Creado en: abril 23, 2021 a las 08:30 am.

Georgina Herrera, la eterna cimarrona

Por María de los Ángeles Polo Vega

La Yoya cumple 85 abriles, esa poeta irreverente e inmensa que es Georgina Herrera, la eterna cimarrona de las letras cubanas y una de las voces más genuinas en la lírica antillana del siglo XX.

Georgina nació en Matanzas, en la localidad de Jovellanos, el 23 de abril de 1936, en un ambiente de negritud, en el seno de una comunidad conformada mayoritariamente por esclavos y sus descendientes, y de esa fuente ella bebió, de sus cantos, de su poesía, de esa cultura y con orgullo así lo expresan sus propios versos:

Familia negra en la que no hubo
mezcla alguna:
negros los ojos, la piel, el pelo duro;
y el alma, pura,
casi salvaje, porque
el origen era la selva.
Hablo de los que me antecedieron.

Georgina comenzó a escribir sus primeros poemas con solo nueve años y a los dieciséis, desafiando la autoridad paterna, decide venir para la Habana a trabajar como doméstica durante el día, para poder estudiar en horario nocturno y fue aquí, donde publica sus primeros poemas, en los periódicos El País y Diario de la Tarde.

Luego del triunfo de la Revolución, en 1962, se vincula al apasionante universo radial y en Radio Progreso encuentra el escenario ideal para desarrollar ese inmenso caudal creador que brota de su interior, y donde también ha recibido múltiples premios y reconocimientos.

Pero es en la literatura de Georgina Herrera donde nos queremos detener, en su inmensa obra poética, donde encontramos dos temas que constituyen leimotiv: la presencia del África y la defensa de un pensamiento feminista, ambos íntimamente relacionados.

Refiriéndose a ello ha escrito la doctora Luisa Campuzano: “Esta constelación temática podría resumirse en la apelación a genealogías y valores ancestrales; la presencia de la familia y el entorno familiar, la referencia a antepasados e hijos; el rescate de la historia olvidada, negada, y de sus protagonistas (…)”.

La propia Georgina así nos lo ilustra en su libro Golpeando la memoria:

A la hora de contar, mi abuelo era el dueño de la palabra, no se le podía interrumpir, si alguien lo hacía, con un “Sió, calla la boca” lograba un silencio que parecía que no se iba a acabar nunca, y entonces empezaba a hacer cuentos que me mantenían como en el aire y adivinanzas que siempre tenían una intención moralizadora. Cuando yo le hacía muchas preguntas, me decía: “¡Muchacho, tú pregunta mucho!”. Recuerdo una adivinanza que dice: en medio de un cuco hay otro cuco y en medio del pueblo chaco, chaco, bulaco. ¡Imagínate tú!, cómo podía adivinar, y cuando le preguntaba qué cosa era, me decía: “¡Tijera mi’ja, tijera!”, porque cuando tijera entra en tela hace chaco, chaco, bulaco”.

A través de sus versos, también vienen los recuerdos del abuelo:

Según abuelo, África
era un país bonito y grande como el cielo,
desde el que a diario,
hacia el infierno occidental,
venían reyes encadenados, santos oscuros,
dioses tristes

De las historias vividas por sus ancestros es sin dudas “El barracón” uno de los más intensos y estremecedores poemas, todo un diálogo con la memoria:

(Ante las ruinas del Santa Amalia)

Sobre estos muros
húmedos aún, en las paredes
que la lluvia y el viento de hace tiempo
desgastaron e hicieron,
a la vez, eternos, pongo mis manos.

A través de los dedos, oigo
sonidos, maldiciones, pasos, juramentos
de los que en silencio
resistieron los colmillos del látigo en la carne.

Todo me llega del pasado, mientras
se alza el pensamiento; pido
a los sobrevivientes
de la interminable travesía
fuerza, y memoria (esa
devoción para el recuerdo),
y el amor, mucho, todo el amor
con que regaron su impetuosa semilla, perpetuándola.

Así lo siento, lo recojo y lanzo
hacia todo lo que en el tiempo venga

Si África, su cultura y su historia son presencias recurrentes en la obra de Georgina, está también la necesidad de legitimar la historia, la rebeldía, la indocilidad de la mujer desde sus propias raíces familiares:

Qué bisabuela mía esa Victoria.

Cimarroneándose y en bocabajos
pasó la vida.

Dicen que me parezco a ella.

Es su obra toda, un canto a la vida, a la historia, a sus raíces identitarias y a mujeres que como ella, no cejan en la defensa del pensamiento antirracista y feminista y donde aún queda, un largo camino por recorrer.

Grande es el tiempo a transitar
como un camino
si de las penas partes, yendo
hacia la dicha.
Y llegas y te instalas, pero
no permaneces, vuelves, irremediable,
al primer sitio, cual si fuera
el de tu origen, donde
algo perdiste y buscas incansable
pero
no sabes qué.

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