Creado en: julio 11, 2021 a las 07:08 am.

Juan Albaijés, un gran pintor poco conocido

Juan Albaijés Ciurana (1874-1949), dibujante, pintor y escultor

A pesar de ser prácticamente desconocido entre las nuevas generaciones, el dibujante, pintor y escultor español radicado en Camagüey, Juan Albaijés Ciurana (Valls, Tarragona, Cataluña, 9 de septiembre  de 1874-Camagüey, 8 de abril de 1949), legó a la cultura nacional importantes cuadros, muchos de los cuales se encuentran en importantes colecciones estatales.

En esta oportunidad voy a referirme a dos de esas obras perfectamente conservadas: Retrato de joven o Santa Cecilia, 1919 (óleo / tela, 136 x 100 cm.); perteneciente a la colección del Museo provincial Ignacio Agramonte, de Camagüey; y Finlay, atesorada en el Hospital Militar Central Dr. Carlos Juan Finlay, de La Habana.

Cuando en el año 1918 uno de los músicos más simbólicos de Cuba, Manuel Corona Raimundo (Caibarién, 17 de junio de 1880—Marianao, La Habana, Cuba, 9 de enero de 1950), guitarrista y compositor, dio a conocer su tema titulado Santa Cecilia, sensiblemente atraído por su hermosa letra y música, e imbuido por su fe católica y su experiencia como pintor y escultor especializado en temas religiosos, realizó este valioso cuadro fuertemente influenciado por la escuela española del romanticismo, cuyo máximo representante fue el famoso pintor y grabador Francisco José de Goya y Lucientes, Goya (Fuendetodos, 27 de marzo de 1746-​Burdeos, 16 de abril de 1828)​.

Autor, entre otras muchas obras, de la escultura del Cristo situada en la cúpula de la Catedral de Camagüey, así como del retrato del reconocido médico y científico cubano descubridor de la Fiebre Amarilla, Albaijés fue un hombre dotado de una extraordinaria formación cultural, con una extensa producción iconográfica (pintura, dibujo y escultura) en España y Cuba; sin embargo su nombre en la actualidad es prácticamente desconocido, motivo por el cual vale reseñar algunos aspectos relevantes de su vida.

Obra “Santa Cecilia”, de Juan Albaijés

Nacido en Valls, una ciudad y municipio español de la provincia de Tarragona, en Cataluña —hoy capital de la comarca del Alto Campo— en el seno de una poderosa e influyente familia perteneciente a la burguesía catalana, pasó sus primeros años de la infancia en un ambiente culto y educado. Estudió dibujo y pintura en una escuela privada cercana a su domicilio, en tanto disfrutaba de la acogedora arquitectura de la urbe ubicada junto al río Francolí, entre cuyas construcciones más antiguas se encuentran la iglesia romano-gótica de Sant Joan, del siglo XVI, y la Capella del Roser, del siglo XVI, con un mosaico de azulejos sobre la Batalla de Lepanto.

Con una sólida base en su formación artística, Albaijés matriculó en 1885, en La Escuela de Artes y Oficios de Barcelona (en catalán, Escola d’Arts i Oficis de Barcelona), también conocida por Escuela de la Lonja, fundada en 1775 por la Junta de Comercio de Barcelona, de donde surgió la prestigiosa Real Academia Catalana de Bellas Artes de San Jorge.

Graduado como pintor, decorador, escultor y restaurador, además de escenógrafo, paisajista y retratista en la Escuela de Artes y Oficios de Barcelona, el joven soñador de Valls, con la ayuda de su padre, creó su propio espacio para hacer arte, e impartir clases de dibujo y pintura. En el año 1895, cuando tenía 21 años de edad y poco antes de partir hacia América, Albaijés conoció a quien devino genio del arte español Pablo Ruiz Picasso, quien comenzó a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona, donde su padre había obtenido una cátedra.

Entre ambos se produjo una pronta y fiel relación amistosa. El primero admiraba la extraordinaria vocación del malagueño de 14 años de edad para el dibujo y la pintura, mientras que este gustaba de dialogar con él acerca de las diferentes técnicas aprehendidas en su corta y fructífera trayectoria artística.

En el otoño de ese mismo año el  emprendedor joven catalán, embullado por las historias de aventuras y la posibilidad de erigir su propio universo creativo y social, decidió partir hacia Cuba, radicándose en la ciudad de Camagüey, donde muy pronto abrió su estudio e instauró una academia de dibujo y pintura, a la que concurrían muchachos pertenecientes a la burguesía criolla y descendientes catalanes, en tanto se incorporó activamente al universo artístico y cultural de ese territorio, donde prontamente ganó fama y prestigio.

Un año antes de contraer matrimonio en 1898 con Angelina Betancourt Castañeda, oriunda de la localidad de Sibanicú y parienta cercana del Marqués de Santa Lucía, Salvador Cisneros Betancourt —Albaijés realizó el primero de sus recurrentes viajes a Barcelona y, por supuesto a Valls, donde permanecían sus padres, quienes nunca aceptaron con agrado la partida de su retoño, quien, según ellos, no debía ir a Cuba en busca de las riquezas que ya tenía en España.

En ese viaje visitó a Picasso en el estudio que le había comprado su padre, donde pudo disfrutar del primer cuadro académico recién concluido por el artista a los 15 años de edad, obra titulada La primera comunión, 1896 (óleo sobre lienzo, 166 cm de alto por 118 cm de ancho, Museo Picasso, Barcelona). También visitó a sus viejos amigos pintores en Tarragona, Barcelona y Valls.

Luego de su matrimonio con Angelina, el artista catalán volvió en varias oportunidades a encontrarse con su gran amigo Picasso, quien permaneció durante nueve años en la hermosa urbe del Mediterráneo con estancias más o menos largas en Madrid, Málaga y París. A través de sus contactos con el autor de Guernica,  igualmente se relacionó con el padre de este, José Ruiz y Blasco,  pintor y profesor de arte español; a la vez que dejó sólidas relaciones con otras importantes figuras de las artes plásticas de la región, como Ramón Casas y Santiago Rusiñol.

Instalado en el aristocrático Camagüey de principios del Siglo XX, acompañado de su hermosa y prestigiosa esposa, una de las damas más renombradas de la sociedad en ese tiempo, Albaijés no se inmiscuyó de forma activa en la agitada vida política de Salvador Cisneros Betancourt. Sin embargo, su espíritu solidario y de nobleza, su radical oposición a la injusticia y su pronto apego a la idiosincrasia y la cultura insulares, amén de no aceptar con complacencia la ocupación estadounidense en la Isla.

En sus trabajos se destaca su estilo definitivamente marcado por la corriente española, en la que sobresalen la sutileza y transparencia del claroscuro, así como la perfección y nitidez de las figuras, estilo que puede apreciarse no solo en sus cuadros Retrato de Joven o Santa Cecilia y Finlay, respectivamente, sino también en las obras de corte religioso que se conservan en varias iglesias de la antigua Villa de Santa María del Puerto del Príncipe.

Tanto en Camagüey, como en La Habana, frecuentemente visitada por él, entabló estrechos lazos de amistad con reconocidas personalidades de la cultura, el arte y las ciencias, entre las que sobresalen sus vínculos fraternos con el eminente Doctor Carlos Juan Finlay, a quien en 1907 el Instituto de Medicina Tropical de Liverpoo,l en Inglaterra, le otorgó la Medalla Mary Kingsley, condecoración destinada a científicos con aportes relevantes en el campo de las enfermedades infecciosas, medalla que recibió en acto solemne en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, a la vez que fue acreedor del Premio Bréant, de la Academia de Ciencias de Francia; y en 1908 de la Orden de la Legión de Honor, trascendental condecoración que otorga el gobierno francés a hombres y mujeres, naturales o extranjeros, por méritos extraordinarios en el ámbito civil o militar.

Obra de Juan Albaijés dedicada al Dr. Carlos Juan Finlay

Este lauro fue creado por Napoleón Bonaparte en 1802 y posee cinco grados en orden progresivo: Caballero, Oficial, Comandante, Gran oficial y Gran cruz. El lienzo pintado en 1948 por Albaijés evoca tan trascendental acontecimiento en la vida de su gran amigo y rememora su etapa de plena madurez profesional, en tiempos en que era Presidente de Honor de la Junta Nacional de Sanidad y Beneficencia, función que asumió hasta su muerte el 19 de agosto de 1915 en su residencia del Paseo del Prado en La Habana.

Albaijés destaca en su pintura la canicie del cabello, del bigote y de las copiosas patillas que adornan la cara del sabio. En el texto titulado El Finlay de Albaijés, de Jorge Eduardo Abreu Ugarte, de la Universidad de Ciencias Médicas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, en la descripción del lienzo especifica, además: “Usa espejuelos de moldura fina de oro, cejas copiosas y brillantes ojos de afable mirada. Viste con sobriedad un gabán oscuro, pechera blanca y lazo negro. Erguido de pie en postura expositiva, su rostro expresa la nobleza del benefactor.

Ante él hay una mesa cubierta con un tapete oscuro, sobre esta un libro y a su lado descansa apaciblemente la mano derecha del doctor, mientras que la izquierda sostiene un pliegue de papel. Detrás está el dorso de una butaca y una cortina oscura con matices claros.

En su pecho, a la izquierda, la condecoración en grado de oficial concedida por Francia. En el anverso de la medalla un rostro femenino que simboliza la República Francesa. En la solapa del mismo lado, el distintivo de su membrecía de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, institución que impulsó el desarrollo de las ciencias en la isla desde la época colonial, principalmente de las ciencias médicas”.

Albaijés —afirma Abreu Ugarte— “representó al benemérito médico, en el ámbito ceremonial en que recibió la Orden de la Legión de Honor el 3 de diciembre de 1908 en la Academia de Ciencias de Cuba, un acto solemne para celebrar su 75 cumpleaños, ocasión en que colocaron su retrato, en la galería de hombres de destinos ejemplares”.

El maestro catalán murió rodeado de sus hijos —trajo al mundo 14 descendientes con su única cónyuge Angelina—, y nietos. La noticia recorrió todo el país a través de la radio y varios medios de prensa. El influyente rotativo El Camagüeyano, daba de este modo la lamentable pérdida: “Rendido al paso de los años, y a implacable dolencia que fue minando su vida, falleció en las primeras horas del viernes, el señor Don Juan Albaijés Ciurana, caballero respetable que por su actuación ejemplar se hizo querer por cuantos le trataron.

“A su paso por este mundo, Don Juan Albaijés deja constituida una larga familia, cuyos hijos han seguido siempre la actuación magnífica de su padre, por lo que es un rico legado que hace a esta sociedad.

“El extinto se distinguió por su arte.  En casi todos los templos de la ciudad, queda un recuerdo suyo, no solo en obras pictóricas sino en esculturas también, pues Don Juan Albaijés tenía especialidad en el arte religioso. (Sic.)

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