciera junto al maestro. En el Instituto de Etnología y Folklore desarrollaste una tarea colosal compilando cantos, leyendas y apólogos de estirpe afroide. En 1962 fuiste uno de los fundadores del Conjunto Folklórico Nacional que creció como tú querías, con el fluir de las aguas de un gran río. Te acompañé en esa aventura aunque luego cada uno tomó su rumbo, nunca distante de las esencias cubanas y del ajiaco orticiano. Tu visión de la isla fue de arraigada universalidad porque entendiste que los componentes hispanos, africanos y asiáticos se mezclaban en ese caldo de cocción permanente que Don Fernando llamó la cubanidad y que no es otra cosa que la argamasa compacta de la cubanía. Fuiste, como te gustaba decir, un cubano reyoyo. Y quizás por eso un cubano universal. Tu sabiduría era un espejo, estaba a flor de piel y por eso era asequible a las generaciones más jóvenes, y a tus contemporáneos, para quienes entregaste tus conocimientos en las inolvidables Makas de la UNEAC, que no eran otra cosa que lecciones socráticas de magisterio intelectual.
Cuando cumpliste ochenta años escribí:
“Rogelio ha sido consecuente con el pensamiento de Don Fernando, de Argeliers León, de José Luciano Franco, de Lydia Cabrera y de tantos estudiosos que ahondaron, como dijera Alfonso Reyes, en el pozo de lo cubano”.
Fuiste gran lector de Frantz Fanon, de Darcy Ribeiro, de Édouard Glissant y de los grandes pensadores de África y del mundo. Amaste al Siglo de Oro Español y a los estructuralistas franceses. Antonio Machado y Aimé Cesaire fueron tus poetas favoritos. Tu antología de la poesía anónima africana es una joya de la bibliografía universal. Diwan develó a muchos la riqueza y el volumen de hondo calado de la literatura de tu amado continente: África. Y en Diálogos imaginarios expusiste tu concepción de cultura sin desvaríos subjetivos, pero sí con una visión histórica.
Profeta en su tierra, lo que lo convirtió ya en un ícono, Rogelio Martínez Furé quedará como un modelo Gramsciano de intelectual pleno y orgánico en la memoria de todos nosotros y su palabra será guía para las nuevas generaciones porque él le imprimió la clave de futuro que solo los sabios poseen. Con humildad y tesón trabajó en su taller cuando ya la vista no lo acompañaba. ¡Cómo pudo este hombre generoso en la oscuridad del final de su vida proyectar tanta luz! Rogelio, tu obra quedará a buen resguardo de la cultura cubana y créeme no fueron en vano más de sesenta años de pasión y desvelo. Disfruta la paz que te mereces y la posteridad que te ganaste. Y sube, sube hermano, hasta alcanzar el cielo de Olofi, ese que tú nos enseñaste a amar.
Miguel Barnet



