Creado en: septiembre 4, 2021 a las 08:04 am.

El apostolado de Enrique Molina

Palabras claves: Artemisa, Cuba, Enrique Molina, actuación, cine, televisión, cultura.

Era artemiseño: De Bauta. Era de Cuba y era también Cuba el hombre que se aleja en esta penitencia de perder que nos impone la pandemia. Actor orgánico y versátil, cubano hasta la médula, Enrique Molina caló hondo en su pueblo porque no puso nunca sobre sí, ni el facilismo ni la mediocridad.

Siempre creíble. Siempre distinto y convenciendo en sus caracterizaciones. Lenin, un oficial de policía, un campesino lisiado, un chulo de barrio, un padre de familia, un delincuente. Su carrera, enorme en logros, le agenció el gran cariño que hoy trasladamos en este adiós forzado.

Bauta lo conoció en la pobreza del vendedor de aguacates, del limpiabotas y el anotador de bolita. Eran los tiempos en que abundaba el gris. Pero la luz de 1959 fue una semilla que en el pecho de Enrique encontró espacio fértil y a la Revolución se abrazó con fuerza devolviéndole en su trabajo y en su fidelidad el regalo de una vida distinta.

Muchas veces lo vimos sonreír a las cámaras. Pocos lamentos en su biografía. Quizás el más notorio fue no encarnar a Martí, para lo que se sometió a siete operaciones y bajó casi 20 kilos de peso. No permitió el período especial que cumpliera su sueño.

A Enrique había que verlo disfrutar la actuación. Tenía esa garra del que ha vivido duros tiempos. De quien sufrió en Santiago los embates del ciclón Flora y se quedó con un par de tenis y el short que llevaba puesto, del que vino a la Habana con 28 pesos en el bolsillo y una carta de recomendación en la que el músico Ángel Bonne  aseguraba que era actor.

Se nos fue el Silvestre Cañizo de Media Luna, el Matías de En silencio ha tenido que ser, el Sixto de la novela La cara Oculta de la Luna, el Premio Nacional de Televisión 2020 que recordaremos también en el cine con Casa Vieja, el Hombre de Maisinicú, Esther en alguna parte, El Benny, Un paraíso bajo las estrellas y otras en las que imprimió su sello personal.

Podía disfrutarse en la declamación sentida y conmovedora. Con un manejo amplio de los tonos a pesar de autoproclamarse pésimo en la radio. Tenía un talento natural para lograr empatía con el público. No iba uno al cine o al teatro, no se sentaba frente a la pantalla del televisor a ver un personaje sino a una persona. Enrique Molina se vestía con otra vida hasta desaparecer en ella y en su arte, como relojero suizo, cuidaba hasta el más mínimo detalle.

Se fue el que dijo que nada de lo que ocurriera en este país le asustaba o le daba miedo por su certeza de que los cubanos salimos adelante. Nos deja una huella profunda, un paradigma de hombre, una muestra tangible de que se puede hacer el arte del compromiso y no hay mérito alguno en el elitismo que separa del pueblo sino en la humildad y la  entrega al público.

En esta hora triste nos queda al menos la certeza de que Molina cumplió su sueño de encarnar a Martí. En ese apostolado que fue su paso por la Tierra, en la virtud de haber echado suerte con los pobres y de haber sido fiel a los que hoy lo despiden como a un cercano. Se queda entre nosotros para volver en nuevos personajes. Cuando se ha cumplido bien la obra de la vida  no hay verdad en la muerte.   

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