Creado en: diciembre 25, 2021 a las 09:49 am.

El Gran Carnaval Americano

Por Raúl Escalona Abella

“Cafuné sopla y sopla la flautilla de hueso. Es un chorrito de aire, un raspón de metal, un alma finita de viento que se enrosca en el aire”. Envuelto en los motivos del viento, en las piruetas imaginarias de una deidad como Cafuné, que se divierte revoloteando entre los pescadores y cantantes de un pueblo mítico, comienza Mascaró, el cazador americano, del argentino Haroldo Conti (1925–1976).

La novela podría parecer un divertimento, un viejo artilugio del XIX que juega con el lenguaje para recrear y divertir,como el cinematógrafo jugaba con las imágenes, pero estaríamos equivocados. El libro de Conti es un estandarte flameante del mejor arte comprometido que se ha hecho en el continente americano: comprometido con la riqueza cultural latinoamericana, con la diversidad multiforme y barroca de la savia del pueblo llano; comprometido con la vastedad y belleza del idioma español, con el detalle de la expresión, con los localismos circunstanciales, con el despliegue nunca purista y sí caótico de la mezcla continental; y comprometido con su momento histórico por la causa popular y la transformación revolucionaria de la realidad.

Al decir de Leonardo Acosta, en el prólogo del libro: “… la crítica que debió saludar la obra de Conti con más alegría como una novela regocijante y de innegables valores literarios, se empeñó en destacar en ella solo un contenido político, revolucionario o “subversivo”, y en el personaje de Mascaró la encarnación de un mítico líder guerrillero, o el símbolo de un deseado y próximo foco de guerrillas en la Argentina, en esa convulsa y trágica década para todo el Cono Sur. Esta visión es errónea por unilateral, y la novela de Haroldo Conti debe considerarse ante todo como un extraordinario logro de la narrativa latinoamericana”.

Puede decirse que la sobrevaloración política de toda obra artística tiende a desdibujarla del horizonte del arte; en eso coincidimos con Acosta. Solo valorar políticamente una obra artística le retira, en aparente paradoja, todo valor real, incluso su valor político. La obra de arte es tal solo en su capacidad de irrigarse al universo de sentidos múltiples que es la realidad humana; si solo la enclaustramos en uno de estos sentidos posibles estaremos coartando su propia condición de obra de arte y, por ello, aniquilándola. En este sentido, el puritanismo del arte — síndrome de abstracción padecido por muchos críticos y teóricos que podemos sintetizar en la expresión “el arte es solo arte y no puede ser político” — es también una declaración anti-artística.

En lo que podríamos diferir con Acosta es que para devolverle todo valor artístico haya que hacer mutis de su valor político, que no es menor, y representa el sentir de una generación de intelectuales que en sus ansias de cambiar el mundo llevaron la politización de la vida hasta los detalles más extraordinarios, quizás hasta las comas de los textos que escribían.

La obra narra el gran viaje del circo. El gran Circo del Arca es un mundo de fabulosa rimbombancia animado por los personajes más excéntricos que la imaginación puede concebir: trapecistas cobardes, príncipes apócrifos, luchadores temerarios, enanos vulgares, domadores de leones miserables se alternan en una continua metamorfosis donde todos son uno y lo mismo. Sus actos son hechos de cambio, su puesta en escena renueva los pueblos, cambia la realidad, colma de esperanzas los pueblos del desierto por donde traza su largo viaje. El circo es el laboratorio de lo humano; el circo es el sujeto de transformación, el agente de cambio, y es él mismo un sujeto cambiante que se transforma a medida que transforma todo a su alrededor, hasta evanecerse por completo. Cuando el circo desaparece ya la realidad de la obra es otra.

El gran viaje del circo es la carnavalización de la existencia. Porque en esta obra transformar, innovar, inventar, mentir, fabular, imaginar son la talla del carnaval. El circo es en sí mismo un hecho revolucionario porque doquiera que pasa desola lo antiguo y funda lo nuevo, lo expansivo, lo superior. Transformar la realidad es un gran carnaval. El viaje de transformación que el circo realiza hasta las fronteras de lo real es el contenido extraordinariamente político que la obra posee. Imaginar para inventar un mundo que expande las posibilidades de liberación de aquellos que lo imaginan es la más profunda y subversiva enseñanza política, artística y revolucionaria.

Tomado de la revista El Caimán Barbudo: https://medium.com/el-caim%C3%A1n-barbudo/el-gran-carnaval-americano-286b59c30b21

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