Creado en: noviembre 23, 2023 a las 12:40 pm.

Favez

Favez tiene ritmo y belleza, y elude cualquier atisbo de panfleto. Foto: Andy Jorge Blanco/ Cubadebate

Por Yeilén Delgado Calvo

Argos Teatro. La sala en penumbras. El escenario, dispuesto a la manera clásica, ya no es el escenario sino una celda donde Enrique dice a los médicos que no hace falta que lo revisen, que confiesa: nació mujer.

No es suficiente, quieren humillarlo, y el espectador ruega para sí: «No te desnudes, por favor, no te desnudes». Enrique, negado a que las manos ajenas lo vejen, se arranca la ropa, y muestra la realidad femenina del cuerpo donde ha estado siempre preso su ser de hombre.

Y entonces su rebeldía es nuestra, y es nuestra su desnudez, su indefensión y su vergüenza. En su grito está cada incomprensión que hayamos sufrido, cada ocasión en que la sociedad nos resultó opresiva, y todas las veces que quisimos hacer más por algún otro, salvarlo.

Después de los 65 minutos de la obra Favez, el público sale despacio, en silencio; y ese es quizá un signo indiscutible de lo estremecedor de una propuesta teatral, prueba de que nos ha devuelto a la calle diferentes a como fuimos a ella, impactados, y que debemos procesarlo.

El Festival de Teatro de La Habana 2023 trajo nuevamente al escenario este monólogo, basado en el libro Por andar vestida de hombre, de Julio César González Pagés. Lo actúa Liliana Lam, quien es además guionista, junto al director de la puesta, Alberto Corona.

Liliana encarna a Enrique (nacido Enriqueta) Favez (Suiza, 1791–Nueva Orleans, 1856), una mujer a la que asumir la identidad masculina no le permitió solo representarse como se sentía, sino además ejercer su vocación médica y consagrarse en función de los más desfavorecidos, en la decimonónica Baracoa.

Lam es convincente en escena, se adueña de ella con naturalidad; no hay caricatura en su proyección de hombre, son de hombre sus gestos y su voz; va del dolor a la euforia con contención; mueve el decorado con agilidad. Hace de su personaje una realidad, lo encarna.

Favez recorre sin didactismos toda una vida marcada por la tragedia (el matrimonio sin afectos, la muerte del esposo, de la hija, del tío; el juicio, el encarcelamiento, los intentos de suicidio, el claustro…), pero determinada por un anhelo intenso de vivir tal como se es, amando a Juana de León y casándose con ella, ejerciendo la Medicina, trabajando como monja por los pobres.

Enrique no es una víctima, porque, aun cuando lo obligasen a llevar hábitos, decirse mujer y comportarse como se esperaba que lo hiciese su sexo en ese entonces, no pudieron quitarle ni el intelecto ni el deseo.

La obra, con su texto exacto, con sus luces, música, sombras, con su prolijidad, construye no el alegato de una derrota, sino un hermoso discurso de la insumisión, uno que no oculta los costos de burlar el dogma. Dos siglos después, el arte nos entrega esta historia como un espejo en el cual mirar y mirarnos; ya ante ella, es imposible evadir el ejercicio.

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