Creado en: marzo 29, 2021 a las 07:29 am.

Los formatos del Son

El Son lo tocan los trovadores, treseros, estudiantinas, piquetes, grupetos y todo tipo de piquetes musicales que suenen la música de origen oriental.

Desde sus inicios, en las zonas montañosas de esa geografía, siempre fue una música de cuna humilde, con instrumentos caseros, bien sencillos.

Los primeros instrumentos, de existencia histórica, fueron el tres, la botija, el güiro, la marimba o marimbilla para el registro grave. Aquí comienzan los inicios del Son en las zonas montañosas del Oriente cubano.

Elio Revé Matos me decía que, en la zona de Guantánamo, en los inicios, con un güiro y un tres se armaba una fiesta. Las instrumentaciones se van enriqueciendo al pasar el tiempo y al desarrollarse la economía. Se van creando grupos con el tres, la guitarra, el bongó, las maracas. Con ese instrumental se formaba un guateque o changüí que ponía a disfrutar a todo un grupo de gente alegre y divertida; lo cual demuestra que, lo que decide no es la técnica instrumental; sino las ideas y el ingenio musical de la sabiduría del pueblo.

Ya con el paso del tiempo y el desarrollo de las ciudades, el Son llega a La Habana y se enriquece en instrumentos, técnica, toques nuevos provenientes de la rumba. Asume el contrabajo que es ya un avance de enorme importancia. Se lleva al papel pautado, se eleva a categoría profesional.

Entonces, a partir de 1920 hace su entrada en la capital el sexteto (seis instrumentos soneros): tres, guitarra, contrabajo, güiro, bongó y clave. Las maracas se integran a través de uno de los cantantes. El Habanero es el primer grupo en utilizar el contrabajo.

El tres, cadencioso, alegre y picaresco, rítmico al máximo fe de la fuente de inspiración de los soneros. Muy decisivo, ya que tenía las posibilidades armónicas, rítmicas y melódicas. Los tres tiempos después son sustituido por el piano con más posibilidades en los dominios de la armonía.

El sexteto se convierte en septetos (siete) con la entrada de la trompeta en El Habanero, el elegido es Enrique Hernández, en 1927.

Esta creación del septeto El Habanero constituye una verdadera revolución y, la musicóloga María Teresa Linares lo cataloga como el primer boom de la música cubana.

“Tal estaban las cosas, cuando apareció –y nunca se recordará bastante lo que significó su actuación- el Sexteto Habanero, ajeno a todas las modas creadas, nos traía el Son. El Son, sorpresivo, raro, poco conocido –acaso muy olvidado- por el hombre de la capital que veía oponerse afortunadamente a la ofensiva frontal del jazz”.

Después de todas estas experiencias, ya, en una etapa de más esplendor, aparece el conjunto que se remonta a la década de 1930; pero se consolida (tiene su culminación) en 1940 con el conjunto de Arsenio Rodríguez, uno de los arquitectos del Son en la zona occidental, ligado a lo afro.

Los conjuntos lucharon a brazo partido con las charangas danzoneras (Nuevo Ritmo) del Mambo y el Chachachá.

Arsenio Rodríguez, Conjunto Casino, La Sonora Matancera, La Gloria Matancera, El Saratoga, Rumbavana, El Niágara, Roberto Faz, Jóvenes del Cayo y decenas de conjuntos, dieron vida a las sociedades, salones y academias de baile. Regaron el Son depurado de origen oriental y lo fundieron con la rumba, la guaracha y demás ritmos nacionales.

Andando el tiempo, los conjuntos se abrieron en el formato instrumental, se le añadieron otros metales (trombones y saxofones). Ejemplo La Revé con trombones y guitarra eléctrica, Adalberto y su Son, el Trabuco de Manolito Simonet. Y, hasta en las big band, se le adiciona el set de percusión cubana.

La instrumentalística del Son cubano, como nos recuerda Alejo Carpentier, se extendió al campo internacional hasta en las Orquestas Sinfónicas.

Y, las células del Son se introducen en la música del jazz, la salsa y hasta el rock sinfónico.

El Son se ha hecho ecuménico, más de lo que podamos imaginar en nuestro país. Desde luego, estamos hablando del Son cubano que abarca el Oriente y la capital que llamo, desde siempre: La fábrica de música.

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