Creado en: junio 22, 2022 a las 06:57 pm.

Esteban Morales : Un lector impenitente

Esta tarde, unos amigos, junto a Gisela Arandia y Giselita Morales Arandia, cerramos filas para rendir tributo a Esteban Morales: historiador, sociólogo, diplomático e investigador cubano recientemente fallecido en Colombia.  Las palabras no salieron de mi boca, como pensaba y, en un momento X, salí de la Sala Villena.

Es cierto.  Yo llegué tarde a la vida intelectual de Esteban. Sin embargo, no puedo dejar de reconocer que, desde que empezó el acercamiento, hará tres años, o algo más, fue intenso el intercambio, el acuerdo, los desacuerdos y, por encima de todo, más allá de su carácter y de su personalidad espléndida, nos unía una pasión por la lectura, por el estudio de temas y asuntos insulares y, claro, el destino de la mayor: Cuba.

Lector impenitente, nunca vi a nadie con el fervor que movía a Esteban Morales para estudiar y, sobre todo, escribir sin tregua como quien se deja atrapar por un rayo que cae desde la lluvia y no puede cesar de caer.  Así lo evoqué en medio de lluvias torrenciales que anegaron Infanta, la avenida larga que desemboca, casi como un callejoncito, a la estridente Esquina de Tejas.

Esteban leía a toda hora.  Esteban ejercía la escritura con una entrega que pocas veces vi en otros autores.  Sus artículos sobre lo cotidiano en el país eran de una claridad meridiana que él sabía colocar en el centro de las teorías más antiguas, de las percepciones más modernas del pensamiento sociológico que tanto frecuentó.  Una página de Rousseau equivalía a una aproximación suya hacia las leyes del mercado y su ineficacia dentro de una sociedad que perfilaba constantemente su identidad intransferible, cambiante aunque jamás negociable. El bien y el mal de nuestra vida cotidiana lo ponían en guardia y, con una honestidad asombrosa, marcaba fronteras y señalaba posibles errores imposibles de evadir. 

Le importaba lo nuestro, nuestro camino legítimo hacia el progreso económico de todos, para todos, a la par de un diseño esencialmente patriótico de sus estructuras, de sus funciones, de su servicio a hombres y mujeres de a pie.  Mago de la observación y la pesquisa, profundizó, como pocos, en las culturas populares de los Estados Unidos sobre todo aquellas que erigieron una civilización que podía relacionar e intercambiar valores con las tradiciones más hermosas de nuestros pueblos latinoamericanos, al sur del Río Bravo.

Tuve el privilegio de leer sus escritos recién salidos del horno, que discutíamos hasta la saciedad y que, luego, él sabía guardar en su memoria y lo que es más importante en la memoria colectiva de nuestra nación.  No había opción política que no desmenuzara como un orfebre; no había ley de la Constitución, por ejemplo, que no estudiara en su detalle minucioso.  A Esteban le importaba la suerte de su Isla, el destino triunfal de Cuba por el que luchó sin alarde alguno.

Tal vez los verdes de Medellín le trajeron el último disfrute de un paisaje natural, frente a sus ojos que, inquietos, buscaban no el descanso sino la reflexión por segundo.  Yo sé que la Quinta de los Molinos lo extraña y que, esos verdes nuestros, lo esperan en esa historia enaltecedora que contribuyó a fijar, a honrar, no prescindiendo de sus verdades jamás.  Moderno y antiguo, su aliento siempre es el de un gladiador que lucha, con su escudo, por la justicia social, por cambiar todo lo que deba ser cambiado; por el exterminio militante de discriminaciones y prejuicios de raza; por la dignidad plena de sus compatriotas. 

Así lo veo.  Así lo creo. El filósofo Walter Benjamin hubiera deseado para sus angustias las intermitentes que acaparaba Esteban, ésas que le hicieron el último llamado para entrar al Hades sin permiso como un Orfeo cubano lleno de esplendor. 

El Cerro, 17 de Junio, 2022

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