Creado en: mayo 12, 2024 a las 01:31 pm.

Laidi Fernández de Juan: «Debo la independencia a mi madre»

La médica y narradora Laidi Fernández de Juan nació de «una mujer extraordinaria, iconoclasta y rebelde». Aunque suene descabellado, la profesora y crítica de arte Adelaida de Juan tenía un poco de pirómana y algo de piromántica. Su hija observó desde pequeña y participó de adulta en aquellos fuegos que provocaban su madre y su padre, el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar, ambos atraídos por el impulso de encender debates de diferente naturaleza.

Las tertulias comenzaron en el comedor, a la hora de la cena, y después se mudaron a la sala, donde Adelaida leía, escribía y planificaba sus clases para el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de La Habana. La Doctora en Filosofía y Letras  envejeció con la capacidad no solo de prender la llama, sino también de adivinar y predecir a través de ella. No en vano la fundadora de la UNEAC investigó aquellas aristas minimizadas de la cultura, que para la Academia pasaban inadvertidas.

«La obvia diferencia generacional desempeñó un papel fundamental en los debates que sostuve con mis padres, sobre todo en cuanto a la política. Mi madre resultaba incluso más atrevida que yo, lo cual engrandecía mi admiración hacia ella. Por otra parte, siendo como era, experta en artes visuales, defendía todas las manifestaciones del arte moderno y sentía inquietudes que yo ni siquiera entendía. Definiciones como lo Queer, por ejemplo, o el arte cinético, o la pintura abstracta, o la importancia de la cartelística eran cuestiones que ella dominaba a la perfección y transmitía sus profundos saberes con humildad, sobre todo a mí, rotunda ignorante de dichas cuestiones».  

La necesidad de la literatura comenzó a los 12 años con las cartas que escribió a sus padres mientras estaba becada. ¿Qué caracterizó esa correspondencia y cómo ayudó a despertar la curiosidad por la escritura?

Esa correspondencia inicial entre mis padres y la adolescente que yo era, se caracteriza, lógicamente, por el tono dulce, afectuoso y cálido entre padres e hijos, sin mayores aspiraciones. No pretendo mentir contando que recibía lecciones fundamentales de vida o enseñanzas académicas. Eran cartas de puro cariño, de pura añoranza y de mucho humor. Existía una gran diferencia entre el humor de mi padre y el de mi madre, me divertía muchísimo recibir correspondencia de ambos, dos veces por semana durante los seis años que estuve becada. El hecho de que yo les escribiera con la misma asiduidad, me dotó de cierta facilidad para la escritura, lo cual me resultaría vital en otro momento de mi vida.     

En 1988, cumpliendo misión internacionalista en Zambia retomaron ese sistema epistolar. Más que por el romanticismo de mantener la comunicación con su familia, aquellas cartas se convirtieron en una catarsis. Zambia era un país sin costas, con las secuelas del colonialismo británico y dividido en más de 70 tribus ¿Cómo esa correspondencia la ayudó a mantener la cordura? 

La  correspondencia sostenida entre mis padres y yo cuando me encontraba en África tiene un matiz completamente diferente a la anterior. Fueron años intensos, durísimos, que transformaron la visión que hasta entonces yo tenía del mundo. A pesar de que por ambas partes ocultábamos la realidad (ni ellos me anunciaron ni explicaron la gran crisis económica que comenzó en los años 90 en Cuba, ni yo les detallaba las pésimas condiciones de mi vida), recibir aquellas epístolas constituía un enorme consuelo, una alegría indescriptible. No solo me enviaban cartas, sino montones de libros, que yo devoraba con avidez, en un intento de sobrellevar las dificultades que enfrentaba. Luego yo les comentaba mis lecturas, y ellos me hacían sugerencias, como si se tratara de clases de literatura. Fue una experiencia irrepetible, que les agradeceré eternamente. Gracias a esas cartas, esos libros, esas recomendaciones y a la constancia de la comunicación entre nosotros, pude resistir aquellos años en los cuales  llevé a cabo mi función de médica internacionalista.

La primera carta que Laidi Fernández de Juan no le dedicó a sus padres, la hizo para una enfermera zambiana que la ayudó durante su estancia en África y se suicidó cuando la brigada cubana se fue. Sus padres la motivaron a escribir sobre aquellos dos años y nació Dolly y otros cuentos africanos, su primer libro. Entonces Laidi era especialista en medicina interna y comenzaba profesionalmente su camino como cuentista.

En casa disfrutaba de esa relación de tallerista con sus padres, porque cada uno cultivó un género distinto. El costumbrismo de Laidi se nutrió de los versos de Retamar y los estudios de Adelaida.

«Mi madre priorizaba lo nuevo que surgía por sobre lo académico, el arte que irrumpía de pronto significaba un desafío para ella, y dedicaba mucho tiempo a analizarlo, hasta que llegaba a dominarlo por completo. El cartel cubano le atrajo desde los primeros momentos, y demostró el valor cultural y comunicacional de dicha manifestación plástica, mucho antes de que fuera reconocido a nivel oficial. Le interesaba lo inexplorado, lo preterido. Martí, por ejemplo, como crítico de arte y no solo como el gran pensador que conocemos; la mujer como objeto y también como sujeto generador de arte; el humorismo gráfico en general, y el de Abela, el de Manuel, el de Nuez particularmente. Fue, en resumen, una mujer erudita que osó lo que nadie: Adentrarse en estudios hasta entonces soslayados, o simplemente no tenidos en cuenta.

Como artista y como madre ¿en qué se asemeja a Adelaida de Juan y en qué se diferencia?

Es imposible asemejarse a ella. Quiero pensar que comparto algunas virtudes como el sentido de la lealtad no solo a principios éticos, sino a la familia, y cierto desprecio por lo establecido, por algunas normas de conducta que son impuestas desde la adulación y el protocolo. Las diferencias entre nosotras saltan a la vista.

 ¿Cómo honrar la educación que ella le legó y encontrar, al mismo tiempo, su propia rebelión?

En gran medida debo la independencia a mi madre. Ella insistía en la necesidad de “ser una misma”, sin imitaciones ni repeticiones. Su conducta, siempre opuesta al canon establecido es el mayor ejemplo de su natural rebeldía. Era una feminista sin saberlo, una defensora a ultranza del trabajo que realizan las mujeres, más allá de consideraciones ideológicas, y de ella aprendí (también) a respetar los derechos de la mujer en sentido general.

Mi madre batalló constantemente con el propósito de lograr lo  que creía justo, útil, necesario. Pretendo honrar su memoria huyendo de los estrechos márgenes de cualquier naturaleza, sin tener en cuenta lo que dictan normas arbitrarias. En otras palabras: Rechazar conveniencias, la posibilidad de algún oportunismo, o aceptar dictámenes con los cuales no comulgo, es mi contribución a su permanente legado espiritual. Mis inconformidades las expongo, las aireo, sin tener en cuenta las consecuencias. Esa osadía también forma parte de la herencia que pretendo reverenciar. 

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