Creado en: mayo 9, 2022 a las 08:19 am.

Después de Cuba: Apuntes sobre la obra de Antonio Álvarez Gil

Antonio Álvarez Gil / Foto tomada de Wikipedia

Por Lázaro Zamora Jo

Corría el año 1987, o quizás el 88, y andaba yo escribiendo y leyendo como un alucinado, contagiado con el fervor creativo de mis compañeros de taller — pertenecía por entonces al taller literario de la Casa de la Obrapía, en La Habana Vieja — , cuando entré en contacto con la narrativa de Antonio Álvarez Gil (Melena del Sur, 1947), específicamente con Una muchacha en el andén (Ediciones Unión, La Habana, 1986), su primer libro publicado. Se trataba de un volumen de cuentos que había sido galardonado tres años antes con el Premio David, que otorga la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Aquellas lecturas de mis veintitantos años — años de gracia, sin las preocupaciones y sobresaltos que la vida traería luego — producían un deslumbramiento que marcaría de manera especial cada libro leído, y con Una muchacha en el andén no fue diferente. A pesar de haber perdido el libro tempranamente — creo que en alguno de mis frecuentes cambios de domicilio — , casi cuarenta años después recuerdo con nitidez no pocos pasajes de sus historias.

Hace unos días, mientras me preparaba para escribir este texto, he vuelto a leerlo y he confirmado la calidad que el autor mostraba ya en aquellos primeros años de su carrera como escritor. He podido, además, aquilatar el libro en el contexto literario en que fue escrito — tal vez entre 1980 y 1983 — , el de la narrativa de los 80, llamada Nueva Narrativa entre otras denominaciones.

Desde la década anterior habían ido apareciendo textos(1) que prefiguraban la llegada de esa narrativa con un cambio de énfasis desde la épica hacia lo cotidiano, desde los grandes acontecimientos históricos hacia el entorno íntimo de los personajes. La Historia sigue ahí, pero no en primer plano: se deja entrever desde el ámbito cotidiano en que se mueven los personajes, desde una perspectiva más personal e íntima. En el relato que le da título al libro de Álvarez Gil, por ejemplo, se cuenta el breve romance entre una muchacha y un joven estudiante en un pueblo del interior, durante la parada del tren cañero que transporta a este junto a sus compañeros de regreso a La Habana. La anécdota recrea la intensa relación amorosa que viven ambos adolescentes en ese breve tiempo. Solo unas escasas palabras dichas por el estudiante nos sugieren que la historia podría tener lugar en tiempos de la Crisis de Octubre. Algo semejante vemos en “El reloj”, relato que se hilvana a partir de un asunto personal –el drama de un joven miliciano que teme perder el reloj prestado a un compañero− en medio de esa misma crisis bélica.

El universo estudiantil posee en la Nueva Narrativa un espacio preferencial. Una muchacha en el andén nos ofrece historias que discurren en ese entorno, aunque en el marco de las becas concedidas a los estudiantes cubanos en países del campo socialista, zona temática que el autor conoce muy bien, pues cursó su carrera en una universidad de Moscú por esos años. De tal experiencia se nutren los cuentos “Algo pasa” y “En la ciudad del gran río”, en los que se entrecruzan temas que van desde la injusticia y el oportunismo hasta los conflictos de pareja entre ciudadanos de diferentes culturas.

En su siguiente libro, Unos y otros (Ediciones Unión, La Habana, 1990), Álvarez Gil volverá a explorar el mundo estudiantil para insistir en estos temas. “¿Recuerdas, Natalia?” y “Una casa en medio del mar” se insertan en ese espacio temático. En este último cuento — historia que será retomada en la novela Después de Cuba casi dos décadas más tarde — , asistimos al encuentro del protagonista con su exnovia, dieciséis años después del viaje en barco a la URSS en el que se habían conocido. Durante la travesía habían fraguado planes para el futuro, pensado incluso en la posibilidad de casarse, pero al llegar a Moscú la vida torció de forma inesperada sus caminos: él permanecería en la capital mientras ella estudiaría en Kiev. En este texto, como en la mayoría de los cuentos del autor, lo más importante de la historia queda bajo la superficie — la conocida técnica del iceberg empleada por Hemingway — , en lo que no se dice, en el silencio que se instala entre los personajes al final del relato.

Del tiempo y las cosas (Ediciones Unión, La Habana, 1993) anuncia un nuevo ensanchamiento de las fronteras temáticas y geográficas en su narrativa, un desplazamiento hacia asuntos y temas más universales, elemento distintivo de su obra en lo adelante. Esto se percibe especialmente en “Orando ante la figura divina”, cuento en el que un joven pintor de origen judío, ante la imagen de Cristo crucificado que ve en la iglesia el día de su boda — la misma que ha visto en una experiencia mística años atrás — , siente renacer sus viejos remordimientos, la culpa del pueblo hebreo por su papel en la muerte de Jesús. Otro ejemplo es “Fatiga de primavera”, la historia de un funcionario ruso empeñado en ser poeta. Con bien lograda ironía, el narrador describe el vano esfuerzo del gris funcionario para concebir algún verso memorable mientras completa el circuito que recorre cada día a la hora del almuerzo y que culmina con una invariable sensación de fracaso. Otro de los relatos interesantes del libro, “Variaciones sobre un tema de Bulgakov”, propone un juego intertextual con El maestro y Margarita. Llama la atención el empleo de ciertos elementos fantásticos — escasos en su producción literaria — , como parte de ese homenaje a la conocida novela del escritor ruso(2).

Con Del tiempo y las cosas terminan las publicaciones de Álvarez Gil en Cuba. En 1994 se radica en Suecia y a partir de entonces los lectores cubanos residentes en la isla dejan de oír el nombre del autor. Pasaron unos cuantos años sin que yo volviera a saber de él. Luego leí que había publicado en Puerto Rico una novela sobre Martí. Eso fue lo único que supe hasta el año 2017 o 2018, cuando hallé en Facebook una noticia sobre sus premios recientes. Me dediqué entonces a buscar más información en Internet y descubrí que durante este largo silencio había creado una vasta obra, premiada en importantes certámenes europeos. Me propuse rastrear sus libros. Gracias al editor y crítico José Antonio Michelena, y más tarde al propio escritor, he podido leer toda su obra en soporte digital.

Desde su salida de Cuba, Álvarez Gil se ha dedicado fundamentalmente a la novela, pero ha publicado también cuentos, algunos de ellos entre lo mejor de su narrativa breve. Los incluidos en Fin del capítulo ruso (Ediciones Vintén, Montevideo, 1998) confirman ya ese sesgo cosmopolita que venía anunciándose en textos anteriores. Casi todos transcurren en Europa, la mayoría en la Rusia postcomunista — si bien Cuba sigue gravitando en ellos — , y eligen asuntos universales como el dolor ante la muerte, la tristeza de la separación, la injusticia, el amor. De gran interés resulta el que se titula igual que el libro, un relato que se apropia de ciertos elementos autobiográficos del autor y en el que la Historia aparece en primer plano. Pepe, el protagonista, reflexiona sobre la convulsa situación en la URSS y piensa en la Isla. Se debate entre las críticas y las dudas, entre la necesidad de cambiar su vida y el temor a perder a su amada, y debe tomar una decisión. El cuento aborda uno de los temas que se tornarían recurrentes en su narrativa y anuncia ya la trama de una de sus principales novelas, Callejones de Arbat, que publicaría años más tarde.

Los cuentos posteriores, reunidos en los volúmenes Nunca es tarde (Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005) — el libro obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Corta Generación del 27 — y El pianista y la noche (Ilíada Ediciones, Berlín, 2019) continuarían ampliando el espectro temático de su producción literaria: el terrorismo checheno (“Muerte en el circo”), el desamparo del artista emigrado en la vejez (“El pianista y la noche”), el maltrato machista (“El primer mundo”). Precisamente uno de sus mejores cuentos se incluye en Nunca es tarde y se titula “El fútbol es así”. Se centra en el conflicto creado por el triángulo amoroso en el que se habían visto involucrados dos viejos amigos en el pasado. Un encuentro casual en Madrid hará resurgir los antiguos remordimientos de ambos, que se ven obligados a confesarse sus culpas.

Como puede apreciarse, la cuentística de Álvarez Gil es extensa y variada, con premios que avalan su calidad en Cuba y España. Sin embargo, es la novela el género que le ha aportado mayor reconocimiento internacional. Sus novelas abarcan también un amplio registro de temas y asuntos, con marcada vocación universalista, y se mueven en un amplísimo espacio geográfico — Cuba, Siria, Argentina, Guatemala, Suecia, España, Rusia, Italia — siguiendo en buena medida los derroteros del propio autor y alimentándose de sus experiencias. Ahora bien, como ya se ha apuntado aquí, pese a ese cosmopolitismo que rezuma su novelística y su obra en general, Cuba no deja de estar presente en cada una de sus historias — y este es otro de los rasgos principales que la distinguen — , a veces de una manera visceral, a ratos en lontananza.

Varios de sus personajes — a menudo los propios protagonistas — son cubanos. Tal es el caso de Las largas horas de la noche (Editorial Universidad de San José, Costa Rica, 2000; Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), su primera novela, cuyo protagonista es José Martí. La obra ficcionaliza la breve etapa en que Martí vivió y trabajó en Guatemala — entre abril de 1877 y agosto de 1878 — , durante la cual se relaciona con la familia del general Miguel García Granados e íntima con María, la joven hija de este. Significativa es la versatilidad que muestra el escritor a lo largo de toda su obra; cómo se mueve de un tema a otro, de un tiempo a otro; cómo utiliza los resortes de la escritura y adapta el estilo al ambiente de cada historia. En este libro, por ejemplo, el tratamiento del lenguaje busca acercarnos a la época de Martí y al lenguaje de este, y lo consigue. Es una novela difícil — lo es siempre todo intento de llevar a la ficción la vida de un personaje histórico tan relevante y admirado — , pero el autor ha sabido sortear los obstáculos y ofrecernos a un Martí muy verosímil y en una dimensión humana que no pueden brindarnos los libros de Historia.

Algo similar sucede en Perdido en Buenos Aires (Editum, Murcia 2010), solo que esta vez el protagonista es el campeón mundial de ajedrez José Raúl Capablanca. La novela nos cuenta la intensa vida del ajedrecista cubano durante el Campeonato Mundial de 1927 en Buenos Aires, donde defendió la corona frente al francés de origen ruso Alexander Alekhine, quien a la postre sería el ganador. El personaje encarna convincentemente a un Capablanca con su gran talento, pero también con su compleja psiquis, sus contradicciones y debilidades, logrando así una imagen bastante creíble. Lejos de lo que el lector espera de una novela sobre aquel famoso evento ajedrecístico, el narrador nos lleva por pasajes de la vida íntima del jugador cubano y nos hace cómplices de sus romances cual si fuera una novela de amor. Esos momentos van alternándose con las partidas entre Capablanca y Alekhine, descritas de forma tal que hasta el lector menos familiarizado con el arte de los trebejos las disfrutará. Y es que el autor convierte cada partida — otro de los aciertos de la obra — en una pequeña historia dentro de la historia mayor, dotándola incluso de suspense. Perdido en Buenos Aires es, al igual que la anterior, una novela arriesgada por intentar literaturizar fragmentos de la vida de un personaje real bien conocido, factor este que no permite demasiadas libertades a la imaginación del escritor. Y, sin embargo, Álvarez Gil aceptó el reto y dio a la luz una obra de excelente factura con la que ganó el XIV Premio Vargas Llosa correspondiente al 2009.

Pero la Cuba actual es la que mayor pasión despierta en él. Esta pasión aflora con mayor intensidad en sus novelas Naufragios (Algaida Editores, Sevilla, 2002) y Después de Cuba (Ediciones Baile del Sol, Tenerife, 2009).

Galardonada con el V Premio de Novela Ciudad de Badajoz en el año 2002, Naufragios relata una historia que cautiva de principio a fin y que recrea muy bien los conflictos de la vida cotidiana del cubano de los 90 a la fecha, tema que nos toca de cerca no solo a los que seguimos en la Isla, sino también a nuestros coterráneos en otras latitudes. Lejos de lo que pasa a menudo al abordar la realidad cubana desde la ficción literaria, no se incurre aquí en clisés ni maniqueísmos. La historia discurre dejando asomar las complejidades y contradicciones de esa realidad y privilegiando siempre una perspectiva esencialmente humana que desborda cualquier tesis política o de otra índole. Esto es lo que permite que uno llegue a identificarse con Maricarla, por ejemplo, pese a ser quien es, y a no sentir rechazo al final hacia otros personajes que durante buena parte de la novela cumplen un papel negativo. En resumen, una novela muy bien lograda.

Después de Cuba (Mención de honor del Premio Plaza Mayor de Novela 2004) narra una historia conmovedora que ya aparece en el cuento “Una casa en medio del mar”: Rolando Ortega, emigrado cubano residente en España, regresa a Cuba para ver a su familia y a los amigos. El viaje revive su nostalgia, le trae recuerdos felices del pasado, en particular de su relación con Tania, su novia de la adolescencia y más tarde su amante. Pero al llegar siente que no ha vuelto a casa, sino a un lugar donde es un extraño más como los turistas que lo han acompañado en el vuelo, y que el país no es el mismo que dejó años atrás. La historia pudiera despertar al principio algún recelo a causa de ciertos tópicos que saturaron en su momento la literatura cubana escrita dentro y fuera de la Isla −las jineteras, el éxodo del Mariel, etc.−; sin embargo, la obra demuestra una vez más que el problema no son los personajes, ni el tema, sino el tratamiento que se les da. La jinetera de esta novela hace lo mismo que todas las jineteras de la narrativa cubana; no obstante, el autor nos propone aquí un acercamiento que la humaniza y que resulta interesante. No es la chica marginal que frecuenta los relatos de muchos coterráneos, sino una muchacha de familia decente, una estudiante universitaria que solo busca realizar su sueño de emigrar para vivir mejor. Después de Cuba recorre la realidad cubana con mirada crítica, es cierto, pero no se queda en el habitual inventario de calamidades, sino que se adentra en los conflictos de sus personajes, en sus ocultas pasiones, sus sueños y alegrías para regalarnos una bella historia, muy cercana al lector cubano de hoy.

Otras dos novelas, publicadas con posterioridad en España, insistirán en aproximarse a la realidad cubana de las últimas tres décadas: Concierto para una violinista muerta (Ediciones Kutxa, San Sebastián, 2007) y Las señoras de Miramar y otras cubanas de buen ver (Izana Editores, Madrid, 2016). La primera recibió el Premio Literario Kutxa Ciudad de Irún 2007, en tanto la segunda fue la finalista del Premio Fernando Lara de Novela 2016.

La historia que nos cuenta Concierto para una violinista muerta tiene lugar en La Habana, en el año 2000. Al concluir su actuación en el Teatro Auditórium Amadeo Roldán, un joven violinista recibe un sobre de manos de una extraña admiradora. Para sorpresa suya, el sobre contiene un billete de mil dólares y un mensaje con una dirección. Intrigado, el joven se lanza a localizar a la muchacha y su búsqueda lo lleva a una cripta en el cementerio de Colón, donde lo aguarda una sorpresa mayor. Más intrigado aún, continúa buscando a la misteriosa admiradora y un día lo consigue. Esa misma noche se entregan a un hermoso romance, pero a la mañana siguiente ella desaparece para siempre. Resuelto a descifrar el enigma, el violinista se dedica a investigar en la biblioteca. Finalmente unas publicaciones de la revista Bohemia acerca de la muerte de una violinista y su novio, ocurrida muchos años atrás en un accidente de tránsito, le revelan el secreto en torno a la muchacha y su nexo con él. Concierto para una violinista muerta es una obra singular por la introducción de elementos propios de la novela gótica –atmósfera de misterio y suspenso, eventos sobrenaturales, antiguas mansiones, cementerios, erotismo larvado− que la hace muy distinta del resto de la producción narrativa del autor(3).

Las señoras de Miramar y otras cubanas de buen ver es una mirada no exenta de humor a una Cuba más reciente, la de los años anteriores a la pandemia, en la que se visibiliza una realidad que empieza a moverse bajo la dinámica de los nacientes negocios privados, aunque también en la que afloran sus zonas oscuras: la corrupción y las desigualdades sociales, entre ellas. Los escenarios de esta novela son fundamentalmente, parafraseando a Hemingway, lugares limpios y bien iluminados, pero al mismo tiempo encontramos el lóbrego entorno del ciudadano de a pie.

Ni siquiera en aquellas novelas cuyos eventos acontecen en sitios tan distantes como Europa, Cuba deja de estar presente. En Delirio nórdico (Algaida Editores, Sevilla, 2004), galardonada con el LI Premio de Novela del Ateneo Ciudad de Valladolid, se aborda el drama de los cubanos que quedaron varados en Suecia en los años 90 mientras buscaban establecerse en aquel país. Las frustraciones vividas en su tierra natal y el miedo a ser devueltos a ella gravitan todo el tiempo sobre los personajes, que deben enfrentar además el conflicto que generan las diferencias culturales. Este conflicto se nos presenta en su verdadera naturaleza en la relación de Ernesto –un joven escritor cubano− con Nurit, una doctora sueca. Nurit es un verdadero milagro en las difíciles circunstancias que atraviesa Ernesto, la puerta hacia la regularización de su estatus y una vida plena en suelo nórdico. Es joven, hermosa, tierna, con casa amplia y confortable en la que él podrá disponer, incluso, de un estudio para escribir. Durante un tiempo Ernesto vive su idilio sin las privaciones ni sobresaltos de sus compañeros de infortunio. ¿Qué más podía pedirle a la vida? Y, sin embargo, de pronto aquel mundo idílico comienza a agrietarse: Ernesto descubre que jamás podrá pertenecer a él, que nunca podrá crear su obra allí por mucho que lo intente, porque no tiene de qué escribir, no entiende aquel país ni a su gente. El libro aporta una curiosa perspectiva coral y polifónica de los hechos al novelarlos desde la visión de cada uno de los personajes. Esa polifonía que van armando los diversos relatos individuales, con la Historia de fondo, es uno de los grandes aciertos de la novela.

El conflicto que generan en las relaciones de pareja los marcados contrastes culturales emerge asimismo en Anika desnuda (Editorial Verbum, Madrid, 2016), finalista del Premio Verbum de Novela 2015. Aquí la pasión amorosa entre un pintor cubano residente en Suecia y una joven artista de ese país se ve de pronto en crisis a causa del choque de dos modos opuestos de asumir la relación, condicionados por la formación cultural de cada uno. El detonante es un incidente relacionado con el collar inca que posee la madre de la muchacha, pero cabe preguntarse si en realidad la relación no estaba de antemano condenada al fracaso por las lógicas diferencias entre ambas culturas.

Los narradores de estas dos historias, ambientadas en Suecia, son cubanos. Aunque su larga experiencia cosmopolita le permite asumir otras posibilidades, Álvarez Gil −insistimos en ello− no quiere prescindir de la mirada del cubano genuino que siempre ha sido, ni de las inquietudes que han marcado su vida en la Isla.

Esto lo verificamos igualmente en La tentación y la fe (Iiada Ediciones, Berlín, 2021), una novela que se adentra en el siglo X español para contarnos la historia de una monja cristiana convertida a la fuerza en esposa de un jefe musulmán. La historia alterna con la que protagoniza Eduardo, profesor cubano residente en la España actual, miembro del equipo de arqueólogos que trabajan en la extracción de unos restos humanos hallados en la Rábita de Guardamar. Eduardo no puede olvidarse de su tierra, está obsesionado con ella, a pesar de que lleva bastante tiempo en el extranjero. Hay un momento en que el personaje lo confiesa: “…pensé de nuevo en mi patria. ¿Qué sería de ella? ¿Por qué nunca había regresado a la Isla? ¿Solamente por el hecho de que ya no tenía a nadie allí? ¿Solo por eso? ¿Qué quedaría de aquella Cuba que yo recordaba como un sueño? Imaginaba que nada, o casi nada. Y me prometí a mí mismo que, más temprano que tarde, realizaría un viaje a los lugares de mi infancia en la patria”.

Haciendo un breve paréntesis, quiero destacar la labor investigativa que a todas luces ha exigido este libro. Es muy convincente la ambientación de los trabajos de arqueología y muy encomiable además la reconstrucción histórica del mundo musulmán de la España del siglo X. Otro de los aspectos que hay que agradecer en la novela es su visión desprejuiciada de la cultura árabe de aquel período. Después de las escenas violentas del primer capítulo, uno se imagina ese mundo regido por un despotismo atroz y, sin embargo, el autor dibuja un entorno familiar en el que hay amor y comprensión y donde los sentimientos filiales no son muy diferentes de los nuestros. Esto le otorga altura a la novela y permite lecturas que trascienden el marco epocal.

La novelística de Antonio Álvarez Gil muestra una excelencia literaria incuestionable y ha sido avalada por la crítica y sus múltiples premios. Paradójicamente, una de las pocas obras suyas que no han recibido premios es para muchos su mejor novela. Me refiero a Callejones de Arbat, publicada en 2012 por la editorial Terranova, de Puerto Rico, y en el 2016 por Verbum. Una vez más el protagonista es un cubano. Su nombre es Mario y se encuentra en Moscú en pleno período de la perestroika. La situación política que se desarrolla a su alrededor desata en el personaje una crisis de conciencia que lo llevará a tomar una decisión dramática para su vida y la de su esposa. Mientras afronta este conflicto con sus viejos credos, tiene lugar otro no menos desgarrador para él: el que genera la disyuntiva entre el amor a su esposa y la pasión que siente por Dolores, su amante. La narración se va articulando en diálogo con El maestro y Margarita y con pasajes de la vida de Marina Tsvetáyeva, Anna Ajmátova, Pasternak e Isaac Babel, víctimas de la censura y represión ejercidas por Stalin. El autor consigue mostrar de forma creíble la transformación interior del protagonista en medio de aquella colosal sacudida que produjo la perestroika en la URSS y sus réplicas en las demás naciones de Europa Oriental. Quizás sea este el gran tema de toda su obra: el drama del individuo atrapado en los conflictos de la Historia, víctima de circunstancias hostiles que violentan su existencia y lo empujan hacia destinos inesperados. Por la fuerza de la historia y el magnetismo de sus personajes, Callejones de Arbat es una de esas novelas que el lector no puede olvidar en largo tiempo.

He dejado para el final A las puertas de Europa (Ediciones Huso, Madrid, 2018) por ser la única novela suya, entre las publicadas hasta la fecha, en la que no hay personajes cubanos ni referencias directas a Cuba. Fue finalista del Premio Nadal de Novela 2017 y ha tenido muy buena repercusión en Europa por su calidad literaria y por tratar un asunto de gran interés y actualidad: el drama de los refugiados sirios que llegaron a Europa huyendo de la guerra en su tierra. La historia se teje a partir de la relación amorosa entre un joven refugiado sirio y una chica italiana, quienes deben enfrentar prejuicios raciales, étnicos, religiosos, culturales y políticos por defender su amor. Se asume aquí el tema desde una perspectiva que desmonta los estereotipos que estigmatizan al inmigrante −sobre todo al del mundo árabe−, y busca reflejar los valores esenciales del hombre independientemente de su país de origen, religión o extracción social. La novela hace pensar, provoca en el lector un análisis de conciencia, no importa si vive lejos de los escenarios en los que discurre la historia, pues al fin y al cabo los prejuicios hacia el inmigrante, la intolerancia religiosa, las desigualdades, son parte de la dinámica global que vivimos. Y en este punto cabe preguntarnos si en realidad Cuba está ausente de la novela, si el rechazo al inmigrante, la intolerancia hacia el otro, los conflictos que provocan el abandono de la tierra natal y la inserción en una cultura extraña −experiencias que ha visto de cerca o sufrido el propio autor− no nos habla también de la realidad que encaran los cubanos hoy.

Resumiendo, es evidente que en general la narrativa de Antonio Álvarez Gil no puede desprenderse de ese nexo que sigue atándolo a su patria tras casi cuarenta años de haber salido de ella. Después de Cuba, de su partida al extranjero, la Isla ha continuado latente en su obra, incluso en esas historias que ocurren en escenarios lejanos y entornos culturales totalmente ajenos. La mirada que registra los eventos está marcada por los años que vivió el autor en Cuba y por la nostalgia que ha seguido sintiendo por ella en ese prolongado período de errancia por Europa. Quizás otro de los grandes méritos de su producción literaria radique también en eso, en su acentuada vocación universal sin renunciar a sus raíces.

Para terminar debo decir que estos breves apuntes solo buscan llamar la atención sobre uno de los creadores cubanos de la diáspora más prolíficos y reconocidos fuera del país, pero que no ha sido divulgado dentro de la Isla como se merece. En los últimos años se han publicado algunos textos de gran valía sobre su obra −el escrito por Vitalina Alfonso(4), el de la autoría de Artístides Vega Chapú(5), el de Carlos Espinosa Domínguez(6), entre otros−; sin embargo, estas publicaciones no llegan a un amplio sector de lectores en Cuba. Se hace necesario, a mi modo de ver, retomar el proyecto que llevaba a cabo Ambrosio Fornet(7) en los años 90 en función de dar mayor visibilidad a los escritores cubanos de la emigración y sistematizar y jerarquizar con rigor la literatura cubana sin importar dónde se escriba. Hay trabajos que siguen ese empeño, pero evidentemente no son suficientes. Esperemos que nuevos textos se sumen pronto a tal propósito.

NOTAS

1. Noche de fósforos (1976) de Rafael Soler es uno de ellos.

2. Esta atracción hacia El maestro y Margarita lo llevaría a escribir muchos años más tarde Callejones de Arbat, considerada por algunos críticos su mejor novela.

3. Entre las escasas excepciones en este sentido, se halla el cuento “Variaciones sobre un tema de Bulgakov”, que mencionábamos antes.

4. Vitalina Alfonso: “Acercamiento a la novelística de Antonio Álvarez Gil”. www.espaciolaical.net/ Publicado el 24 de junio de 2017.

5. Arístides Vega Chapú: “Guerra, desplazados y el amor que todo lo salva”. www.letralia.com/ Publicado el 13 de junio de 2018.

6. Carlos Espinosa Rodríguez: “Ficción nutrida de realidad”. www.cubaencuentro.com/ Publicado el 24 de agosto de 2018.

7. Uno de los frutos de aquel esfuerzo fue la publicación de Memorias recobradas. Introducción al discurso literario de la diáspora, Ediciones Capiro, Santa Clara, 2000.

Tomado del Caimán Barbudo: https://medium.com/el-caim%C3%A1n-barbudo/despu%C3%A9s-de-cuba-apuntes-sobre-la-obra-de-antonio-%C3%A1lvarez-gil-84f646f1940b

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