Creado en: febrero 29, 2024 a las 09:46 am.

Del libro a la compra, mover la montaña

Por Yeilén Delgado Calvo

Después de concluido su capítulo en La Habana, la Feria del Libro continúa su periplo por el país. Es, sin duda, uno de los acontecimientos capitales de la vida cultural cubana; del que participan, junto a los múltiples actores del sistema editorial cubano y los autores, lectores empedernidos, lectores ocasionales, y no lectores que buscan las ofertas comerciales y recreativas asociadas al evento.

En estos días se venden muchos libros –cuántos realmente son leídos ya sería tema para otro acercamiento–; pero, ¿qué pasa el resto del año con esos y otros títulos, muchos de los cuales (a pesar de su probada calidad) permanecen en librerías y almacenes acumulando polvo o deteriorándose?

Un hecho vivido en la sede de La Cabaña, en la Feria Internacional, da para pensar: el salón de la Distribuidora Nacional del Libro es siempre de los más buscados por quienes ya lo conocen, pues allí se ubican textos de «lento movimiento», es decir, que fueron editados hace varios años, no han tenido salida, y –por ende– se rebajan de precio.

No es una iniciativa para desestimar, pues ante textos amarillentos, ajados o de escaso interés general, está claro que cualquier opción es mejor que convertirlos en pulpa; sin embargo, el valor de los libros comercializados dejó asombradas a muchas personas.

Por solo mencionar algunos nombres, pudieron adquirirse, por un costo generalmente de entre uno y cinco pesos cubanos, volúmenes de Eduardo Heras León, Lina de Feria, Ambrosio Fornet, Ida Vitale, Pablo Armando Fernández, María Elena Llana y Miguel Barnet (quien, paradójicamente, es el autor del libro que obtuvo el Gran Premio del Lector 2023, por Consejos para no acatar, de Ediciones La Luz, en virtud de su rápida circulación).

Pudiera objetarse que, si bien son autores muy renombrados, incluso premios nacionales de Literatura, a lo mejor la gente no compra sus libros; y, sin embargo, varias personas aprovecharon la oportunidad, compraron, y antes de que la Feria hubiese terminado ya los revendían a precios muchísimo mayores. Si lo hicieron, está claro que sabían la demanda que tendrían.

¿Qué pasa entonces? Tal vez no hay una adecuada distribución de los volúmenes almacenados que asegure su venta; tal vez las personas encargadas de reajustar los costos se guiaron por los datos de una tarjeta de estiba, y desconocían el valor real de lo que casi se estaría regalando a un peso; o quizá la extensión de la tirada no siempre se corresponde con el público interesado en la temática.

Todos estos elementos, investigables, deben ser repensados en un contexto en el cual el sistema editorial cubano, frente a las muchas carencias económicas, tiene el reto de ser cada vez más rentable, sin ceder en materia de calidad para obedecer al mercado, y manteniendo el libro como un producto accesible para las mayorías.

En todo ese entramado, signado además por el aumento de la lectura en formato digital, la promoción sigue siendo piedra angular. Hace rato, las actividades ocasionales de un día, en que las librerías salen de su espacio físico, demostraron ser, aunque necesarias, insuficientes.

Un lector que quiere un libro siempre intentará la vía más rápida de adquirirlo, y entre recorrer toda una ciudad visitando librerías, y buscar en su teléfono móvil, es fácil saber por cuál se decantará. Las redes sociales son el nuevo territorio en disputa.

El librero argentino Pablo Canalicchio, director de Salim Ediciones, con 25 años de experiencia, comentaba recientemente, en el Salón Profesional del Libro, a trabajadores de librerías cubanas, que debían reinventarse como centros culturales, y probar con la creación de eventos en Facebook, los reels en Instagram, los grupos de Whatsapp…, así como acercarse a influencers del mundo editorial; en fin, aprovechar la interconexión digital para buscar al lector y no esperar impasibles que Mahoma vaya a la montaña.

Justo es decir que, en ese modo de actuar, varias librerías privadas en Cuba, dedicadas a los volúmenes de uso, tienen muy buenas prácticas que mostrar; y basta ver la velocidad con que venden cada joya que anuncian, a precios muy distantes de los estatales, para saber que en el país se sigue vendiendo y comprando libros.

La cuestión es de conocimiento, ganas y organización; elementos que, por supuesto, existen en el mundo editorial del país, solo se trata de que confluyan siempre, para que todos ganen; y, en primer lugar, lo haga la lectura.

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