Creado en: noviembre 7, 2022 a las 09:17 am.

Lesbia Vent Dumois: «Queremos que la UNEAC sea la Isla de Cuba»

La presidenta de la Asociación de Artistas Plásticos de la UNEAC, Lesbia Vent Dumois, no solo combina en su obra colores y formas, sino también materiales, texturas e historias. La pintora y grabadora ha dedicado gran parte de su vida a ser, como ella misma se define, una funcionaria de la cultura cubana. Para la Premio Nacional de Curaduría este concepto no tiene relación ninguna con la burocracia, consiste en la utilidad del arte en diferentes contextos y momentos históricos.

La promoción de los creadores y sus manifestaciones, el respeto por la diversidad de pensamiento y una UNEAC que se parezca a la Isla, son algunas de sus premisas en este aniversario 61 de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

¿Cómo aquella muchacha que soñaba convertirse en arquitecta terminó trabajando como maestra normalista en Placetas?

Si te trasladas a esos años no tendrás que preguntarme por qué me decidí por el magisterio. Esta carrera la estudiaban quienes querían trabajar inmediatamente. No puedo mentir, mi gusto era la arquitectura. Pero en Villa Clara, en esa época no había Universidad y cuando se creó tampoco ofertaron arquitectura. Se estudiaba en La Habana y había que tener una posibilidad económica. Mi familia no tenía acceso.

Empecé a estudiar magisterio junto con las artes plásticas, porque en mi provincia se crea una escuela no oficial y pude acceder a algunas clases. El magisterio también te va entrando en el mundo de las relaciones con el otro.

Usted se define como una expresionista por principio. ¿Cómo influyeron sus padres y su hermana en su obra?

El expresionismo como manifestación trabaja mucho con la imagen cotidiana y a su vez la transforma en sentimientos e ideas. Ciertamente tengo una gran influencia de mis padres, porque ellos tenían oficios muy vinculados a la creación.

Mi madre era una excelente modista, le gustaba crear en el cuerpo de las personas. Mi padre era un ebanista, que tallaba mucho, lo vi trabajar con las gubias y los cinceles. Eso te influye. Mi hermana y yo estudiamos la misma carrera. Aunque teníamos un carácter completamente diferente, ella era aparentemente más tímida, pero lo que se proponía lo hacía.

La palabra Patria era bastante recurrente en su familia. ¿Qué significa para usted?

Yo tengo familiares que fueron mambises. Mi abuelo peleó en las tropas de Antonio Maceo. Eso te llena porque lo oí hablar, también a mi abuela. Tengo cartas de esa época, de cuando desgraciadamente hubo que entregar las armas. A él lo mandaron para Camagüey a trabajar en los ferrocarriles y él enviaba el dinero para la familia. Eso te marca y te interesa. Si te forman con el amor a la Patria, no se olvida, se vive.

Usted llega a La Habana en 1959, una fecha muy particular. ¿Cómo recuerda ese ambiente cultural?

En esa época, los que estudiamos magisterio o artes plásticas, veníamos a las oposiciones para plaza en La Habana. Yo viajé en dos ocasiones: para un puesto en la Escuela Normal de Maestros, ubicada en el parque Mariana Grajales del Cerro, y otro en Centro Habana. En 1959 la euforia era muy grande. Tuve el privilegio de ver pasar por Santa Clara a Fidel Castro desde mi balcón. Vivía en un lugar muy céntrico. También escuché el discurso en la Biblioteca Nacional, que en aquel momento era el gobierno provincial. Llegué a La Habana cuando todo se construía. Eso es un privilegio del que vivo orgullosa.

Ha dedicado gran parte de su vida a ser funcionaria de la cultura cubana. ¿Qué la motivó a asumir esta labor hasta convertirse en la presidenta de la Asociación de Artistas Plásticos de la UNEAC?

Comencé como funcionaria de la cultura cubana en el Ministerio de Cultura, que se llamaba Dirección de Cultura en aquel momento. Empiezo en una agrupación encabezada por Nora Badía, denominada Orientación Cultural para la Juventud. Trabajábamos un área que ahora le correspondería a la cultura comunitaria.

Como maestra y funcionaria tuve el privilegio de estar en El Pitirre, de las primeras escuelas de niños sin amparo filial. Después, impartí clases en una escuela secundaria básica, con puntos de contacto con la cultura. Me tocó un aula donde estuvo la oficina de Alejo Carpentier, hoy es el Instituto del Libro en Virtudes y Manrique.

De ahí fui para Cubanacán, a la Escuela Nacional de Arte a dar clases de dibujo. En 1964 ya estaba en la UNEAC y siempre digo, no sé cómo llegué, si me llamaron o vine espontáneamente. En 1962 Mariano Rodríguez, que presidía la Asociación de Artistas Plásticos, me pide que ayude a ordenar el catálogo del Concurso de Grabado de Casa de las Américas. Entonces yo iba por la mañana a Cubanacán, por la tarde a la Casa de las Américas y cuando tenía una oportunidad visitaba la UNEAC.

No veo el ser funcionaria como algo peyorativo. Donde tú aportes, ayudes y te sientas útil eres funcionaria. Lo único que no soy es burócrata. Hay una gran diferencia entre un funcionario y un burócrata.

Desde la Asociación de Artistas Plásticos hay un reto, lograr la convergencia de las diferentes manifestaciones y las maneras de pensar de los creadores. ¿Cómo manejar ese equilibrio?

Con respeto a las manifestaciones. Para mí todas son importantes. No pienso que el diseño es mejor o peor que la pintura, que el humorismo es arte o no es arte, que la fotografía es buena porque es de autor. Todas las expresiones tienen validez y una carga creativa. El grabado le aporta a la pintura. Están también las expresiones que se hacen a través de computación y otras máquinas. El creador es complejo. Creo en la ética y a partir de ese principio nos llevamos bien.

Además del Premio Nacional de Curaduría, recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas. ¿Qué importancia tiene la investigación para la curaduría y la museografía?

Para muchas personas curar significa hacer museografía, ordenar un conjunto de obras. Esa lectura se la ofreces al público. Pero lo más importante de la curaduría es la investigación, conocer un espacio, un autor, una materia. No puedes hablar con un artista sin conocer: ¿Cuál fue el propósito para hacer esa obra? ¿Cómo se muestra su expresión? ¿Con qué técnicas la realiza y por qué? ¿Qué material utiliza? ¿Qué quiere decir?

La curaduría se hace en colectivo. Tienes que hablar con el diseñador del catálogo, con quién hace el spot y vende la muestra antes de inaugurarla, con la persona que monta la exposición, esta también tiene una parte creativa: ¿Cómo se cuelga una obra? ¿A qué altura? Y todo ese conjunto de personas conforman la curaduría. Me gusta trabajar con un colectivo y darle crédito a ese colectivo.

Precisamente durante su investigación para la serie Alianza, destacó el concepto de Carmen Mondragón de la libertad del arte. ¿Qué lugar ocupa la mujer en la obra de Lesbia Vent Dumois?

En mi obra ha primado mucho la figura femenina.  Había hecho una pieza dedicada a Frida Khalo y la rebeldía que significó para las artes plásticas. Ella trabajó con elementos de la identidad mexicana, la creencia, los pequeños objetos, la joyería, su forma de vestir buscaba la identificación con zonas de México.

A partir de ese criterio comienzo a pensar en otras mujeres. Por mi formación era muy importante en Cuba Rita Montaner. Mucha gente la tildó de vulgar, pero ella marcó nuestra identidad. Era una persona con una profesión, una pianista que desgraciadamente no la hemos oído tocar y cantar cómo debíamos, porque la historia de la música también transforma el sonido.

Miguel Barnet tiene una pasión también por esa figura y me motivó a buscar muchas imágenes, la más popular es la Rita cantante que trabajó en cine y decía: Mejor que me calle que no diga nada. Ella vinculó la política también a su arte. Esos eran puntos que me servían para Alianzas.

Después pensé en Violeta Parra, marcó mucho mi vida. Violeta era una de las pasiones de Haydée Santamaría y Haydée, en cierta medida, también ha marcado mi vida, quiero que siga marcando mi vida.

En Casa de las Américas está el último tapiz inconcluso de Violeta. Tuve el privilegio de restaurar todos los tapices de Violeta para exponerlos. Sabía cómo vivió en una carpa en Chile, se unió y formó a sus hijos, cómo investigó toda la música popular chilena y la transformó.

Carmen Mondragón tiene un vínculo político y estético muy importante en México, pertenecía al grupo que se reunía en la casa de Frida y Diego. Esa casa fue catalogada de escandalosa, de ahí salieron mucha gente importante que ha creado movimientos artísticos.

Esa figura tiene un nombre que ella misma se puso: Nahui Olin, lo apoyó su compañero de vida, aunque la maltrató mucho, el Doctor Alt. A ella le interesaba lo esotérico, la ciencia ficción, pero iba más allá porque se apoyaba en la ciencia. Escribió un libro a partir de su teoría. Al abandonarla el compañero de vida, ella fue separándose de todo ese colectivo, viviendo sola y abandonada por las calles de México. Caminaba como una mendiga por toda la calle de la Reforma y obsesionada con el sexo. La seguían todos los gatos porque se alimentaba de los desechos.

Una persona que vivió aquel momento y no sintió pena de sí misma hay que respetarla. Nahui Olin venía de una familia no de guerrilleros, sino contraria a la Revolución mexicana. Todo eso te hace pensar en hechos que son reales y absolutos en estos momentos: No todo el que llega a la Revolución llega y yo creo que ella fue una mujer revolucionaria porque supo romper con quién le hacía daño y llevó una vida cómo quiso vivirla. Eso hay que respetarlo, mucho más en estos tiempos.

¿Cuál es su concepto de la libertad del arte?

No amarrarte a ninguna tendencia. Pensar que todas pueden ser válidas. La moda no es algo que te pueda primar, estamos en un momento en que la moda influye mucho. Tener la certeza de que lo que estás haciendo es auténtico para ti, aunque no tenga que ser auténtico para los demás. No vivir con la idea de que siempre alguien te tiene que calificar, empieza por autocalificarse tú misma. Y si es válido, seguir por esa línea o cambiar.

¿Cómo aplicarlo desde la propia UNEAC?

Aceptando todas las tendencias y manifestaciones. La galería Villa Manuela, por ejemplo, ha demostrado que todos los artistas tienen espacio, siempre que el principio sea la calidad, donde prime la ética y el respeto por los demás. No es aceptar lo que los artistas espontáneamente nos proponen o nosotros los que dirigimos aceptamos, sino trabajar con un colectivo.

(Entrevista vía Uneac)

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