Creado en: febrero 19, 2024 a las 06:35 am.

Todo por culpa de la luz

Por Yeilén Delgado Calvo

Hace frío, aunque el sol agriete los labios. Las aguas blancas y azules son una inmensidad ruidosa. Los pelícanos se tiran en picada, como suicidas. El viento lleva y trae la arena, que se pega en el cuerpo. Hay una belleza desolada y exultante en este paisaje de diciembre.

Entonces, leer Chérie es como si su autora, Dazra Novak (La Habana,1978) hubiese puesto palabras para nuestra orilla y los sentimientos que despierta: “¿Acaso no es una fiera el amor? Sí, el amor es una fiera de dientes afilados que te consume en un abrir y cerrar de ojos. No deja nada de ti. Cuando te vienes a dar cuenta el amor no te ha dejado invicto ni tu propio nombre. ¿Cómo te llamas? ¿Quién eres? Ni tú misma lo sabes”.

Es imposible culpar al azar, porque tal y como se lee en las páginas de esta novela, Premio Ítalo Calvino 2020, “en realidad la casualidad no existe”.

La vida de la pintora cubana Rocío García es apenas un cristal que la autora pone entre nosotros y la realidad, para que nos interroguemos sobre nuestras felicidades, deseos, nuestros síes y noes, las máscaras que aceptamos, el precio que estamos dispuestos a pagar por lo ofrecido, la sinceridad con que vivimos madrugadas y anhelos.

Leemos:  “Pintar el mar es un ejercicio de resistencia, por la incansable repetición de tonos más suaves y más oscuros de un mismo color. Todo por culpa de la luz, que se hunde más en ciertos rincones despreciando otros. Y todo por culpa de la luz. Todo”.

Chérie (Ediciones Unión, 2023) es un libro luminoso; Roberto Méndez ha remarcado su insólita exquisitez, y es cierta. Dazra ha tejido una historia donde hechos y reflexiones se imbrican perfectamente, sin que se note costura alguna.

La poesía nace de situaciones y palabras, mientras seguimos desde su niñez a una mujer marcada por ese don de ver la belleza, el aura que esplende por sobre nosotros, y que puede ser tanto regalo como maldición. Bienaventurados los diferentes.

“El ser humano no tiene género ni nacionalidad, tiene deseos”: Rocío descubre que el cuerpo es un destino, un miedo y una euforia, que las casas tienen alma, que irse es una forma de regresar; y la seguimos de la Calzada de Jesús del Monte, al Vedado, al océano Atlántico, a Leningrado, de vuelta a Cuba, y a muchas otras partes; pero, siempre y sobre todo, hacia sí misma.

Si esta es una novela que de seguro todo lector sensible experimentará agradecido, quien tenga además una inclinación por el arte en cualquiera de sus formas la vivirá como un diálogo incesante sobre la condición artística.

“El sentimiento que inunda un segundo de la vida, una escena, vale más que cualquier otra cosa, que cualquier convicción o ganancia material. Eso era la vida, a fin de cuentas, y eso era el arte”.

Una manera de entender la existencia desde la levedad, a pesar de todos los dolores -“detrás de las múltiples lecturas de un cuadro a veces se esconden las muchas maneras de llorar”-, se construye en estas páginas, haciéndole justicia a sus propias sentencias: “En un trozo de papel cabe el destino entero si se lleva el ritmo justo. Con un trozo de papel y palabras sinceras todo puede acabarse, o empezar”.

Rocío “pintaba para expresar lo que no podía ser dicho de otro modo”, quizá para eso escribe Dazra, y otros leemos esta inmersión suya en la pintura como hecho poético, como forma de ser y vivir.

Mientras olas y nubes se confunden, y el aire salado arremolina ropas, cabellos y pensamientos, Chérie nos recuerda que es “un juego ir por el mundo con ese afán de acapararlo, hacer uso de él hasta sus últimas consecuencias”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *