Creado en: octubre 9, 2022 a las 09:22 am.
Redonet [i]

Con él no sucedió como cuando murieron otros ilustres profesores de la Facultad de Artes y Letras, Universidad de la Habana, que me formaron, a los que, a raíz de sus muertes, dediqué sentidos homenajes publicados en revistas del país: es el caso de Beatriz Maggi y Guillermo Rodríguez Rivera. El murió hace mucho tiempo, pero siempre quise homenajearlo, aunque nunca llegaba el lugar y el momento. El momento es este.
Un hombre muy delgado, a manera de Quijote, negro, de sandalias, pitusa y diente de oro, no era lo que se dice un prototipo de profesor universitario en el año 1980. Así lo vi, así lo encontré, así lo encontramos. Serio, ensimismado y afable, tímido por momentos, siempre docto, con una sonrisa que rompía muros, por supuesto, no los de mi timidez.
El profesor de Metodología de la investigación literaria, asignatura clave en la formación de un filólogo. No se me olvida la vez que puso como materia de prueba intrasemestral un cuento de Hugo Chinea, donde se describía a un bandido del Escambray con matices humanos, y casi todo el mundo se fue por la tangente en la prueba, describiéndolo y caracterizándolo como un revolucionario. Aunque era la evaluación final, Redonet no daba las notas de aquel examen, y todos los días estábamos con el credo en la boca en su turno, pensando que iba a dar a conocer las calificaciones. No tengo que decir que el día en que eso ocurrió nadie se lo esperaba.
Llovían los suspensos. Solo 5 o 7 alumnos aprobaron. Yo era muy nerviosa, y al recibir mi aprobado de 3 rompí a llorar a la vista de todos. Siempre me quedé con el sentimiento encontrado de temer que el profesor pensara que lloraba por el 3, y no por la tensión de tantos días de incertidumbre, y por la emoción de haber aprobado.
El ingenio de nuestro profesor era profundo ante nuestra vista, jóvenes universitarios que recién llegaban al complicado y vasto campo de la cultura: pusimos el grito en el cielo cuando nos puso como trabajo de control un cuento de Cortázar donde un afamado músico clásico ya fallecido tocaba el piano en el Oriente cubano, o cuando luego de buscar y leer los más difíciles e insospechados cuentos , tras el equívoco y la bromita del cuento de Hugo Chinea, llevó a examen nada menos que “Pájaro, murciélago y ratón” de Onelio Jorge Cardoso, un cuento que parece pertenecer, y de hecho también pertenece, a la literatura infantil, pero que es pura poesía para todos.
Yo era muy tímida, me daba pena hablar con él fuera de los marcos del aula y la Facultad, aunque ya escribía, pero sabía que era amigo de muchos alumnos que amaban la cultura y que intentaban escribir. Siempre recuerdo que nos decía que la carrera de Letras era como una indicación distendida de lecturas que debíamos realizar cuando esta terminara. Muchos años después, ya graduada, y cuando comenzaba a publicar mi poesía, tuve la ocasión de conversar con él, ya acompañada por la sociabilidad nata de Rito, [i] y me confesó su infinita confianza en mis cualidades como poeta, como escritora, luego de haberse leído mi libro Los cursos imantados, que trata sobre la escritura, y, que , junto con los libros de otros poetas de mi generación, había despertado suspicacia en los medios oficiales, pues les parecía una defensa a ultranza del Postmodernismo. A este pilar de mis inicios rindo homenaje hoy, recordando su hermosa y pícara sonrisa, y su saber inconmensurable de la literatura, lo mismo en los marcos teóricos que en los horizontes de la creación.
[i] – El poeta Rito Ramón Aroche, mi compañero.
[i] – Salvador Redonet Cook. (1946 – 1998) Profesor universitario, investigador y crítico literario cubano. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), de la Junta Asesora de la Fundación Alejo Carpentier y de la Comisión Nacional de Carreras de Artes y Letras. Durante su vida profesional realizó importantes estudios acerca de la metodología de la investigación literaria. Fue fundador y uno de los más constantes promotores del movimiento nacional de talleres literarios.