Creado en: abril 10, 2022 a las 10:41 am.

El primer anuncio de funciones teatrales en la prensa de Cuba

El domingo 24 de octubre de 1790sale el pri­mer número del Papel Periódico de la Havana, fundado por iniciativa de don Luis de las Casas, Gobernador de la Isla de Cuba. Se trataba de un pliego con cuatro páginas de 22 cm de alto por 15 de ancho cada una. Sus primeros redactores fueron el propio Gobernador, el doctor Tomás Romay, el presbítero José Agustín Caballero y el escritor y publicista Diego de la Barrera. El periódico tuvo salida dominical hasta enero del año siguiente cuando comenzó a salir también los jueves, frecuencia que mantendrá hasta su desaparición en 1805.

La opinión generalizada hasta nuestros días lo califica como un excelente órgano de prensa, con muy variada información sobre educación, salud, adelantos científicos, economía, observación meteorológica, entradas y salidas de barcos, literatura –incluyendo creaciones- y teatro.

Revisé los diez números correspondientes a 1790: en solo seis, se anuncian veintitrés obras en doce días de función. En la cuarta página de aquel primer número, se publica la cartelera teatral de esa noche y la del próximo jueves 28:

“Hoy representará la compañía de cómicos la comedia Los áspides de Cleopatra.

En el primer intermedio se ejecutará una pieza titulada: El cortejo subteniente, el mari­do más paciente y la dama impertinente.

Y en el segundo se cantará una tonadilla a dúo titulada: El catalán y la buñuelera.

Para el jueves: El médico supuesto.  

En el primer intermedio se representará el entremés: El informe sin forma.  

Y en el segundo, una tonadilla a solo titu­lada: Las casualidades”.

Son programas típicos de la época, cuando las funciones duraban tres horas o más. En algunas ocasiones se advertía al público que se comenzaría “después del toque de las oraciones”, el que con variaciones entre verano e invierno, solía disponerse alrededor de las 7 p. m. Por lo que la hora de comienzo del principal solaz de nuestros antepasados rondaba las ocho de la noche: iniciaba la presentación una obra dramática –comedia o tragedia- o una ópera, todas con dos o más actos; en los entreactos, mientras se cambiaban los telones de fondo y algunos artistas sus vestuarios, se brindaban sainetes, tonadillas o danzas. 

La actriz e historiadora española Matilde Muñoz nos ofrece una certera opinión acerca de las representaciones de la segunda mitad del s. XVIII en la península:

“En cuanto a la organización del espectácu­lo, no podía ser más absurda y perjudicial para la unidad artística. Al terminar la pri­mera jornada de la comedia se ejecutaba un entremés y luego una tonadilla; después se desarrollaban los lances de la segunda jornada, seguida de un sainete y otra tona­dilla; por último, la tercera jornada y un baile. Semejante ensalada rusa destruía el efecto de las obras e impedía a los actores ponerse en situación. Como el tiempo apremiaba, no era extraño ver salir en el entremés al alcalde de Polvoranca con montera de paño, guirindola de festón y coturno griego”.

Sobre el espacio físico de la representación, el Papel Periódico…  no da referencias. Presumo que se trabajaba en el provisional de la calle de Jesús Maria, en la confluencia que hace con Egido, habilitado después del desplome del primer gran Coliseo en 1788. 

Analicemos brevemente estas carteleras.

Los áspides de Cleopatra es una tragedia de Francisco de Rojas Zorrilla, uno de los más señalados dramaturgos del bien llamado Siglo de Oro. Se había puesto en siete ocasiones en el Coliseo habanero entre 1776 y 1780; después de 1790, hasta 1818, se representaron al menos catorce funciones.

Nada menos que el luego conocido por su labor como crítico El Regañón, Ventura Pascual Ferrer, es el autor de El cortejo subteniente, el marido más paciente y la dama impertinente. “El primero que nos enseñó en el teatro a pensar”, como lo califica el historiador Rine Leal, escribió en su juventud este sainete, animado por el creciente desarrollo del teatro en La Habana; este 24 de octubre de 1790 es su estreno absoluto. Se reestrenó a principios del siglo siguiente. El manuscrito se perdió, pero antes el polígrafo José Juan Arrom tuvo la oportunidad de revisarlo en los fondos Francisco de Paula Coronado, en la Biblioteca de la Universidad de Las Villas y nos cuenta:

“La acción pasa en Cádiz y la situación, planteada ya en el título, culmina en farsa al embarcar el amante con su batallón hacia La Habana. Nada tiene de novedoso el tema del eterno triángulo. Lo novedoso en este sainete es el estilo, transparente y ágil, el fácil manejo del enredo, la naturalidad de los versos octosílabos y, sobre todo, el tono inconfundiblemente moderno del ambiente. No puede dudarse que su autor vivía ya de cara al siglo xix”.

El catalán y la buñuelera, un estreno para los habaneros, es de la autoría del catalán Pau Esteve, uno de los más talentosos compositores españoles del XVIII, que dejó al morir más de seiscientas composiciones y solía escribir los versos de sus tonadillas, además de algunos sainetes.

Sobre El médico supuesto, debo confesar que con ese título solo aparece en las fuentes que consulté una comedía de gracioso de Joseph de Villaverde, estrenada en Salamanca en 1791, lo que hace improbable que sea esta de La Habana en 1790.  Podría tratarse de una traducción española anónima sobre El médico a palos, de Molière, que con el título El médico fingido se había visto en nuestro primer Coliseo en 1780, sin que se nos dieran referencias del traductor.

El entremés El informe sin forma, también de estreno en Cuba, es de José Julián López de Castro, escritor madrileño de la primera mitad del s. XVIII. Tendrá varias representaciones hasta 1821.

Las casualidades es una tonadilla a solo de Blas de Laserna, fecundo músico, natural de la región de Navarra, que dedicó toda su vida al teatro; dejó más de quinientas tonadillas, operetas y partituras para comedias y sainetes, casi todas estrenadas en el madrileño Teatro de la Cruz, donde estuvo contratado por muchos años como director musical.

Así, el Papel Periódico de La Havana dio fe, desde sus inicios, de la voluntad de sus redactores por divulgar la actividad escénica.

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