Creado en: octubre 17, 2021 a las 08:43 am.
Leyenda y cubanía

Es totalmente imposible referirse a la cultura cubana —en todos los tiempos— sin hacer alusión a la impronta dejada en ésta por la célebre bailarina Alicia Alonso, la prima ballerina assoluta, fundadora en 1949 del Ballet que llevó su nombre, hoy Nacional de Cuba (BNC), compañía que ella situó entre las de mayor prestigio a nivel mundial, en tanto creó la Escuela Cubana de Ballet de la que han surgido numerosas destacadas figuras.
De la gran Diva dijo el conocido escritor y periodista Alejo Carpentier: “Alicia Alonso pertenece a la excepcional estirpe de bailarinas que han dejado ―a veces no más de cuatro, de cinco veces por siglos― un nombre egregio en la historia de la danza”. Palabras que resumen, muchos años antes de la partida de Alicia hacia la eternidad, la amplia hoja de servicios de esta excelsa artista acreedora de infinidad de lauros: 266 premios y distinciones internacionales y 225 nacionales, imposibles de mencionar todas en este texto. Entre estas, no puede obviarse la Orden José Martí (2000), máxima condecoración que otorga el Consejo de Estado de la República de Cuba, la cual le fue impuesta por el líder histórico de la Revolución Cubana Fidel Castro Ruz.
Este 17 de octubre los escritores y artistas cubanos, junto al resto de los trabajadores de la cultura y el pueblo al que tanto amo, evocan a la eterna Giselle en el segundo aniversario de su fallecimiento, ocurrido en La Habana a los 98 años de edad —había venido al mundo, en esta capital, el 21 de diciembre de 1920—, luctuoso momento para la nación en el que se vieron correr las lágrimas de los que fueron sus alumnos y de muchos de los que se formaron bajo su inspiración y guía.
Tampoco voy a referirme a la larga trayectoria artística de esta sensible mujer que puso en altos pedestales el nombre de su patria en casi 70 países de todos los continentes, donde fueron ovacionadas sus coreografías y versiones coreográficas —románticas, clásicas y contemporáneas—, las cuales igualmente sobrepasan igual cifra. Esa fue una de sus más valiosas contribuciones a la cultura insular, a la que, con modestia, se entregó totalmente para desde esta trascender al ámbito internacional, donde fue altamente elogiada.
Alicia representa mucho más. La Primera Dama del Ballet, como la calificaron en el año 1951 los influyentes periódicos norteamericanos The New York Times y New York Herald Tribune, fue asimismo una mujer digna, heroica, patriota y valiente. Entre sus hazañas más atrevidas y enérgicas perdurará en nuestra historia su enfrentamiento al tirano gobernante Fulgencio Batista y su contundente respuesta al entonces director del Instituto Nacional de Cultura.
Corría el año 1956. Batista, percatado del derrumbe de su prestigio internacional, ideó un macabro proyecto al que se le denominó “neutralidad de la cultura”, consistente en llamar a destacadas figuras del arte a asumir cargos oficiales dentro de este deteriorado y pobre sector. Con tal fin ordenó que a algunos de estos colectivos artísticos se le confiriera una ridícula ayuda, y entre estos estuvo el Ballet Alicia Alonso, consolidado ya como una prestigiosa agrupación danzaría a la que le exigió actuar en determinados actos oficiales.
La bailarina, con suficientes razones y convencida del verdadero alcance político de ese pedido hecho por el aborrecible militar y político, presidente de la República por segunda ocasión —esta vez tras derribar del poder, mediante otro golpe de Estado—, se negó categóricamente a tal petición, motivo por el cual el asesino del pueblo le retiró la subvención al Ballet Alicia Alonso.
Por esos días, la gran bailarina recibió una carta del director del Instituto Nacional de Cultura, el cual entre sus proyectos contaba, como hecho, que ella y sus más prestigiosos bailarines apoyarían, con sus presentaciones públicas, al régimen de Batista.
No se hizo esperar la valiente respuesta de la Alonso, quien de esa entidad, a pesar de su renombre internacional, solo había recibido la Orden Nacional Carlos Manuel de Céspedes y el título de Dama, ambos en 1947. He aquí su respuesta:
“Permítame, Dr. Zéndegui, rechazar esa solución. Tanto Fernando Alonso, mi esposo, como yo, no hemos trabajado con el fin de percibir mensualmente una determinada cantidad de dinero, sino con un horizonte más amplio: el de realizar, en el terreno del ballet, una labor cultural de carácter histórico. (…) Lo que Ud. propone parece más bien, una limosna o un soborno (…) tenemos fe en el pueblo de Cuba y estamos seguros que (…) nos brindará su respaldo para no permitir que esta manifestación artística jamás le sea arrebatada”.
En octubre de ese mismo año estaba previsto un homenaje nacional a la excelsa fundadora de la escuela cubana de ballet. Se produjo en el Estadio de la Universidad de La Habana —donde recurrentemente hacia llegar su arte a los estudiantes— sin la presencia de las máximas autoridades cubanas. La ocasión fue asumida por la Federación de Estudiantes Universitarios para convertir aquel espectáculo en acto de desagravio, con el apoyo de otras organizaciones progresistas. Aquella memorable función del Ballet Alicia Alonso fue un canto a la libertad, a la vida, al derecho del pueblo por la cultura. Ideal que se batía en las alas de un cisne encantado y místico.
Era una época en que el menor asomo de actuación contraria a los sicarios batistianos se pagaba con la muerte, la tortura o la desaparición física. Pero también corrían los heroicos tiempos en que casi todas las posiciones políticas enfrentaban al tirano y en toda Cuba se consolidaban los preparativos para iniciar, en diciembre de ese mismo año, la guerra popular revolucionaria encabezada por el Movimiento 26 de Julio en las montañas de Oriente.
Un mes más tarde de aquel espectáculo danzario con incuestionables visos patrióticos, Alicia disolvió su compañía. Poco después arribaba a las costas del sur del Oriente cubano el Yate Granma, con la semilla libertaria que germinaría, con la victoria del Ejército Rebelde, el primero de enero de 1959.
“Marcada” por el gobierno dictatorial, la bailarina y coreógrafa —ya popular entre sus coterráneos, sobre todo en la capital— decidió abandonar el país, al que regresó inmediatamente después de la llegada de los barbudos a La Habana, encabezados por Fidel Castro. A partir de entonces, imbuida en el nuevo proyecto social que enaltecía a la cultura y la situaba en primeros planos en la lucha por la soberanía nacional, junto a Fernando Alonso reorganizó el ballet, se enfrentó a prejuicios y esquemas, y creó la escuela de danza que hoy se encuentra entre las más prestigiosas del mundo.
Nacía la compañía cubana de ballet, el BNC, el más importante de Latinoamérica, considerado uno de los cinco mejores de ballet clásico del mundo, después de la Opera de París, el Royal Ballet de Londres, el American Ballet Theatre y el Ballet Bolshoi.
El Gran Teatro de la Habana —construido en 1915— sede permanente del BNC desde 1965, cuya sala García Lorca convocó a varias generaciones de miles de aficionaos a la danza y fans de la prima ballerina assoluta, por Decreto del Consejo de Estado de la República de Cuba, desde el año 2015, con carácter excepcional y en reconocimiento a los aportes de Alicia Alonso a la cultura cubana y universal, su amor a la Patria y fidelidad a la Revolución cubana, lleva su nombre. El complejo cultural está compuesto por varias salas de teatro. Allí radican, además, el Teatro Lírico Nacional y del Ballet Español de Cuba.
Hace once años, durante la celebración de su cumpleaños noventa, el 21 de diciembre de 2010, la Federación Estudiantil Universitaria le Confirió la Moneda Conmemorativa Aniversario 90 de la FEU, durante una gala artística que tuvo por sede el capitalino teatro Karl Marx; y hace pocas semanas, el pasado 15 septiembre, esta misma organización, junto con el BNC, evocaron el momento en que se consolidó, hace 65 años, la alianza de Alicia con los estudiantes cubanos en aquella inolvidable función en su estadio capitalino.
En esa ocasión, alumnos la Universidad de las Artes rindieron además honores a la escuela cubana de ballet y a su prima ballerina assoluta, con la presentación del panel Alicia, 65 años de justicia, en el cual abordaron legado de la Alonso a los escenarios de Cuba y el mundo. También se proyectó el documental Para Alicia, protagonizado por la directora del BNC, Viengsay Valdés, con la música del pianista Frank Fernández, en tanto aconteció un taller sobre técnicas de la danza moderna.
Con tales premisas artísticas, culturales, humanísticas y patrióticas recordamos este día a la eterna Dama del Ballet Nacional de Cuba, a nuestra eterna Alicia: Leyenda y Cubanía; bailarina, coreógrafa, profesora, revolucionaria y figura emblema de la mujer cubana.