Creado en: noviembre 14, 2021 a las 04:14 pm.

Los primeros teatros santiagueros


Casi nadie ignora que Santiago de Cuba, desde poco después de su fundación, ha sido hasta hoy un paradigma de la cultura popular, con hondas raíces caribeñas. Se destacó en los primeros siglos de la colonización por sus procesiones religiosas –abundantes en expresiones teatrales, danzarías, musicales y plásticas-; además del surgimiento temprano de unas Carnestolendas –dígase mamarrachos o carnavales- que en los primeros años de la Revolución llegaron a ser grandiosos y considerados solo segundos en América de los archifamosos de Rio de Janeiro.

Tanto los carnavales como las abigarradas y muy populares procesiones del Corpus Christi fueron el embrión de la afición de los santiagueros por el teatro.
Pero no hubo actividad escénica profesional hasta que inmigrantes franceses y franco haitianos inauguraron en 1799 un teatro, donde se dice representaron obras de Corneille, Racine y Molière.

Lo edificaron en la calle baja de Santo Tomás —hoy Félix Pena. Emilio Bacardí afirma que el sitio correspondía al número 8 de esa calle en la primera década del siglo xx. Podríamos ubicarlo entre San Jerónimo -hoy Francisco Sánchez Hechavarría- y San Francisco -hoy Juan Bautista Sagarra-, como sugiere la Dra. Olga Portuondo, historiadora de la ciudad. El compositor y violinista Laureano Fuentes Matons, como veremos más adelante, adiciona un dato para su localización definitiva.

Pero veamos antes cómo describe a aquella edificación un historiador, testigo ocular, el militar José María Callejas:

A aquella numerosa población extranjera importaba darles algún recreo y, no faltando entre ella muchos amaestrados en los dramas, se les inclinó a levantar un teatro provisional de guano, pero lo ejecutaron con tal primor y arreglado al arte, que llamó toda la atención de la población, gastaron algunos miles de pesos en la obra, imitando a los mejores órdenes de arquitectura. Cubierto todo su interior de lienzo bien pintado, con cielos rasos […] los empresarios antes de llegar a la octava maravilla de sus representaciones se hallaban reembolsados de sus costos […] hubo un no poco número de afeminados mentecatos que, solo por ver los pasos de la Popot sobre las tablas, se les reunieron sus pesos […] porque los industriosos franceses, a la espalda de cada palco, tenían aprontado su pregonero de Orchat Limonad […] No necesitaron que el gobierno les diese Reglamentos y Ordenanzas para la policía interior del teatro, porque todos sabían guardar la compostura, y si algunos, por falta de principios, se cubrían la cabeza o fumaban, se levantaba la voz general contra él y en un despabilar quedaba reformado el abuso, sin haber contradicciones ni armar los ruidos que se ven en los nuestros, donde ninguno se acomoda a las privaciones ni consulta
a la práctica general de no hacer cosa que pueda mortificar a la sociedad.

Alejo Carpentier asegura que allí «se representaban dramas, comedias y óperas cómicas, “se declamaron versos de Racine y una madame Clarais cantó la Juana de Arco de Kreutzer.” El gran novelista y musicólogo se basa en la información que aporta el violinista, compositor e historiador Laureano Fuentes Matons:

Cuando inmigraron los franceses a esta ciudad a fines del pasado siglo, se establecieron varios artistas de diversos géneros, y en mayoría muy buenos profesores de música que formaban la orquesta de una compañía de ópera cómica que arribó con ellos a estas playas. Construyeron un bonito teatro en el centro de la calle de Santo Tomás (en donde está hoy la conocida casa de Flaquer) primorosamente decorado, y por muchos años fue el único local de recreativa instrucción que Cuba [Santiago de…] poseyera.

Algunos afirman que el teatro de la calle San Tomás fue víctima de un incendio en 1812, aunque quizás hubiese venido a menos desde 1809 cuando miles de franceses fueron expulsados a causa de la invasión napoleónica a España.

Esta inmigración había arribado en oleadas sucesivas a Santiago de Cuba desde 1790, a causa de los violentos aconteceres desatados por las revoluciones francesa y haitiana. Ese primer flujo migratorio solo se detuvo en 1804, cuando se proclama la República de Haití, pero ya el suroriente de Cuba estaba sembrado de franceses y criollos francohaitianos, y el futuro desarrollo cultural de esa región quedaría seriamente comprometido con esa singular influencia.

Plano de José María Callejas, anterior a 1810. En verde el teatro, en azul el café concert. Un claro casi al centro es la Plaza de Armas.

En 1800, los emigrados construyen una glorieta de cal y canto, suerte de café concert, para representar variedades escénicas y musicales. Nos cuenta Callejas:

Otra sociedad de franceses inventó la formación de un laberinto, cercado de tablas, con un frontispicio majestuoso […] hicieron sus figuras y sembrados en la tierra […] y en su fondo fabricaron tejado de tejamaní que contenía de tres a cuatrocientas personas con cielo raso de lienzo y forrados de los mismos sus paredes, todo pintado al mayor gusto […] se le dio el nombre de Tívoli; fabricaron, además, dos casillas en el mejor orden, donde servían todo género de comidas y bebidas, y con excelentes músicos y algunas señoritas francesas cantadoras, llevaron allí todo el pueblo francés bajo la contribución de un duro por entrada […] y en dos meses habían sacado los costos de su obra.

Jean-Baptiste Lemonnier Delafosse, militar galo evacuado a Santiago por la guerra de Haití en 1804, nos deja este testimonio: “El Tívoli francés tiene aceptación; las damas francesas y españolas rivalizan en sus vestidos. Este jardín, admirablemente diseñado y en el cual la rica vegetación tropical no tarda en dar una sombra fresca y agradable, se ha convertido en punto de reunión de todas las sociedades”.

Debo comentar que durante unos convulsos quince años-entre 1789 y 1804- en la colonia de Saint-Domingue se sucedieron victorias y derrotas de unas y otras facciones políticas. Esto arrojó sobre Santiago, en oleadas sucesivas, un variado mosaico de inmigrantes: realistas, jacobinos, girondinos, seguidores de Napoleón; blancos, negros y mulatos; ricos y pobres; esclavos y hombres libres. Por ello no resulta extraño que en la primera década del siglo XIX, tanto en Le Tívoli como en el teatro inaugurado en 1799, solía ocurrir un hecho curioso y demostrativo de la heterogénea filiación política de los refugiados: al finalizar las funciones, todos se ponían de pie, cantaban el Himno de San Luis ¡y luego La Marsellesa!

Carpentier comenta que en Le Tívoli se ejecutaba buena música, cuando no se hacía aplaudir una bailarina llamada la Popot. Las hijas de colonos cantaban bergerettes. Se daban conciertos que terminaban, invariablemente, con un minuet, cuyo acompañamiento de trío era bordado por el clarinete de Monsieur Dubois. Años más tarde, las actividades musicales de los franceses llegaron a cobrar mayor envergadura.

Por Laureano Fuentes sabremos que la orquesta trabajará durante por lo menos la primera y segunda década del siglo:

Ya en 1811 se hallaba en Cuba [Santiago de…] el padre París [Juan], quien se relacionó bastante con los músicos franceses y hacía grandes elogios de Monsieur Dubois a quien recordaba después con el sobrenombre de Pulmón de Palo; de madame Clarais, Leclerc, Lefevre, Patrats, Dupont y otros. Estos y otros artistas eran invitados siempre por la gran colonia de su nación que se reunía en el Tívoli. El alemán Carlos Rischer y madame Clarais eran los que tocaban el clavicordio que habían traído.
Su instrumental lo componían: Patrats, Dancler, Moreau, violines; Roger, alto [viola]; Ammiot, hautbois [oboe]; Saint Pierre, Florestain, violoncelles [violoncellos]; Georges, trompete en ut [trompeta en do]; David, Nord, François, premier, second et troisième cors [primera, segunda y tercera trompas]; Locouyer, grand et petit flûte [flauta de concierto y flautín u octavín]; Dubois, clarinette [clarinete], directeur [director]; Bernard Bason, petittambour et triangle [redoblante y triángulo]. La glorieta y los jardines estaban situados en el alto conocido como Loma Hueca, en el corazón del quartier français.

Décadas después, todavía durante el período colonial, el lugar se conoció como Loma del Intendente. El 30 de noviembre de 1956 se desarrolló en ese sitio uno de los combates más cruentos de la guerra por la definitiva liberación del pueblo cubano, al intentar un grupo de jóvenes revolucionarios tomar por asalto la estación de policía que allí se encontraba. El enclave represivo fue pasto de las llamas y totalmente destruido, aunque perecieron tres líderes del movimiento liderado por el inolvidable Frank País. Hoy, en una hermosa edificación de porte colonial, radica en esa colina el Museo de la Clandestinidad, calle General Rabí, entre Padre Pico y San Carlos. Desde hace más de cien años, el barrio tomó el nombre, ya en castellano y con acento agudo, de Tivolí.

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