Creado en: diciembre 11, 2022 a las 10:20 am.
Vasos comunicantes entre la investigación y el ensayo y vivencias de un camino recorrido

La investigación como labor es una especie de sacerdocio como la escritura, a la que la acompañan el sacrificio, la perseverancia y la disciplina. La caracterizan, como a esta última, la pasión y la necesidad de tener algo que decir, algo que hallar. Es curioso como en ella opera la nobleza del que escribe, y se deja entrever por lo que teje. Son inherentes a ella la objetividad y la ética, el rigor cognoscitivo, la minuciosidad y la acuciosidad, pero también la osadía y la novedad, como en el ensayo. La investigación como el ensayo necesita lo mismo que Faulkner exige al escritor: experiencia, observación e imaginación – razón e imaginación -. Es decir, conocimiento acumulado, sensibilidad y fijeza ante los sucesos y hechos del mundo que le rodea, o una palabra que me gusta cómo suena en este caso: sapiencia. Presentan información y evaluación, y juzgan y analizan al tiempo que en ellos se aprehende algo singular.
Quizá un punto importante en este acercamiento esté en lo que diferencia al ensayo propiamente de la investigación. Aunque ambos “presentan información y evaluación”, difieren en que el ensayo “acrecienta algo como una excitación, un fenómeno de condicionamiento intelectual que condena al juicio a un estado de dependencia o cautiverio”, recordando a Susan Sontag. Decir eso es decir, que el conocimiento adquirido a través del ensayo es la experiencia de la forma o estilo de conocer algo, mejor que conocimiento de algo (como un hecho o un juicio moral en sí mismo). Debemos mantener en el ensayo el poder de seducción que poseen el resto de los géneros literarios. Debe soportar la ambivalencia de ser algo y de ser todo. Quizá se sobreponga en él el afán de aprehender algo singular al afán de juzgar o generalizar.
En algún lugar leí que uno de los presupuestos del ensayo consistía en ver fantasmas, afirmación que, como imagen al fin, encierra variadas interpretaciones: acaso contemplar desprendimientos o crearlos, levantar un marco de evidencias que antes pasmosamente parecían no existir, recrear el texto en su sentido literal, potenciando sus nudos, desplegando el antes y el después de la semilla. Otros dicen que no importa lo escandaloso o efectista de tus tesis, sino el poder de tus argumentos para sostenerlas.
Roberto Manzano en una entrevista dijo que: “Cuando hay un interés por definir a través de imágenes una verdad que tiene presencia real en la vida, y se discurre sobre el proceso para llegar a esa verdad, incluido el testimonio vivo de la actitud que preside la búsqueda, estamos en el terreno del ensayo”, que según él es el eslabón perdido entre la ciencia y la poesía. Pero también apelamos a la cualidad del ensayo de ensanchar o de a veces negar el cuerpo de esta verdad cuando recordamos aquello que dijo alguien: que “La verdad sólo puede ser traicionada por el lenguaje”. Es por todos conocida la afirmación de Alfonso Reyes de que el ensayo es el más proteico de los géneros. Puede incorporarlo todo siempre con un margen creativo en permanente despliegue. Cuando escribo ensayos me place mucho establecer un juego con las citas que incorporo a mi texto. Son, a veces, azares concurrentes de mis lecturas, de mis pensamientos, que vienen a tributar allí su íntima correspondencia. Se pueden vincular universos dispares en aras de la originalidad, pero nunca con un afán de empatar.
También me gusta que las notas contemplen no sólo información auxiliar al texto principal, sino que mantengan su singularidad, su novedad, su esencialidad, para que exista esta zona dentro del ensayo como un discurso paralelo, aunque claro, también cumpla la función de un saber auxiliar. Igualmente asumo, con la profundidad, la estrategia y el espíritu del ensayo, la reseña crítica. Eso puede proporcionar intensidad a lo que escribo, y dicha intensidad atesorar algunos de los dones de la poesía.
No sé si sean absolutamente capitales “las horas nalgas” para el ensayo, pero para la investigación son totalmente así. Hay que sentarse todos los días, indagar, reflexionar con uno mismo, usar de manera sutil el olfato. La investigación es algo que vive dentro de ti por un tiempo distendido, y todo lo que lees sin quererlo, y secretamente, tributa a ella. Recuerdo ahora una anécdota fuerte, aleccionadora, que tiene que ver con mi hija. Ella estaba terminando la carrera de Historia en la Universidad de la Habana, y se llegó al Departamento de esa asignatura en dicho lugar para ver en qué consistía su trabajo, pensando en algún futuro para ella. Me dijo: “Mamá, son unos aburridos, fajados entre ellos por publicar aquí y allá, y por dar un viajecito de tres días al extranjero”. A lo que yo acoté: “entonces yo soy una aburrida? Y ella contesta: “No, mamá, para escribir ese libro que tú has hecho sobre Martí y Lezama tú tienes que estar enamorada de eso que tú haces…”
Hay muchos tipos de investigadores e investigaciones, pero me inclino a la investigación que se materializa en el estudio, en el libro, y no quedarme en el pasto del rastreo bibliográfico, con la consiguiente cualidad de ratón de biblioteca, de índices, fichas, conocimiento expreso para alguna edición. Aunque este último trabajo es la base y la antesala del estudio y del libro. Por allí comencé cuando al llegar al CEM me pidieron confeccionar índices de nombre y de materia de las crónicas escritas por José Martí para los periódicos The Hour y The Sun. Algunos en esa labor comenzaron y en esa tarea siguen, muy cómodos o ubicados desde mi lejanía.
En estos caminos en que confluyen el ensayo y la investigación se dice que no importa lo escandaloso o efectista de tus tesis, sino el poder de tus argumentos para sostenerlas. No olvidé en tales trances los criterios de algunos ilustres conocidos, como por ejemplo Salvador Redonet, quien decía que no se debía emitir juicio investigativo de una obra hasta que no hubieran pasado al menos 15 años de su publicación. También recuerdo a otra colega, investigadora del Instituto de Literatura y Lingüística, quien me decía: “En Martí siempre vas a tener algo nuevo o trascendente que investigar, como nuestro mayor escritor que es. Eso no lo puedo decir yo, que me han puesto a investigar a los novelistas menores del siglo XIX.”
Una vez ya establecida como investigadora en el CEM mi propósito ha sido estudiar la poesía de Martí, a lo que una encumbrada académica, que tenía más olfato investigativo a la hora de sugerir nuevos temas que gracia y maestría al escribir, alegó que la poesía martiana estaba muy trabajada. Que si quería hacer algo de valor debía estudiar su poesía escrita antes de Ismaelillo. Entonces seguí los consejos de quien era una especie de asesora del Departamento de Literatura en aquellos momentos de grandes movimientos. Así nació mi libro Génesis de la poesía de José Martí. En todo ese proceso que ha durado más de 30 años ha sido evidente la verticalidad de mis investigaciones, todas conectadas a la columna vertebral en que se constituye el conocimiento de la poesía de José Martí.
Hay varias anécdotas, detalles, que marcan mi paso por la investigación. Todavía recuerdo a Salvador Arias, investigador de probado valor, quien fuera nuestro jefe de Departamento durante muchos años, diciéndome que por qué ponía tantos puntos y aparte en mis trabajos. Que me fijara en Fina y en Enrique Saínz que apenas los usaban en sus ensayos: aprendí la lección, y hasta me acostumbré al bloque de ideas que sigue el curso natural del pensamiento reflexivo. Sabiéndome admiradora y seguidora del encanto de la escritura y de la obra de Cintio Vitier y Fina García Marruz, quienes laboraban en el CEM, incurrí en una osadía: les pedí que fueran mis oponentes para un estudio que había terminado sobre el estilo de las Escenas Norteamericanas. Sentía en mi pecho el temor de la osadía, pero dijeron sí, y me entregaron una precisión, una palabra de elogio, nunca un juicio presuntuoso o infundado, ni unas palabras o un tono fuera de lugar.
Otra anécdota tiene que ver con el amor que desarrollas por la labor que estás haciendo, que te impide ir a los sitios sin algún libro relacionado con la investigación o, incluso, con el objeto de estudio. En tales condiciones he andado por cines, turnos médicos, colas diversas y demoradas, pero tal pasión me llevó a irme a un congreso académico en Canadá con el tomo 21 de las Obras completas de Martí correspondiente a los Cuadernos de apuntes, lleno de indicaciones, lecturas anotadas y breves comentarios que indicaban posteriores caminos de la investigación sobre el proceso de formación y sedimentación de los conocimientos poéticos de Martí en los Cuadernos de apuntes.
Alegaba, que, como no podía moverme por muchos lugares por la razón económica y el desconocimiento, aprovecharía el tiempo muerto que tendría que pasar en la habitación del hotel trabajando. Así fue, sólo que al volver guardé todos estos materiales de trabajo en un bolso de mano que a la Aduana canadiense se le antojó grande, y lo despacharon por la barriga del avión. Al llegar de madrugada al Aeropuerto José Martí el bolso no apareció. Quería morirme: tenía allí el trabajo de casi dos años. Pero rápidamente Rito, mi compañero, quien había ido a esperarme, me dijo: “Llama a Chela”. Me refiero a Graciela Rodríguez, jefa del despacho de Armando Hart por muchos años, quien para la fecha ya dirigía la Oficina del Programa Martiano, ubicada a un costado del CEM. Así lo hice muy triste y con muchos temores. Al otro día Chela me llamó diciéndome que pasara a recoger el bolso por el Aeropuerto, que solo habían roto el candado.
Desde aquel momento dije que ni a provincias llevaba nunca más ningún documento que formara parte de mi investigación. Pero la realidad es más fuerte que las propias presunciones y la experiencia. Luego de haber asistido al CEM un día de trabajo fui con Rito y con unos amigos a comer, invitada por el colega Amado del Pino, de visita en Cuba. Llevaba mis libretas con las lecturas anotadas de mi más nuevo proyecto que era el estudio del poemario martiano Polvo de alas de mariposa , que atesoraban el fichaje como de 30 libros ya leídos, y el ejemplar del poemario, casi inencontrable en librerías.
Cuando nos sentamos en La Arcada de N esquina a 23 coloqué mi cartera y jaba característica, que contenía mis útiles investigativos, en la parte de atrás de la silla. Unos hombres estaban en la acera de enfrente mirando hacia dentro. En el momento en que nos trajeron la comida supongo que tuvo lugar el robo en contubernio con los meseros, aprovechando nuestra atención y alborozo ante el plato suculento recién llegado. El caso es que perdí todas mis anotaciones, el libro de Polvo de alas de mariposa, el carnet de identidad, una cámara, en fin, todas mis pertenencias. Pero ninguna me dolió tanto como perder los documentos de mi investigación. Yo sabía que ahora tampoco debía deambular con ellos, pero lloraba el tiempo perdido. Hasta que la realidad, poderosa maga, me hizo recuperar con creces el tiempo para tales lecturas y para la obtención de nuevos conocimientos ya entrevistos. No pasó mucho tiempo y sufrí una fractura del tobillo que me mantuvo en cama por más de tres meses. Tiempo que aproveché para leer y fichar todo lo que ya había leído y fichado, y, desgraciadamente, había perdido.
La bibliotecaria Andria Alonso, quien me regaló un ejemplar de Polvo de alas de mariposa, al que habían dado baja por las huellas de humedad en su portada, me decía: ahora volverás a hacer el libro, y te saldrá mejor. La investigación es un sacerdocio, pero sabe ser agradecida, impulsándote de un mundo a otro, y dejándote siempre con los hijos del conocimiento