Creado en: enero 17, 2024 a las 10:32 am.

«Todavía puedo pulir todos los cuentos que he escrito»

En la escritura soy perfeccionista, dice María Elena Llana Foto: Dunia Álvarez Palacios

Por Madeleine Sautié

La sensación de estar escuchando una novela real es la que me acompañó durante las casi dos horas de charla con María Elena Llana, escritora que acaba de merecer el Premio Nacional de Literatura 2023.

Los gestos, la emoción, el tono afanoso que pone en la voz al contar la anécdota, resultan acabadas acotaciones en cada historia que cuenta. Cada historia, sí, porque de toda idea nace alguna, como si fueran capítulos de su fecunda existencia.

Dueña de una narrativa insoslayable en el catálogo de la literatura cubana contemporánea, la Llana seduce e invita. Si bien «en todos mis cuentos hay elementos autobiográficos», oírla narrar sus vivencias, hilvanadas con perfección a sus ya cercanos 88 años, es un convite a leerla, con la confianza de que será de nuestro agrado. 

Nos espera con sus 15 libros afuera, separados de entre sus papeles «que reviso para quedarme con los más importantes, pero no lo logro, porque me cuesta desecharlos. Un profesor de Literatura me dijo una vez que no botara nada de lo que escribiera», dice.

Saltan a la vista las cuatro ediciones de Casas del Vedado (Premio de la Crítica), junto al resto de los otros no menos valiosos textos. 

«Publiqué mi primer libro, La reja, en 1965. Pero la escritura llegó desde que era pequeña. Lo primero que hice fue pintar. Yo era una niña muy solitaria y muy sobreprotegida. Mi soledad me llevó por ese camino. Me volví una lectora desenfrenada y muy pronto empecé a escribir. Hacía poesía. (Por cierto, tengo un libro distinguido con una Mención de la Uneac.) Escribía y escribía, pero no enseñaba mis escritos. A los 13 años escribí una novela, que leían mis compañeras de estudio, a escondidas. No terminé el bachillerato porque padecía un asma terrible. A la Escuela Profesional de Periodismo Manuel Márquez Sterling se podía entrar por examen. Lo hice. Y porque me gustaba escribir, fue que lo estudié».

De La reja es Nosotras. Le brillan los ojos cuando habla de cómo nació ese cuento, que se estudia hoy –junto con otros de Casas del Vedado– en universidades de Estados Unidos. «Fue un reto. Quise demostrarle a alguien que lo puso en duda que podía ser muy imaginativa», confiesa. En Nosotras, una mujer habla por teléfono consigo misma, con esa voz «que llega extrañamente lisa, extrañamente familiar». A partir de ahí «intuí todo lo que yo podía hacer».

–¿Cómo nace Casas del Vedado?

–Son 11 relatos escritos en la soledad, y sin esperanza de publicarlos. Yo trabajaba como periodista y, naturalmente, reportaba sobre los sucesos del país. Pero mi pasión por la ficción me llamaba, y me dije: «Yo voy a escribir de lo que quiero». Escribí Claudina, que era una profesora fantasma. Había una realidad que no se estaba reflejando, y era la burguesía derrotada, tras la Revolución. Los veía como los que no se fueron, pero tampoco se quedaron, sino que vivían en otro mundo. El libro no los glorifica, pero tampoco los zahiere. Tiempo después, Alberto Batista, quien era el jefe de Redacción de Letras Cubanas, leyó tres de esos cuentos. Me preguntó, entusiasmado, si lo demás que tenía escrito era como eso. Y se publicó el libro en 1983.

 El quehacer de esta dama trasciende la autoría de libros tales como ese, por el que tanto se le conoce. Medios como Revolución, Prensa Latina y Palante, por solo citar algunos, han contado con su historial periodístico, y en la Radio ha defendido, en su condición de guionista y directora, programas estelares por los que ha recibido reconocimientos. Importantes adaptaciones de obras universales llevan la firma de esta autora, quien ha desempeñado la docencia en Cuba y en el extranjero. «En Angola  fui profesora de Periodismo, y traje mi medalla». Para los niños también ha escrito. Sueños, sustos y sorpresas, con sello de Gente Nueva, es una obra exquisita, para los pequeños. 

–¿En qué circunstancias escribe?

–Antes escribía como en la redacción de un periódico, donde casi nunca hay tranquilidad, atendiendo a los niños, la casa. A veces en la madrugada… pero tengo que escribir.

–¿Qué puede asustar a María Elena?

–Yo creo que nada.

–¿Y cuáles sueños quedan? ¿Espera sorpresas?

–Tengo ya más recuerdos que sueños. ¿Sorpresas? Este premio lo ha sido y ha sido una constatación, la de la alegría que percibo en los que me han felicitado.

–¿Cuál es el libro suyo que no se ha escrito?

–Hay uno entregado, Cuentos de viejos, que aún no ha salido. Quedan cosas que se pueden publicar. Yo narraría mis historias de vida, del periodismo, mis batallas contra los antifeministas.

–¿Fue feminista desde muy joven?

–No, yo creo que ya nací así.

–¿Cuál es el cristal por el que prefiere mirar?

–Por el que me muestre la realidad inmediata. Ante las cosas, yo me sitúo, para que nadie me haga el cuento.

Temas de conversación hay para todo el día. Cuesta ir cerrando un tiempo que deja ver tanta agudeza, mezclada con un fino humor, una chispa que contagia el espíritu,  una sinceridad, no solo literaria, que la hace siempre nueva.

«En los buenos momentos y en los bajones emocionales, siempre he escrito. Mi refugio ha sido escribir. Hay que hacerlo siempre que una idea se nos antoje. Es una necesidad. En la escritura soy perfeccionista. A estas alturas de mi vida, todavía puedo pulir todos los cuentos que he escrito».

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