Creado en: febrero 15, 2022 a las 09:56 am.

Lucernario

Fotos tomadas de El Caimán Barbudo

Por Diego Santana

Hay espectáculos que son viñetas, profundizan en identidades cavernarias, y son el desgarre de la memoria emotiva y la necesidad de cantar, reír, evocar, esconder la lágrima para no mostrar en público las debilidades, bailar desde el asiento y sumarse a la rumba final que inspira y, entre aplausos, hace posible la levedad.

Eso es Luz, un espectáculo de Osvaldo Doimeadiós que escapa a cualquier clasificación posible y sacude a los burócratas que quieren siempre clasificar. Con la vocación de un libro de viñetas (que construye pequeñas identidades que se transmutan en la identidad de todos), con la poesía y los boleros como alicientes principales, Luz no necesita los diálogos perfectos ni las situaciones dramáticas mil veces analizadas por guionistas y escritores para ser un puñetazo en la mesa, y un espectáculo teatral que se sirve de la memoria y la poética de Sigfredo Ariel para trenzar la memoria y la poética de una generación.

Pero no es la poesía de Ariel el único elemento que resulta imprescindible para hacer emotiva la obra. El “Somos novios” y el “esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú” de Armando Manzanero, el “Te perdono” de Noel Nicola, el rock and roll y la trova, la desfachatez para exhibir los boleros, que parece extraída de alguna página de esa gran novela que es “Tres tristes tigres”, de Guillermo Cabrera Infante. Flota también, para completar el cuadro emotivo, la ratificación de que es cierto eso que escribió Cabrera Infante en su novela más famosa, y “esta es una isla de equívocos dichos por un tartamudo borracho que significan siempre lo mismo.”

Hay personajes etéreos y otros contundentes. Lo componen, también, una orquesta que provoca vibraciones, hay boleros cantados a cappella, pero hay sobre todo una declaración, un “en esto creo”, un “esto pude, esto valgo”, una necesidad de penetrar en el subconsciente y, como ese tartamudo borracho, encontrar otra forma para seguir diciendo siempre lo mismo, la candencia del paso firme cuando se busca la luz en medio de máscaras, orfandades y una oscuridad que no tiene potestad para vencer.

Hay una ventana con fresco de mar, por la que hubiese podido entrar el tigre de bengala de la novela de Eliseo Alberto, sin que su presencia quedase rara u opaca en medio de tantos personajes que parecieran castigados a perseguir la luz, y que trasmiten la necesidad de sumarse a una búsqueda que es la de la identidad, bróder, la identidad y no otra cosa. Hay ideas expuestas para que el espectador se busque en ellas, para que su subjetividad cierre los ciclos y la imposición de lo objetivo sea un borrón de mal gusto cuando se intente explicar lo que sucede en escena. Hay amor y melancolía por Santa Clara, la ciudad del poeta. Hay personajes que vibran en los rincones de La Habana, la ciudad que acogió al poeta. Hay un hombre que se desdobla en palabras y goza en ellas, demostrando la certeza de aquel verso de Martí, “Aquí está el pecho mujer…”.

Luz no es un espectáculo ligero ni banal, no es frívolo ni mediocre, no es altivo ni intrascendente. Es divertido, profundo e inspirador. Es como un lucernario en un techo raído, que permite el paso de la luz y la conexión visual entre el interior y el exterior, que ilumina el interior de la sala y permite a los habitantes el placer de verse sin artificios ni máscaras, que toma de la poesía y el bolero la habilidad para sumirse en las profundidades del individuo y sacar a la superficie los sentimientos que estaban empozados en algún recoveco cavernario de la conciencia. Eso, y no otra cosa, es lo que sucede los viernes, sábados y domingos a las 5 de la tarde en la nave Oficio de Isla de la Avenida del Puerto, que decenas de personas se abren el pecho ante un lucernario, y la luz, bróder, la luz, elimina toda posibilidad de salir de la sala con alguna máscara impostada.

Tomado de la revista El Caimán Barbudo: https://medium.com/el-caim%C3%A1n-barbudo/lucernario-ab82ebf169e5

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