Creado en: abril 3, 2022 a las 09:33 am.
La tonadilla escénica: un antecedente del bufo criollo

El domingo 13 de enero de 1791 encontramos en el Papel Periódico de La Havana la primera referencia de una tonadilla escénica compuesta en Cuba: “Para el domingo, la comedia Acrisolar la lealtad, a la vista del rigor, por fama, padre y amor. En el primer intermedio un entremés, y en el segundo, por el primer galán, una tonadilla nueva titulada El pastorcillo amante, de Un ingenio americano”. Esta piececilla se había cantado el jueves 10, aunque no aparece en la cartelera del periódico. En el último trimestre de 1790 se habían anunciado El catalán y la buñuelera, Las casualidades y La viuda y el sacristán, tonadillas de Pau Esteve, Blas de Laserna y Antonio Rosales, respectivamente.
La tonadilla escénica es un género menor del teatro musical que surge a mediados del siglo XVIII. Se interpretaba durante los intermedios o al final de un programa. Aunque en España decreció el interés por la tonadilla después de la primera decena del siglo XIX, en Cuba se mantuvo vigente hasta bien avanzado el primer cuarto de esa centuria.
El español José Subirá, autor del extenso estudio La tonadilla escénica, divide en cinco etapas la vida de este género:
Y las describe así:
“[…] aquellas producciones literario-musicales que comenzaron a fructificar hacia 1750, y durante medio siglo florecieron esplendorosamente, para caer bien pronto en el olvido profundo, caracterizándose todas ellas por ocupar buena parte o la totalidad de los intermedios teatrales en las representaciones de comedias y por tener vida propia e independiente, a la vez que una extensión relativamente considerable, debido a la diversidad de piezas musicales que integraban cada obra”.
En los inicios, una actriz cantaba una historia de amor y terminaba bailando una chacona, tirana, jácara o cualquier otra danza al uso. Poco a poco fueron incorporándose otros actores-cantantes y aunque Subirá asegura que “llegaron a existir tonadillas de hasta doce personajes, como La plaza del palacio de Barcelona, del compositor Jacinto Valledor”, debo confirmarles que hubo tonadillas escenificadas por compañías enteras, como La gallega enamorada, de autor desconocidoy El presidiario–que podría ser de Antonio Rosales o de Pablo del Moral-, estrenadas en el Principal habanero en noviembre y diciembre de 1812 respectivamente, y anunciadas como “tonadilla general”.
Según Subirá, estas tonadillas más complejas tenían una estructura parecida a la de una pequeña ópera cómica:
“Introducción o “entable”: Podía ser hablada con un preludio orquestal o cantada.
“Parola”: Declamación, generalmente con acompañamiento orquestal.
Hablado: Parte hablada sin música.
Recitado: “Recitativo” de la ópera italiana, con acompañamiento musical.
Cantado: Parte cantada. Todas estas formas se iban alternando a lo largo de la
tonadilla.
Final: Solía ser cantado, siguiendo los esquemas de las “tonadillas a solo”.

De las tonadillas solo se hacía público el nombre del compositor, aunque muchas de las letras fueron escritas por conocidos dramaturgos del siglo XVIII: Ramón de la Cruz, Luciano Francisco Comella, José de Cañizares, Luis Moncín, Tomás de Iriarte, Gaspar Zavala y Zamora, Vicente Rodríguez de Arellano, Manuel Fermín de Laviano, José Landeras, Sebastián Vázquez.
Los grandes compositores de tonadillas son: Pau Esteve y Grimau, Blas Laserna, Pablo del Moral, Antonio Guerrero, José Castel, Lluis Misón, Ventura Galván, Manuel Vicente García, José de Nebra, Diego de La Riba, Juan Marcolini, Pedro Aranaz, Jacinto Valledor y Antonio Rosales. Es notorio que Pau Esteve componía él mismo las letras de sus tonadillas. De hecho, este versátil catalán escribió libretos de zarzuelas, óperas cómicas y sainetes. Otros músicos que escribieron versos para sus canciones fueron Laserna, Misón, Rosales y el italiano Marcolini.
Detractores no le faltaron a este género, como el fabulista y crítico Félix María de Samaniego, quien en 1786 escribe:
“Vuelve con la Pascua el teatro, y nosotros volveremos de refresco a la carga, empezando con los intermedios de música conocidos con el nombre de tonadillas. En ellas verá usted compendiados todos los vicios de nuestros sainetes, amén de otros muchos que les son peculiares. Éste sí que es el imperio donde dominan los majos y las majas. Las naranjeras, rabaneras, vendedoras de frutas, flores y pescado, dieron origen a estos pequeños melodramas; entraron después en ellos los cortejos, los abates, los militares y las alcahuetas; pero los majos faltan rarísima vez en estas composiciones. Por fin, cansados de inventar los poetas, han puesto su doctrina en boca de los mismos cómicos, y para asegurar la ilusión, Garrido, Tadeo y la Polonia nos cantan sus amores, sus deseos, sus cuidados y sus extravagancias; y alguna vez usurpándole a usted su oficio definen las costumbres públicas y se desenfrenan contra los vicios. Pero ¡cuán suaves y templadas son sus sátiras! Allí verá usted tratadas a las usías de locas, a los mayorazgos de burros, a los abates de alcahuetes, a las mujeres de zorras y a los maridos de…”
En La Habana, el 4 de julio de 1804, se prohíbe una tonadilla de moda en nombre de la corrección de las costumbres, la buena razón, los rudimentos cristianos y las mismas leyes del teatro y el Reino. Reproduzco fragmentos del análisis que hace el presbítero habanero José Agustín Caballero —quien ejerció por lo menos desde 1800 y hasta 1812 la función de censor— sobre la tonadilla de marras:
“[…] atribuye a La Habana, como peculiar de ella, o lo que es peor, atribuye señaladamente a las habaneras un vicio muy común a todas las mujeres que han llegado al grado de corrupción en que él las considera para que tenga lugar su tonadilla […] No ha debido pues el autor dar aire de novedad a un vicio tan antiguo y tan general, y mucho menos suponerlo gaje especial de las habaneras, porque esto es hablar con determinación, es insultar a otro, y tal vez desahogar una pasioncilla, cosas todas muy ajenas al Teatro. Opino que el autor debe generalizar sus ideas y entonces la tonadilla podría lícitamente salir a las tablas”.
Aquí se adivina la abierta mentalidad de quien quizás es nuestro primer pensador, no obstante, su pesado cargo.
Por su parte, Alejo Carpentier apunta:
“En Cuba, la difusión de la tonadilla escénica fue extraordinaria, alentando, incluso, una modesta producción local […] Más de doscientas tonadillas escénicas se cantaron y volvieron a cantar en La Habana, hasta la saciedad, de 1790 a 1814 […] Las mejores creaciones del género desfilaron por el escenario del Principal […]. A esto hay que añadir un inacabable repertorio de “chascos” (de la burra, del abate, del ciego, etc.), de “fingidos” y “burlados” (amantes, pintores, italianos, pastores…), de “lances2, sin olvidar los títulos en que intervienen, a más de sacristanes, franceses, moros, mendigos y damas astutas, los consabidos personajes de gitanas, malagueñas, payos, gallegas (la del zorongo), catalanes, majos y mosqueteros. […] En 1815, aunque el género va desapareciendo de los escenarios habaneros, Los maestros de la Raboso, con el inevitable Trípili-trápala, sigue entusiasmando al público, antes de tomar por asalto la plaza de Santiago, en 1822. […] En 1802, se estrenó una «tonadilla a tres» bajo el título de Un gaditano en La Habana”.
En La Habana se estrenaron tonadillas de desconocidos “ingenios del país”. El interesado puede encontrar partituras de famosas tonadillas en partes o enteras, en el tomo III de la obra de Subirá, incluyendo la muy representada Los maestros de la Raboso, a veces anunciada como El trípili-trápala.
Comparto la afirmación del historiador Rine Leal acerca de que la tonadilla contribuirá al nacimiento del género bufo cubano, por su fuerte presencia en nuestros escenarios y su carácter popular, conformado por historias de personas comunes, contadas con el gracejo del campesino y del elemento pobre de las ciudades, las más de las veces picante y lleno de doble sentido.
En esta razón y para despedir esta entrega, reproduzco una pieza escogida por Leal, a su vez encontrada por el erudito Manuel Pérez Beato:
Yo salí muy tempranito
de mi casa una mañana.
con el rengue rengue rengue,
con el rengue rengue ranga,
con el limoncito verde,
con la naranjita agria.
Pasé por un conventito
que Santo Domingo llaman.
Con el digo digo digo,
con el digo digo vaya
con el tiro que te peguen,
con el rayo que te parta.
me respondió una campana.
Que me toquen la zarabandilla,
mi vida, la zarabandilla del alma.
Qué quiere la muy devota,
qué quiere la muy cristiana.
Estribillo:
Aquí vengo, padre mío,
que usted me cure esta llaga.
Estribillo:
Ya se levanta el vestido,
ya levanta las enaguas.
El padre que no era lego
el bisturí preparaba.
Fuentes:
José Subirá: La tonadilla escénica: un ejemplar se encuentra en el Departamento de Música de la Biblioteca Nacional José Martí; Alejo Carpentier: La música en Cuba; Rine Leal: La selva oscura.