Creado en: julio 9, 2021 a las 10:50 am.
Donde existe la música, microsinfonía histórica

El libro “Donde existe la música; microsinfonía histórica” se trata de una monografía sociocultural de 250 páginas, escrita desde la perspectiva de la micro-historia, donde el autor Rolando Bellido Aguilera enlaza los hechos, anécdotas y procesos particulares del batey azucarero con fenómenos y tendencias de la nación y el planeta, haciendo honor al mandato de León Tolstoi: “… pinta tu aldea y estarás pintando el mundo”.
Se describen, explican y comprenden los principales fenómenos económicos y culturales que van desde la construcción y fundación del central “Báguanos” (1914-1918) a las costumbres y tradiciones que fueron conformando la identidad local hasta las primeras décadas del siglo XXI, sobre la base de los principales sucesos en la biografía de cinco pioneros de la música en la localidad: un retranquero saxofonista, “Lero”; un barbero compositor de canciones, “Juan”, un baladista defensor del buen gusto, “Javierito”; una canta-autora y directora coral, “Ivette María” y un guitarrista director de la primera banda de concierto, “Piro”.
Con este libro, hasta ahora inédito, Bellido culmina su pentagrama histórico-cultural del batey natal, el cual ya cuenta con cuatro obras anteriormente publicadas: El mito de la poiesis (ensayo, 2002), El humo de Battle Creek (historia, 2012), Historia del Árbol que Silba y Canta (monografía, 2008) y Puente que habitamos (poesía, 2018).
La tesis desarrollada por el autor es que gracias a la música cubana la marea cultural globalizadora no nos sumerge y nos borra. En los ritmos, melodías, fusiones y armonías de la música de nuestra isla hemos podido sostenernos con la comprensión de lo que somos y, al mismo tiempo, devolver al mundo la clave y la cuerda enriquecidas. Con sus anchísimos canales de ida y vuelta, recibimos y vamos conservando siempre la raíz y el tronco del árbol nacional.
Afirma Bellido que sin la música, los hechos económicos, productivos, sociales e incluso históricos son tan solo eso: hechos, datos, números sin espíritu. Nuestra música es el alma, la hermenéutica infinita, la comunión posible desde los valores no solo estéticos, sino también morales y éticos. En ella estamos retratados en cuerpo y alma, en movimiento y forma.
Sin un ápice de menosprecio hacia lo propio y, al mismo tiempo, sin la ignorancia prepotente del aldeano vanidoso, en el libro se sostiene que la trascendencia solo es posible cuando lo local es concebido como un hecho cultural universal[1], convencidos de que en el batey, hecho de música, creación y vida, cabe el mundo.
Solo en el campo de la cultura y haciendo una historia entrañable de lo propio, se puede contribuir a que las obras de importancia humana, por muy pequeñitas que puedan parecer, nunca mueran, a que la memoria se convierta en un templo, hecho de tradición y modernidad; un templo vivo porque en él están presentes nuestros músicos y nuestra música, no solo como liturgia sino también como latido creador: la gloria eres tú.
Con esta gloria, el autor ha querido dejar una memoria hechológica, biográfica hasta cierto punto, de cinco músicos del batey azucarero de Báguanos, humanizada con anécdotas personales y locales que aportan color y vida a lo histórico-social. Al mismo tiempo, ha intentado seguir el rumbo artístico, ético y estético en todo lo que le ha sido posible en aras de comprender las esencias de la cultura, de su rol indispensable para poder conciliar identidad y creación, tradición y modernidad, batey y nación, pueblito y mundo.
En medio de todas y todos, están las creadoras y creadores de la música, los sostenedores del alma. Estos son, en su mayoría, anónimos, y en vida pocas veces reciben el reconocimiento y los parabienes que en justedad merecen. Ellas y ellos, aunque muchas veces desconocidos o no reconocidos en su imprescindible valía tienen todas y todos una biografía, un arcoíris de sueños y experiencias, una técnica, una manera de recibir, recordar y transmitir, una peculiar forma de repetir y crear, de fundar y trasladar un detalle o una época, una alegría cotidiana o una leyenda que trasciende: “… no olvidemos que la música es algo más que técnica, es cultura en todos sus aspectos”.[2]
Cuentan, y no es mentira, que una noche las cataratas del Niágara dejaron de suceder; una inusual nevada congeló sus aguas y el torrente se detuvo. Era ya la alta noche, venía tejiendo su tapiz de claroscuros la madrugada y fue tal el estruendo del silencio que en decenas y decenas de kilómetros a la redonda los vecinos que dormían se despertaron: el cese de aquel murmullo telúrico, de aquel tradicional concierto de roca y agua, quebró el sueño e impidió a todos continuar durmiendo. Lo mismo sucederá cuando los músicos del batey por debilidad, abandono o muerte dejen de comparecer y acompañarnos.
Si llegara ese crucial instante, el central detendrá sus maquinarias para siempre, no habrá molienda y todas y todos abandonaremos el sitio predilecto. Gracias a estos músicos y a su música, narrado en el texto, hemos estado menos solos; hemos sido menos batey, menos isla. Gracias a Lero, Juancito, Javier, Ivecita y Piro.
[1] Adriana Orejuela, El son no se fue de Cuba, Letras Cubanas, La Habana, 2006, p. 406.
[2] Rafael Lam, El imperio de la música cubana, Editorial José Martí, La Habana, 2014, p. 136.