Creado en: junio 23, 2022 a las 07:33 am.

Historias de Vida

Foto de la producción del espectáculo

Por Jesús Lozada Guevara

Cuando en el siglo XIX Europa, arrogante y avasalladora, volvió a mirar hacia las Culturas populares, descubrió en ellas documentos y obras de valor además de los hilos de un tejido invisible que sujetaba el tapiz de lo que eran, optó por arrastrar hacia la Escritura prácticas y creaciones artísticas orales, escondiendo detrás del “genio popular” la labor de individuos y familias especializados en la transmisión de saberes, así como el protagonismo de esos otros individuos cuyo rol era el de actuar como vasijas de la memoria, en espera de que otros aparezcan para enriquecer, actualizar y conservar las tradiciones.

Pero el occidente, de raíz grecolatina, antes de valorar lo propio heredado, también rico desde la raíz oral, sumó  a sus manías los nuevos modos de divinización de los documentos escritos, convirtiéndolos en la única fuente de auténticos saberes. Así, aunque el Folclore y la Etnología hicieran aportes a la recuperación de la memoria popular, también se introdujeron elementos de exclusión, tornando protagonistas a los recolectores y no a los verdaderos portadores del “saber antiguo”. Justo es decir que muchos de ellos dejaron testimonio de sus fuentes, pero no se recuerda sino a ellos.

La sobrevivencia de la Cultura popular, independientemente de su control por instituciones académicas, no solo puso en evidencia su capacidad de permanecer en el imaginario  colectivo sino que su poder mutante, que le permitió adaptarse a los nuevos códigos culturales que asumieron los pueblos. Así la “ciencia” se vio obligada a bajar la testuz y comenzó a mirar a esos “relatos de vida” como fuente para contar la Historia.

En Cuba, no es hasta el siglo XX que comienza un proceso sistemático de “recolección de antigüedades” siguiendo los mismos derroteros. Hoy los estudios formales de Historia miran sin prejuicios a las fuentes orales, sin embargo, mucho queda por explorar en esos caminos.

La cultura negra, en su amplio abanico, es uno de esos espacios por escrutar. Pues no solo tiene expresiones religiosas, sino que sus aportes al “ajiaco cubano” van desde lo culinario, lo músico-danzario, hasta en expresiones complejas como podría ser la influencia de las matemáticas árabes en los sistemas adivinatorios tradicionales.

Foto de Vivian Martínez

Dentro de ese espectro de conocimientos y tradiciones no han sido suficiente explorados los aportes de las diásporas caribeñas, fundamentalmente haitianas y jamaicanas, sin excluir la cultura caimanera o la influencia de las Bahamas sobre zonas específicas del archipiélago.

Por eso, cuando hace más de treinta años, comenzamos a disfrutar del trabajo de la actriz y contadora de historias Virginia López Arnaud,  llamamos la atención sobre su obra, centrada en relatos de trasmisión oral que tenían como ámbito la familia. Ella, descendiente directa de haitianos, repetía lo escuchado, poniendo en el espacio público monumentos orales ignorados u olvidados.

Es extraño que folcloristas o escritores no hayan mostrado interés por las memorias de la familia Arnaud. Esa grieta viene a salvarla el actor, titiritero y narrador oral Ury Rodríguez con L´tam qui pase, un espectáculo teatral que, a partir de ese repertorio y herencia, coloca y comparte el imaginario haitiano, aprovechando todos los recursos que posee.

Una figura animada, Viyuyi, le cuenta a un personaje, Urgellés, una serie de cuentos, y este le responde con otros. Pareciera sencilla la estructura, pero no lo es. La complejidad del espectáculo radica más en las maneras de narrar que en lo relatado.  Sensualidad, danza, música, discurso del color y la luz, hacen referencia a la cultura francohatiana, ya pasada por el filtro cubano, y convierten a lo contemplado en un suceso que no solo entraña múltiples disfrutes sino que amplias lecturas, entre ellas, la posibilidad de mostrar uno de esos rincones donde el alma cubana se explaya.

El hecho de que el títere cuente casi todo el tiempo, independientemente de la depurada técnica de manipulación y de diseño del personaje, provocan una cierta tensión en el espectador que podría aliviarse si el narrador-personaje interviniera a partes iguales, así como si las fragmentos musicales, grabadas por el coro Desandann,  que dirige la camagüeyana Emilia Díaz Chávez, dejaran de ser elementos de transición para alcanzar un lugar protagónico.

Foto de Jorge Sánchez

Un espectáculo como este merece recorrer el país, y no solo quedarse en su natal Guantánamo o participar en las celebraciones por los 35 años del Teatro Macubá, sitio en el que se produjo la función que comentamos.

Bien podría valorarse la posibilidad de que la música se ejecutara en vivo, con el coro y los elementos de su ejecución, ciertamente cercanos a eso que algunos llaman teatro total, así como aumentar las historias con las que Urgellés devuelve sus favores a Viyuyi.

Mientras esperamos lo porvenir, nos quedamos con esto, que fue lo que pasó en la ciudad Santiago de Cuba, en un sitio donde se sienten los ecos del Tibolí, barrio oriental desde cuyos balcones se puede contemplar el Haití profundo, que nos donó no solo la cultura cafetera, la Tumba francesa o el vudú, sino los cuentos, como los que la familia Arnaud conserva, cual un tesoro magnífico, y que podrán ser descubiertos a los que se atrevan a buscarlos desde el talento, con honor y respeto.

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