Creado en: marzo 16, 2021 a las 07:51 am.

José Victoriano, precursor del artículo costumbrista

 “El abogado de nota enalteció el foro de la Isla, el literato laboró en pro de la regeneración del país, y el ciudadano contribuyó por espacio de treinta y más años a la fundación de la República. Una conducta diáfana y un carácter superior evidenciaron sus acciones”. De tal modo califica el historiador, periodista, maestro, político y escritor cubano, Emeterio Santiago Santovenia a una figura poco conocida de la cultura cubana, José Victoriano Betancourt Gallardo (Guanajay, Pinar del Río, 9 de febrero de 1813-México, 16 de marzo de 1875), considerado como uno de los más sobresalientes costumbristas cubanos del Siglo XIX.

La obra de este escritor y periodista igualmente valorado por Emeterio como un patriota intachable que hizo notables servicios a su país, alcanzó notoriedad por la presentación de las formas de la vida insular de su época, a través de textos que encaraban críticamente la sociedad colonial y esclavista, en tanto censuraban sus lacras, para de tal modo influir en la consolidación de la conciencia nacional.

En su libro (1912) sobre la vida y obra de este intelectual, Santiago Santovenia recoge su partida de nacimiento y bautizo: “Pbro. Br. Eduardo Clara, Cura Vicario Foráneo de esta Iglesia Parroquial de Término de San Hilarión de la villa de Guanajay, Provincia y Diócesis de Pinar del Kio (sig), Certifico que en el Libro 5 de Bautismos de Españoles al folio 31 y marcado con el número 128 se encuentra la siguiente partida:

“En diez y seis de Febrero de mil ochocientos trece. Yo Ldo. D. Juan Kafaelde Alforín, Cura Párroco por S. M. de esta Iglesia de S. Hilarión de Guanajay, bauticé y puse los S. S. Oleos á un niño que nació el nueve del corriente, hijo legítimo de D. José María Betancourt, natural de la ciudad de la Habana, y de D. María de los Santos Gallardo, natural y vecinos de este partido. Abuelos paternos D. Victoriano y D. Ana Pita, maternos D. Vicente y D. María de Jesús Kuiz, y en dicho niño ejercí las sacras ceremonias y preces y le puse por nombre Victoriano José Escolástico. Fueron sus padrinos, digo fué su padrino el Dr. D. Fernando Viamonte, al que advertí el parentesco espiritual y lo firmé: Juan Rafael de Alforín. Hay una rúbrica. Conforme á su original. Guanajay, veinte y ocho de Abril de mil novecientos once. Br. Eduardo Clara.”

A la edad de diez años, José Victoriano se trasladó junto con su familia para La Habana, donde cursó la primera enseñanza en el real seminario de San Carlos. Allí, en 1832, se graduó de Bachiller en Derecho y fue el primero en recibir el título de abogado (1839) cuando se estableció la Audiencia Pretorial de La Habana. Entonces comenzó a trabajar en el bufete del licenciado Anacleto Bermúdez.

Numerosos periodistas y escritores de mediados del siglo XIX, en Cuba se interesaron en la obra de destacados exponentes del costumbrismo español como Mariano José de Larra, Ramón de Mesonero Romanos y Serafín Estévanez Calderón, y orientaron buena parte de su ejercicio hacia la recreación del paisaje humano dentro del llamado “color local”.

Evidentemente estimulado por ese extraordinario auge, entre los años 1830 y 1870, el artículo de costumbre se hizo recurrente en las páginas de prestigiosos periódicos y revistas cubanos. A través de esta expresión literaria, sus autores expusieron lo más avanzado del pensamiento de los intelectuales de la época, empeño en el que, junto con Victoriano, sobresalió su compatriota José María de Cárdenas. Ambos buscaban, mediante sus indagaciones, asuntos relacionados con el complejo entretejido social de la colonia, resaltando modos de vida, costumbres, creencias y agobios existenciales con un marcado sentido patriótico e independentista.

Pero fue José Victoriano quien más agudamente abordó la heterogeneidad de los sectores sociales de aquellos años —sobre todo de los más marginados— como parte del despertar de la conciencia insular, motivo por el cual el destacado intelectual Francisco Calcagno(1), subdirector del Colegio San Francisco de Asís entre 1864 y 1869, lo llamó “el primer costumbrista de su tiempo”.

Victoriano recurrentemente colaboraba con importantes publicaciones de su tiempo, entre otras: El Almendares, Diario de La Habana, Cuba Literaria, Faro Industrial de la Habana, Aurora de Matanzas, y la revista La Siempreviva, de la que fue fundador junto junto con Antonio Bachiller y Morales, Manuel Costales y José Quintín Suzarte.

Entre los trabajos del prestigioso pinareño se destacan los referidos a las variantes locales del idioma español, sobre todo entre los campesinos y los negros esclavos traídos desde el África y sus descendientes, como su poema dedicado al negro José del Rosario: “Nasí de Jesú María / en el famoso Manglai / fui Perico no hay dudai, / y a ningún ‘cheche’ temía / conmigo no había tu tía; / cuando en cabido o guateque / entraba medio peneque / y metía la mano al quimbo, / hata lo niño del limbo / cantaban el turuleque.”

Emeterio Santiago asegura en su libro —publicado en 1912 por la Imprentas Universal— dedicado a este intelectual, que el artículo titulado El ciego vendedor de billetes “es la encarnación de ese  principio divino que santifica el trabajo y condena la ociosidad, de esa doctrina altamente económica que proclama el respeto a la propiedad y condena la caridad indiscreta, y, en fin, la revelación de una verdad indisputable, cual es que el pauperismo que amenaza hundir en el caos la civilización europea, no tiene carta de ciudadanía en mi idolatrada Cuba”.

Pero para muchos estudiosos de la obra de Victoriano, su artículo costumbrista más sobresaliente es el que trata sobre Los curros del manglar, publicado en El Artista, en 1848.

Aunque la poesía no fue el fuerte de su producción literaria, sus poemas La rosa del Almendares —escrito a los 13 años de edad— y A las ninfas y genios de Almendares, han trascendido por su encanto y la belleza de sus versos. El célebre escritor José Lezama Lima, incluyó estos dos textos en su libro Antología de la poesía cubana, publicado en 1965 por el Consejo Nacional de Cultura.

Las ninfas y genios del Almendares (1826) es una lírica festiva, alegre, musical, que para algunos críticos resulta “curiosa” desde el punto de vista estético. He aquí algunos de sus versos: “¡Hijos del canto!, que suenen/ Del río paterno en la orilla/ Al poder del sentimiento/ Vuestras armónicas liras./ ¡Vosotros, que coronados/ Con las guirnaldas floridas/ Con que orlaron vuestras sienes/ Del Almendares las ninfas!/ Acompañadme en mi llanto,/ Y vuestra canción sentida/ Endulce la amarga pena/ Que destroza el alma mía./ ¡Adiós, y el cielo me vuelva/ A esta ribera querida,/ Que saludaré gozoso/ Pulsando mi dulce lira!”

Otros poemas no corrieron la misma suerte al no penetrar en el gusto popular, y no lograr insertarse dentro de la corriente romántica preponderante en esa época.

El Diario de la Habana, publicó en sus páginas la narración medieval El castillo de Kantin, un escrito que aunque fue objeto de numerosas críticas por “su ingenuidad”, llamó la atención de muchos lectores que aseguraron haber disfrutado de este intento romántico-legendario, hasta entonces ausente en las ediciones de los periódicos y revistas de la colonia.  Ya en el Siglo XX, en 1934, difundió el libro Cuadro romántico, prosa poética con elementos narrativos en los que sobresale un más acertado cauce del costumbrismo.

Otros estudiosos del legado literario de José Victoriano subrayan que sus mejores creaciones son aquellas en las que recrea tipos universales, como el “picapleitos”, el “médico pedante”, las “viejas curanderas”, las “solteronas”, el “usurero”… en los que se observa excelente uso del idioma mediante el uso de epítetos y recursos satíricos y grotescos.

También escribió fábulas y teatro. Dentro de este último genero se encuentra su pieza en homenaje a Francisco Covarrubias, Las apariencias engañan, de 1847. También se interesó por las Ciencias Naturales; entre cuyos trabajos se encuentra el titulado Descripción de las Cuevas de Bellamar, de Matanzas, publicado como libro en 1863. En algunas oportunidades usó el seudónimo de Escolástico Gallardo.

Buen amigo de Felipe Poey y Álvaro Reynoso, Victoriano fue miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País y era asiduo a las tertulias literarias de Domingo del Monte, junto a figuras como José Jacinto Milanés, Cirilo Villaverde, Anselmo Suárez y Romero, José Antonio Echeverría, Ramón de Palma, José María de Cárdenas y Rodríguez, los hermanos González del Valle, Pedro José Morillas, entre otros.

Fundó la revista La Siempreviva junto a Antonio Bachiller y Morales, Manuel Costales y José Quintín Suzarte, publicación que dio a conocer, en 1839, la primera versión de la célebre novela de Cirilo Villaverde Cecilia Valdés o La Loma del Ángel.

En 1840, José Victoriano se trasladó a vivir en Matanzas, donde editó, junto con Miguel Teurbe Tolón, la antología de poemas Aguinaldo matancero y también ejerció la abogacía.

Dos décadas después retornó a La Habana para continuar la profesión de jurista, en tanto continuaba colaborando con sus artículos costumbristas en diferentes publicaciones capitalinas, en las que extendió sus ideas en contra del gobierno colonial español, lo cual lo señaló como persona peligrosa para el gobierno de la Metrópoli, motivo  que lo condujo, en 1869, a irse de Cuba con su familia hacia México —algunos historiadores afirman que realmente fue desterrado—, nación en la que se desempeñó como  catedrático del Instituto de Veracruz y como juez de primera instancia en Tuxpan y Casamaluapa. Entretanto, dos de sus jóvenes hijos ya se habían incorporado a la guerra por la independencia nacional, iniciada en 1868.

José Victoriano Betancourt Gallardo vivió los últimos días de su vida con la nostalgia y en anhelo de retornar a su patria. En el hermano país azteca falleció, a la edad de 62 años, el 16 de marzo de 1875. La cultura cubana lo recuerda como uno de sus más destacados exponentes.

 (1): Juan Francisco Calcagno Monzón (Güines, 19 de junio de 1827-Barcelona, España, 22 de marzo de 1903), fue, además, el creador de la primera biblioteca, la primera imprenta, la primera academia de idiomas y el primer periódico de Güines, todos con sede en su propia casa.

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