Creado en: noviembre 14, 2022 a las 09:17 am.

Gala de clausura del XXVII Festival Internacional de Ballet «Alicia Alonso»

Foto: Compañía Nacional de Danza de España

Después de casi dos semanas de intensa labor coreográfica y estético-artística en el campo de la danza clásica, contemporánea y española, la sala «Avellaneda» del Teatro Nacional de Cuba (TNC) concluye las presentaciones incluidas en el programa artístico de la vigésimo séptima edición del Festival Internacional de Ballet de La Habana «Alicia Alonso» que, con el auspicio del Ballet Nacional de Cuba (BNC), Patrimonio Cultural de la Nación, dirigido por la primera bailarina Viengsay Valdés, tuviera lugar entre el 20 de octubre, «Día de la Cultura Cubana», y hasta la jornada de ayer 13 de noviembre del año en curso.

La despedida de ese magno evento, que congregó —en la «Ciudad Maravilla» y en otras provincias del país— a emblemáticas agrupaciones cubanas y extranjeras, así como a carismáticos bailarines nacionales y foráneos, estuvo a cargo de la Compañía Nacional de Danza de España, con dirección artística del primer bailarín Joaquín de Luz, para quien «el músculo más importante del bailarín es el cerebro». Dicha agrupación hispana tuvo el supremo buen gusto de llevar a las tablas del coliseo capitalino la obra Carmen, de arraigada tradición danzaria en el público cubano, con coreografía del artista sueco Johan Inger, música de los maestros Georges Bizet y Rodion Shchedrin, música adicional original del maestro Marc Álvarez y dramaturgia del maestro Gregor Acuña.    

A este cronista le parece oportuno aclarar aquí los antecedentes de esa nueva versión de Carmen, muy distante por cierto de las versiones que los amantes capitalinos del «arte de las puntas» están acostumbrados a ver en escena, tanto por parte del BNC, como de la compañía Acosta Danza, u otras agrupaciones insulares de baile español.

Cuando el coreógrafo europeo Johan Inger fue convocado para diseñar y montar para la Compañía Nacional de Danza de España una nueva versión de Carmen, obra con un marcado carácter ibérico, se encontró ante un gigantesco reto, devenido una gran oportunidad para su enriquecimiento artístico-profesional, humano y espiritual. Por lo tanto, el acercamiento a ese mito de la danza universal tendría que aportar algo novedoso, original…, y así fue, sin duda alguna.

De acuerdo con esa línea de pensamiento, Inger decidió centrarse en el tema de la violencia, y se aproximó a ella a través de una mirada pura y no contaminada: la de un «pequeño príncipe». Con apoyo en ese enfoque, diseñó un personaje que facilita  que seamos testigos de todo lo que ocurre en el escenario, a través de unos ojos, caracterizados por la inocencia y el candor inherentes a ese ciclo vital humano (la niñez), a la vez que contemplamos su propia transformación.

Según el creador sueco, «hay en [ese] personaje un cierto misterio, podría ser un [infante] cualquiera, podría ser […] «Don José» […] niño, podría ser la joven «Michaela», o el hijo nonato de «Carmen» y «José». Incluso podríamos ser nosotros [mismos], con nuestra primitiva bondad [lastimada] por una [situación violenta] que, aunque breve, hubiera influido [de forma traumática] en nuestras vidas y en nuestra capacidad de relacionarnos con los demás para siempre».

El espacio escénico para esa nueva proposición estético-artística de Carmen se basa conceptualmente en la creación de una escenografía muy clara y limpia, definida por la sencillez y redondez de las formas, y por la honestidad visual de los materiales seleccionados. Se busca la asociación de atmósferas mediante la reinterpretación de la novela original, y se evita —en lo posible— cualquier tipo de estética costumbrista. Sevilla es un lugar cualquiera, la fábrica de tabacos es cualquier industria y los montes de Ronda representan un estado de ánimo al límite, y son percibidos por el auditorio como suburbios, ámbitos oscuros, escondidos o inseguros.

La escenografía se muestra dinámica y funcional al servicio de una obra que nos habla desde la perspectiva de un encantador «Ismaelillo» acerca de las disímiles facetas de esa obra universal: entre ellas, la violencia y sus secuelas bio-psico-socio-culturales y espirituales.

La obra se caracteriza —en lo fundamental— por la atemporalidad, contemporaneidad, y un leve acercamiento a la década de los años 60 de la anterior centuria. Todo ello visto desde la óptica de la simbología y la metáfora. Las características psicológicas de los personajes están condicionadas por esos conceptos. Su idea es crear una nueva «Carmen»; personaje que —aunque predestinado, desde el comienzo, a caer en los brazos de Tanatos (la muerte en el vocabulario psicoanalítico ortodoxo) — se aleja «años luz» de los estereotipos estéticos de la obra y de la época socio-histórica en que se desarrolla la acción dramática, ya que se desdobla y traslada a los personajes a un contexto contemporáneo.

De ahí, que los militares se acerquen a otra forma estética de poder, como podrían ser los ejecutivos o empresarios. El torero —por ejemplo— parece más una «estrella» del séptimo arte o de música rock.

El simbolismo se refuerza a través de personajes metafóricos. Los gitanos se convierten en «bestias salvajes» ávidas de sexo, como consecuencia de los encantos y la sensualidad que identifican a las cigarreras, quienes —a propósito o no— despiertan al «lobo estepario», que yace en el componente instintivo del inconsciente freudiano, mientras que la ingenuidad, la pureza, la bondad y el «misterio» humano están representados por un niño, una presencia andrógina, que va oscureciéndose durante el desarrollo de la obra. La violencia y la frustración se expresan mediante «sombras»; personajes que adquieren más presencia y protagonismo en la segunda parte de la obra, mientras que, en la primera, prevalecen la festividad, la luminosidad y el colorido.

«Carmen», magistralmente interpretada por las primeras bailarinas Sara Fernández y Kayoko Everhart, quienes alternan el papel protagónico, es una gitana libre, valiente, contemporánea, sensual, seductora, envuelta en un hálito «misterioso», que irradia la «gracia» y el «salero» que distinguen a la mujer peninsular, quizás una «fémina fatal», sentenciada a muerte, y en la que se cumple —inexorablemente— su trágico destino: perecer a manos de uno de sus más fogosos amantes: el militar «José» (Joaquín de Luz), quien víctima de los celos morbosos por los galanteos de la atractiva gitana con el torero «Escamillo» (Yunier Gómez), la ultima con una letal puñalada e incurre en el delito de homicidio pasional.

El público local y de allende los mares que llenó la sala «Avellaneda» del TNC, ovacionó con fervor la excelencia artístico-profesional de los integrantes de la prestigiosa Compañía Nacional de Danza de España, que llevó al proscenio esa versión sui generis de Carmen, un clásico de todas las épocas y todos los tiempos.

¡Nos vemos, dentro de dos años, en el XXVIIII Festival Internacional de Ballet de La Habana «Alicia Alonso»!

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