Creado en: septiembre 10, 2021 a las 07:38 am.

Lluvia, cohetes y teatro

El Teatro Principal desde el suroeste. Al fondo derecha la bahía. Hacia 1810

Era inevitable; si llovía fuerte, se suspendía la función. Los amantes del teatro verían frustrada su decisión de asistir aquella noche al Coliseo donde añoraban disfrutar de la comedia o tragedia de su preferencia.

    Situémonos en el último cuarto del siglo XVIII: La Habana, ciudad que cuenta con un aproximado de cuarenta mil almas, es paradero obligado e ideal de las flotas españolas que traen bastimentos a las colonias americanas a cambio de transportar hacia el reino de las Españas sus obligados impuestos: el oro y la plata sustraídos a las entrañas de Perú y México, amén de otras menudencias esquilmadas a las colonias de Centroamérica y el Caribe.

   Gracias a esto -y demás ventajas de su condición geográfica, calificada desde mucho antes como Llave del Nuevo Mundo-, La Habana podría ser una ciudad rica, ostentosa y colmada de lujos, con acertadas pretensiones de parecerse a Madrid, Barcelona o Sevilla. Pero no resulta así.

   A pesar de la modificación de la política hacia la isla de Cuba después de la ocupación inglesa de La Habana –trece meses entre 1762 y 1763-; a pesar de las disposiciones del rey Carlos III para mejorar el modus vivendi de los habitantes de aquella ciudad que había sido preterida durante dos siglos; y  no obstante la designación del ilustrado Felipe de Fondesviela, marqués de la Torre, para el cargo de Gobernador y Capitán General, con amplia asignación de presupuestos para cumplir aquellas reales disposiciones; el abandono había sido tal, que las buenas providencias del Marqués –trazados urbanísticos, una política integral de limpieza e higiene, creación del alumbrado público, algunas importantes obras constructivas- no fueron suficientes para que el traslado de los habaneros hacia el primer confortable Paseo que tuvo la ciudad, la  Alameda de Paula, y al gran Coliseo recién erigido frente a esta, se hiciera prácticamente imposible en ocasión de fuertes lluvias, dadas las pésimas condiciones que aún presentaban muchas calles.

   Cuando este teatro -inaugurado por el Marqués en 1775-  se derrumbó –hacia 1790-, la actividad escénica pasó a algunas salitas improvisadas. Pero aún se mantenía la deplorable situación del pavimentado y resultaba difícil, en adversas condiciones meteorológicas, llegar a aquellos sitios de sana recreación.

     Una nota periodística de septiembre de 1800 reza: “Hoy Domingo, si el tiempo lo permite, se ejecutará la función que se anunció al público por carteles para el Jue­ves próximo pasado, y que la lluvia impidió”.

    Esta situación continuó en los primeros años del siglo XIX: el 1º de enero de 1801, se anuncia: “Hoy, a las cuatro de la tarde, si el tiempo lo permite, la Compañía de cómicos havaneros representará la comedia heroica en tres actos titulada Acmet, el magnánimo.

     El programa del 11 de enero de ese mismo año, que se compone de la comedia La moscovita sensible y el sainete Perico el empedrador, había sido anunciado para el martes 6 y se explica: “con motivo de no haberlo concluido, por la lluvia el día que se comenzó”.

    Estas funciones se estaban dando en el llamado Teatro del Circo, que además de encontrarse en Extramuros, o sea, fuera de la Muralla de la ciudad, no estaba techado.

    Pero en julio – y sigo en 1801-, a pesar de que ese teatro cierra sus puertas por breve tiempo, “para techar el patio con yaguas en lugar del toldo original, numerar las lunetas y bajar el precio de entrada”, las suspensiones, dada la deplorable situación de las calles, continúa.

    Aunque en 1803, por esfuerzos del gobernador, Marqués de Someruelos, se edifica otro gran teatro, el Principal, en el mismo sitio donde estuvo el primer Coliseo, los impedimentos por la lluvia subsisten. En septiembre de este mismo año se publica:

[…] para el sábado 10, La fiel pastorcita y tirano del castillo, comedia de Fermín del Rey y el sainete Lo que puede el hambre […] Se previene que aun cuando llueva al tiempo que debe principiarse la comedia, se ejecutará ésta, respecto a que estando el coliseo bien acondicionado, y que no se llueve por ninguna parte, no hay motivo que impida la concurrencia.

  El 4 de junio de 1812 sale una crónica sobre una función patriótica del 30 de mayo y se extienden felicitaciones a los actores y músicos. Se añade que a pesar de la lluvia el Principal se llenó y las entradas dejaron, libres de gastos, más de setecientos pesos.

 Todavía en julio de 1813, un aviso nos recuerda que Cuba está en plena estación lluviosa:

TEATRO

Para quitar las dudas que suelen ofrecerse, con respecto al mal tiempo, ha dispuesto la superioridad, por regla general, que sólo en el caso de lluvia recia, después de puesto el sol con aparato de continuar, dejará de haber función. Asimismo se dará principio en toda estación, media hora después del toque de oraciones.

El colmo -que nos brinda una pizca de humor- es esta nota, de octubre de 1807:La función anunciada para el día once se verificará el primer día que asiente el tiempo, y se avisará por cohetes de la azotea del Coliseo”.

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