Creado en: febrero 12, 2021 a las 08:27 am.

José Loyola: Llegar con arte a los 80 (Parte I)

José aprendió a tocar la flauta con su padre Efraín Loyola

La música produce alteraciones en la respiración y el ritmo cardíaco, provoca cambios en el sistema inmunitario y la actividad muscular, tiende a aumentar la atención y la concentración, desarrolla la memoria, estimula la imaginación, la creatividad, modifica el estado de ánimo y disminuye los niveles de ansiedad y estrés.

Con tales evidencias científicas, es desmentida la teoría de que la música solo opera en cuestiones del espíritu. José Loyola Fernández cree, irremediablemente, en los estragos físicos y psicológicos de una canción. El flautista se declara convencido de que la musicoterapia sí suena y más en tiempos coronavíricos.

Lo dice alguien que, a sus 80 años, continúa escuchando, investigando y haciendo música. Dicha adicción lo acompaña desde niño, cuando golpeaba taburetes hasta arrancarles sonidos con las palmas de las manos.

Desde entonces permite a la melodía colarse por sus oídos y esparcirse por el organismo. Con la misma devoción se encarga de transformar el aire de sus pulmones en notas musicales, esperando el milagro de la reacción biológica y espiritual en el otro.

Usted ha dicho que la música llega por dos motivos: el entorno y la genética. ¿Por cuál de los dos le llegó?

Lo de la genética viene por mi padre que fue músico allá en Cienfuegos, flautista fundador de la Orquesta Aragón. Él hacía música culta con la Banda Municipal de Cienfuegos. En ese tiempo había músicos estelares, después algunos pasaron a la Orquesta Sinfónica Nacional, como fue el caso de Juan Jorge Junco. Yo nací en Pueblo Nuevo, un barrio popular. Ahí escuchaba, sobre todo, música afrocubana, eso desde niño me acompañó. Aquella era una ciudad de agrupaciones soneras. Había conjuntos como Los Naranjos, músicos que pertenecieron luego al Sexteto Nacional Ignacio Piñeiro, la propia Orquesta Aragón. Todo ese universo sonoro me fue formando.

A los ocho años ingresé en una banda de música de concierto para niños y jóvenes. Después, con 11, empecé en una orquesta charanga con la que vine por primera vez a La Habana en 1954. Dos años después ejercí profesionalmente con la orquesta de mi padre. Ahí grabamos discos, hicimos programas de radio en Cienfuegos y en La Habana con CMQ. Para entonces ya hacía arreglos musicales. Cuando triunfó la Revolución decidí dejar la práctica instrumentista e ingresé en la Escuela Nacional de Arte.

¿Cuál era la situación de la música popular cubana antes de 1959 y cuánto cambió después del primero de enero?

Por lo general, los músicos tenían que arreglárselas por sí mismos para adquirir los conocimientos y aprender a tocar la trompeta, el piano o cualquier instrumento. En mi caso no tuve que ir muy lejos para aprender porque tenía a mi padre que era flautista. Los percusionistas, en su mayoría, eran empíricos, no tenían formación académica, lo mismo sucedía con los cantantes. Los que tocaban en una banda de música municipal tenían salarios muy bajos, extremadamente pobres. Hacían música en grandes festividades: la navidad, los 31 de diciembre, los carnavales. En ese tiempo no se podía vivir de la música, profesionalmente hablando, excepto esos que tenían la posibilidad de tocar en una banda municipal, provincial o una militar de las de entonces. Era una vida muy dura y en provincia era peor, porque todavía en La Habana había muchísimas emisoras de radio, estaba la televisión acabada de llegar en la década del 50.

Debutó con el danzón de Fefita en el Club de Cienfuegos y fue escogido por Rafael Lay, cuando cursaba la enseñanza primaria superior, para tocar en una charanga juvenil. ¿Cómo termina entonces en la Banda Militar de Santa Clara?

Se hizo una convocatoria en esa ciudad para ingresar en la Fuerza Táctica de Combate dirigida por el comandante Armando Acosta Cordero. Sustituimos a los músicos que pertenecieron a los cuerpos de la tiranía. No que es fueran asesinos ni mucho menos, pero habían apoyado a la dictadura. El Movimiento 26 de julio, que conocía mi trayectoria en Cienfuegos, me dio una carta para presentarme en Santa Clara. Casualmente, la persona que me hizo la audición para la banda fue el compositor Carlos Fariñas, quien era teniente de las bandas militares de La Habana. En aquel momento había muchos músicos relacionados a ese mundo: estuvo Juan Blanco, que fue capitán, González Mántici, Valdés Arnau. Fui seleccionado entonces como el primer flautista de la Banda de la Fuerza Táctica de Combate en Santa Clara. Tocaba marchas, música culta, que nunca lo había hecho. Ahí estuve un año hasta que decidí regresar a Cienfuegos, porque lo que quería era seguir estudiando música.

Tuve la suerte de que, cuando se convocó para el Octavo Festival de la Juventud y los Estudiantes, la UJC me seleccionó para integrar una orquesta. Así fuimos a Helsinski. Por la calidad de los músicos, la orquesta ganó la medalla de oro y yo la de plata como solista. Al regreso del festival ingresé en la Escuela Nacional de Arte. Pertenezco a los cursos fundadores. Ahí me formé hasta el 67 cuando obtuve una beca para estudiar composición en Polonia.

Comenzó sus estudios de flauta con su padre Efraín Loyola y posteriormente, en 1963, ingresa a la Escuela Nacional de Arte. ¿Cuánto pesa el estudio y cuánto el talento y la intuición?

Debe haber un equilibrio. El talento, si no lo cultivas, se pierde. Por mucho talento que yo tuviera, si no hubiera estudiado en la Escuela Nacional de Arte no sería el músico que soy hoy. Muchos de los artistas hoy reconocidos se formaron allí. Venían también de otros lares, otras provincias: José Luis Cortés, de Santa Clara, Adalberto Álvarez y Joaquín Betancourt, de Camagüey, Emiliano Salvador, de Puerto Padre. Tuvimos profesores eminentes: Juan Pablo Ondina, Emigdio Mayo, Alicia Perera, mi gran maestra y después mi amiga, Federico Smith, compositor norteamericano, Niro Rodríguez, Carmen Valdés, María Antonieta Henríquez. Todos ayudaron muchísimo en mi formación.

El acercamiento a la música culta trajo otro enriquecimiento: el contacto con las demás artes. Hay un refrán que dice: El médico que sólo sabe de medicina ni de medicina sabe. El músico tiene que tener un horizonte cultural. En la ENA entré en contacto con la vida de la plástica. Ahí estaban profesores como Servando Cabrera, Antonia Eiriz, Adigio Benítez. Sus alumnos intercambiaban con nosotros y nosotros los invitábamos a los conciertos. En el mundo de las artes escénicas compartí con figuras como Mirta Ibarra, que era estudiante, Daysi Granados, y otros muchos. Conocí la danza moderna, el ballet con Fernando Alonso, la ópera.  El que se encierra en la música nada más está frito.

Dedicó seis años al estudio de Teoría de la Música en la Academia Federico Chopin de Varsovia. ¿En qué medida siente que la música culta alimenta a la popular?

En la obra de Loyola destaca la simbiosis entre la música culta y la popular

Todo ese acervo cultural de la música culta, tanto el universal, extranjero, como de la propia música cubana, ayudó a enriquecer mi universo sonoro. Entrar en contacto con la música de Amadeo Roldán, Alejandro García Caturla, Ignacio Cervantes, Manuel Saumel…enriqueció mi horizonte. Los contemporáneos debemos contactar también con la música de vanguardia.

En la ENA el propio Federico Smith, que era muy amigo de Leo Brouwer, me dijo: “Mire, yo a usted le he enseñado todo lo que sé, pero tiene que recibir clases de Leo Brower. Él está más actualizado que yo”. Tuvo esa honestidad. Entonces Federico Smith habló con él. Iba a la Amadeo Roldán un par de veces a la semana. Eso me ayudó a afrontar la formación en Polonia, porque los polacos estaban en la avanzada mundial y aún lo siguen estando.

Ahora, debo hacer una salvedad, una persona no puede formarse solamente a partir de los conocimientos de la música culta. La música popular también tiene sus leyes y normas que hay que dominar. Por eso es importante que en la enseñanza haya una visión de lo popular, desde el punto de vista de programas. No con talleres y ese tipo de superficialidades, sino una formación académica en la música popular, con aquellos que poseen el talento.

Para tocar el piano como Frank Fernández, Jorge Luis Prats, Chucho Valdés, Hernán López Nussa o Emiliano Salvador, hay que tener talento. Para tocar la flauta como Richard Edward o Maraca, hay que tener talento. La música popular fue la base. La culta fue el complemento necesario para profundizar, consolidar los conocimientos. Esa simbiosis entre lo raigal y lo avanzado da como resultado que en Cuba haya grandes músicos.

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