Creado en: junio 19, 2021 a las 12:29 am.
El «desmadre» nominal

Ya sé que en esto no somos originales, pues muy enterados folklorólogos dan fe de que en toda Latinoamérica, especialmente en las áreas rurales, abundan los nombres raros y arcaicos.
A. R. Cortázar nos recuerda que en Argentina pululan los “Audifacios”, “Dorilos” y “Leovinos”. Además, los calendarios han originado nombres como “Fiesta Cívica”, “Pentecostés”, “Difunto” (nacido el 2 de noviembre) y otros por el estilo. (Se asegura que por aquí hubo algún “Santoral-al-dorso”).
En Cuba podemos encontrar una colección de “Robustianos”, “Abundios”, “Longobardos”, “Pluvios”, “Hemeregildos”, y alguno que otro “Aeropagito”. No han sido pocos los rústicos que, como quien suscribe, se han llamado “Argelio”.
En un registro civil santiaguero hubo de aparecerse un montuno exigiendo que a su recién nacido niño se le inscribiese como “Carlos Tres Palitos”. (Entiéndase Carlos Tercero).
En esa misma dependencia, otro habitante del lomerío quiso nombrar a su hija “Clítoris”. (Implicaciones aparte, me parece un hermoso nombre, como emparentado con ninfas u otros seres bellamente mitológicos. Se me hace la boca agua…).
Pero dígase, en justicia, que entre nosotros la nomenclatura excéntrica no se ha limitado al campo. En plena ciudad se ha dado el caso de que al fruto de un esperadísimo alumbramiento lo llamaron “Yanací”. Por otra parte, la pareja de Pedro y Carmen, con las primeras sílabas de sus nombres, bautizaron a “Pecar”, un engendro como para persignarse y ponerles los pelos de punta a los beatos.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la presencia de un dirigible de la marina norteamericana, en la comarca guantanamera, dio lugar a algún “Usnavy”, pues tales siglas mostraba el vehículo en su costado.
Tiempo hubo en que la niña nacía con grave peligro de ser llamada como la protagonista femenina del último culebrón jabonero de rating. Así surgieron muchas “Sorayas”, “Norkas” y “Roxanas”.
Sépase que abundan las “Gemas” que no relumbran, las “Marilines” con menos curvas que una tabla de planchar, las “Vírgenes” de lo más alegritas y las “Santas” sin aureola.
Con el triunfo de la Revolución, tras la Reforma Agraria, hubo un “Inra” González o Fernández (de Instituto Nacional de la Reforma Agraria). La casa nueva otorgada a una familia por el Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda, posibilitó que presenciáramos, en un aula de primaria, las travesuras de cierto “Inavito”.
Pero ya lo de hoy es el desmadre. En primer lugar, cierto síndrome epidémico que podríamos denominar yamilorragia: “Yamilé”, “Yamilet”, “Yamilis”, “Yamiley”, y un largo etcétera.
No hay que ser un celoso cancerbero de la ortodoxia, un trasnochado guardián de la pureza, para advertir también cierto entusiasmo extranjerizante en el ambiente. Lo foráneo es chic, pleno de donaire. Pero en el pecado llevan la penitencia porque, ignorantes de lo mismo que se matan por imitar, terminan en risibles caricaturas, miméticas aproximaciones como “Antuán”, “Yaquelín”, “Maiquel”… ¡y hasta “Yoni”!
Por lo pronto, querida comadre y dilecto compadre que me leen, resístanse a la tentación de nombrar al nuevo vástago como “Miositis”, que evoca una grave dolencia, o “Rukmini”, tan similar a un golpe fulminante de kárate.
Tengan piedad de maestros y empleados del Registro Civil, que ya bastante grande, por esta razón, es entre ellos la incidencia de inestabilidades nerviosas.