Creado en: octubre 11, 2021 a las 09:57 am.

Talentos femeninos de la literatura universal ocultos bajo seudónimo

J.K. Rowling, como se le conoce a la escritora Joanne Rowling, autora de la famosa saga Harry Potter, decidió firmar con ese seudónimo sus libros, debido a que le dijeron que el nombre de una mujer no sería tan atractivo para los lectores.

 Limitadas a rubricar su firma o asumir un seudónimo masculino, las mujeres sacrificaron su identidad durante años para derribar las puertas del mundo editorial e integrar hoy el selecto grupo de escritores de todos los tiempos.
En las estanterías de clásicos de las letras universales figuran George Eliot, Currer, Ellis y Acton Bell, Gauthier, Fernán Caballero, Víctor Catalá, George Sand, Rafael Luna, A. M. Barnard, Harper Lee, J.T. Leroy, Vernon Lee, Raoul de Navery, James Tiptree Jr., Isak Dinesen, Magnus Flyte, entre otros nombres que sirvieron de alias a mujeres transgresoras.

Aunque su ‘nom de plume’ dejaba implícito la autoría femenina: A Lady, Jane Austen abrió las puertas del liberalismo y el debate entre los que dictan las normas y lo que realmente es correcto, a través de sus novelas Sentido y sensibilidad, Emma y Orgullo y prejuicio, número cinco del centenar de textos elegidos entre lo mejor de las letras internacionales.

Emily, Charlotte y Anne Brontë, fueron tres hermanas, autoras de novelas de la época victoriana, que se han convertido en clásicos.

De igual forma, sobresalen las hermanas británicas Brontë, Charlotte, Anne y Emily, quienes legaron textos encomiables considerados clásicos de la literatura romántica, como Jane Eyre, Agnes Grey y Cumbres borrascosas (22 del ranking), respectivamente.

El universo editorial acoge, además, a Mary Shelley, autora indiscutible del clásico Frankenstein (30), atribuido a su cónyuge Percy Shelley, porque la sociedad dudaba que el origen de esa narrativa terrorífica radicara en el talento e imaginación de una mujer.

La aparición de leyes vindicadoras de los derechos propiciaron una mejor inserción de ellas en la escena de las letras, pero el siglo XX también registra ejemplos relevantes, como Nelle Harper Lee, quien aprovechó el tono varonil de su apellido para firmar Matar un ruiseñor, ganador del premio Pulitzer y pieza clave en la literatura estadounidense.

Acercándonos en el tiempo aparece J.K. Rowling, oculta detrás de un seudónimo para publicar su primera novela Harry Potter y la piedra filosofal, cuya exitosa saga figura íntegramente el selecto registro realizado por una decena de revistas y medios especializados.

Condenadas al silencio en una sociedad que privilegiaba los derechos de los hombres y restringía las posibilidades de crecimiento femenino, las plumas de otras autoras calaron en el escenario cultural.

Tal fue el caso de Sidonie Gabrielle Colette y su ópera prima Claudine, rubricada bajo el apellido de su esposo.

Asimismo, despunta la autora Mary Anne Evans, quien suscribió como George Eliot una treintena de textos, Cecilia Böhl de Faber, estigmatizada como carente de capacidad, Caterina Albert, blanco de sexismo, Amantine Aurore Dupin, verdadera identidad de George Sand y Matilde Cherner, creadora de Ocaso y aurora, Novelas que parecen dramas, entre otros libros.

Si bien en la actualidad el nombre de Louisa May Alcott (Mujercitas), no es ajeno a las industrias creativas, en su carrera también estuvo tras la sombra de un alias: A. M. Barnard, con el cual rubricó cuentos catalogados como relatos melodramáticos.

De igual forma, resalta la escritora Laura Albert, cuyas novelas autobiográficas sobre drogas y prostitución le abrieron las puertas de la fama, mientras Alice Bradley Sheldon transgredió esquemas y su alias devino premio a la mejor obra literaria de ciencia ficción o fantasía: James Tiptree, Jr. Literary Award.

Bajo el nombre Isak Dinesen, Karen Blixen fue candidata para recibir el Premio Nobel de Literatura en dos ocasiones diferentes, en tanto la dupla de Christina Lynch y Meg Howrey apostó por un seudónimo para posicionar en el mercado editorial su libro The City of Dark Magic.

En las últimas décadas las estadísticas registran una mayor presencia de mujeres en catálogos y eventos literarios, así como su ascenso al podio del Premio Nobel de Literatura, donde 16 escritoras rompieron con la tendencia masculina instaurada durante 120 años, con las distinciones a 102 hombres.

No obstante, sexismo, machismo y misoginia devienen vocablos de orden a la hora de calificar la participación femenina en la literatura. Ellas salieron del anonimato, transgredieron esquemas y dejaron al campo a los incrédulos, incapaces o temerosos de reconocer el talento oculto en la pluma de una mujer.

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