Creado en: junio 23, 2022 a las 08:20 am.

La luz de Pablo Milanés

Foto de Omara García Mederos

Es martes 21 de junio de 2022. Dentro del coliseo de la Ciudad Deportiva de La Habana, el chelo de Caridad Varona y el piano de Miguel Núñez introducen Ámame como soy, una de las canciones de los Días de Luz de Pablo Milanés. Lo escucho desde la grada más alta del escenario 3600.

Más de 30 años antes, en la portada del álbum Proposiciones, grabado en septiembre de 1988 en los Estudios Torres Sonido de Madrid y publicado en Cuba por la Empresa de Grabaciones Musicales (EGREM), el trovador luce su espendrú negro y tupido, los espejuelos casi redondos y una camisa blanca desabrochada en los primeros dos botones.

Así debió conocerlo la anciana del vestido rojo estampado con flores blancas que le cubre hasta los tobillos, sentada unos escalones más abajo. La tela complementa el moño encanecido y las manos de la mulata agarran las de su hija, una copia más flaca, pero con la sonrisa idéntica. Ambas corean las letras de Pablo Milanés.

Más de 30 años después de aquel fonograma, el 21 de junio de 2022, las dos pantallas gigantes muestran al compositor de 79 años. Del «afro» solo quedan unas matas de pelo blanco a los costados, bien rebajadas por encima de las orejas.

«Llevo la trágica presencia de la vida… como la vara con que tengo que medir…Lo que registra cada día mi pupila… que incorporo lentamente a mi vivir», dice en su tema En saco roto.

La camisa negra está abrochada completamente. Detrás de los espejuelos, los ojos de Milanés recorren las miles de luces que encendió el público para decir, como algunos en la multitud: ¡Pablo estoy aquí! ¡Durooo! ¡Cuba te ama!

La escena recuerda un monte a medianoche. Los celulares alumbran como los cocuyos en cualquier matojal oculto en la carretera entre La Habana y Bayamo, donde nació el músico el 24 de febrero de 1943.

Cuando el trovador entona La Soledad es ese pájaro grande multicolor en medio del monte. La plataforma y las columnas metálicas a su alrededor sueltan destellos azules, amarillos, rojos y violetas, delimitan esa suerte de jaula que lo separa a unos cuantos metros de las personas.

A diferencia de la canción, Pablo Milanés emprende el vuelo a través de su voz y llega tan alto como los espectadores de las últimas filas. También a la muchacha del pelo azul y castaño, que enseña en una videollamada el concierto en vivo a alguien que probablemente no vive ya en esta Isla.

«Hay un pueblo que espera silencioso», entona. El fundador del Movimiento de la Nueva Trova presume de las notas más altas y los giros vocales. Otros ratos es demasiado el estruendo, los gritos al otro lado, en las sillas y los muros de concreto.

La gente le canta a su Yolanda, a las Nostalgias, al tiempo, a la búsqueda de la identidad, a los Días de gloria, al Comienzo y final de una verde mañana, a dos hombres que se aman y van a ser expulsados del paraíso.

Una amiga de WhatsApp, Yuliet Teresa, del Centro Martin Luther King, describió en su estado la energía de aquel lugar: personas de todas las edades, de todas las identidades, de todos los colores, de todos los pensamientos.

Un resumen muy personal de la noche incluiría: La voz del trovador solitario; la anciana del vestido estampado; el flaco que recuerda a Pablo Milanés con el espendrú y los espejuelos; la muchacha que transmite en vivo con la gorra echada hacia atrás y el pullover de Metallica; el «puro» bohemio con la boina y los pantalones anchos; una madre en la multitud tiene a su niña en brazos…

El concierto del 21 de junio de 2022 son esas voces al unísono en el intervalo de una canción.  

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