Creado en: septiembre 30, 2021 a las 08:08 am.
Una herencia maldita, lo que la Metrópoli dejó tras de sí

Transcurre 1898, año en que por primera vez va a rodar un auto en Cuba, francés por más señas, y nombrado La Parisiense.
El cine es un recién llegado cuyas imágenes en movimiento provocan uno que otro desmayo a señoritas ansiosas e impresionables.
La comidilla de la chismografía habanera consiste en que el opulento clan de los Pedrosos ha enterrado en vida a Francisquito, un descendiente que osó casarse con una criada parda de la casa, quien le proporcionaría abundante descendencia de simpáticos mulaticos.
Pero vayámonos a la cosa pública. La Metrópoli instaura el régimen autonómico, decisión desesperada y tardía. El gobernador Blanco anda haciendo el ridículo, con una rama de olivo –símbolo de la paz– prendida en el ojal de la levita.
De todas maneras, los cavernícolas peninsulares protagonizan disturbios, que brindarán a los yanquis un pretexto para enviar el Maine a La Habana, con las consecuencias por todos sabidas, cuando el buque estalle bajo sospechosas circunstancias junto a la boya 4 de la rada capitalina.
Estados Unidos se inmiscuye fachendosamente en la guerra, y el sur oriental presencia una exhibición de tiro al blanco, donde las dianas son las cafeteras obsoletas de la flota ibérica. El saldo: 350 españoles muertos, contra un norteamericano.
Al mediodía del primero de enero de 1899, el general Jiménez Castellanos, quien le adeuda once meses de paga a su tropa, transfiere el mando de Cuba al general yanqui Brooke.
Algunos impulsivos de última hora –olvidando la tradicional generosidad mambisa hacia los vencidos– asesinan a soldados coloniales que han osado andar solos por La Habana.
En la calle Obispo –que habían transformado en calle Weyler– la gente, con patas de cabra, está arrancando las tarjas con el nombre del psicópata-criminal.
Se llevan para España 500 cajas de nuestros archivos, y unos despojos mortales que se imaginan pertenecen al Gran Almirante.
Lo que deja atrás España
Pues nos lega siglos de corrupción, facultades omnímodas, gobernadores traficantes negreros y generales capaces de ordenar que si se comprobaba que un prisionero era maestro debía ser inmediatamente pasado por las armas.
Tan sólo en La Habana, la Metrópoli deja mil 400 casas de lenocinio.
Mientras, en la población “de color”, sólo uno de cada cuatro habitantes sabe leer.
Ni la Iglesia sale bien parada. Renuncian los arzobispos de La Habana y Santiago de Cuba, a quienes el pueblo repudia, por su alineamiento del lado de los opresores. Institución anticubana, en cuatro siglos sólo tuvo tres obispos nacidos en esta tierra.
Tras la guerra, la sacarocracia cubana ya no existe: la mitad de los ingenios ha sido destruidos, y los restantes están medio en ruinas. Significativamente, en Nueva Jersey se está constituyendo la United Fruit Company, la tenebrosamente célebre Mamita Yunái, que tendrá protagonismo en nuestra vida azucarera.
Y, para finalizar, una anécdota que anuncia los tiempos por venir. El marqués de Esteban –último alcalde colonial de La Habana– está traspasando al gobierno interventor norteamericano, bajo escrupuloso inventario, la vajilla del ayuntamiento. Pero de esas piezas talladas en plata no se ha sabido hasta hoy, ni en los centros espirituales.
(Quizás lo único grato sucedido por aquellos días sea que en Fonsagrada, Galicia, está naciendo José María López, llamado a ser el legendario Caballero de París).