Creado en: junio 30, 2021 a las 11:54 am.

Trascendentes momentos de una casa

Rara vez una casa acoge a tantas estrellas. Es la suerte que le ha tocado a la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en el Vedado habanero: reunir a destacados artistas e intelectuales provenientes de diversas partes del mundo, en distintas épocas y con los más disímiles propósitos.  El hecho es que han estado aquí, han recorrido estos pasillos,  su voz ha estremecido estos salones, sus pláticas amistosas o polémicas han tenido como cómplices a estos bancos de la casona número 351, ubicada en la intersección de las calles 17 y H.

En los inicios de la organización, fundada el 22 de agosto de 1961 por el Poeta Nacional, Nicolás Guillén, se congregaban creadores de la talla de Pablo Armando Fernández, Lisandro Otero, José Antonio Portuondo, Ángel Augier, Alejo Carpentier, Juan Marinello, Armando Hart…

Uno de los fundadores de la Uneac, Roberto Fernández Retamar, comentó en una entrevista que a su juicio, en esos primeros años, sobresalió la labor desempeñada por la Unión:

“Se creó una editorial, la editorial Unión, que hoy en día ha publicado muchísimos libros, centenares de títulos; se creó una publicación periódica, La Gaceta de Cuba y una revista, Unión […] En ambas, Nicolás desempeñaba un papel fundamental, pero sobre todo en La Gaceta de Cuba. Nicolás era un periodista magnífico, además un magnífico poeta, y Lisandro lo acompañaba sobre todo en la Gaceta, mientras yo lo hacía sobre todo en la revista Unión, que tenía como director a Nicolás”.

El reconocido poeta refiere que, entre los recuerdos relevantes de esa época, lo sucedido en la casa, el 22 de octubre de 1962:

“Desde la casa de las Américas fui a la Unión, donde estaban reunidos Nicolás y otros compañeros, y decidimos crear un taller para crear obras emergentes en relación con la Crisis de Octubre. Como se sabe, fueron días extremadamente tensos, el mundo estuvo al borde de una conflagración mundial que hubiera quizás terminado con el homo sapiens sobre el planeta, y en ese taller se produjeron poemas que se publicaban inmediatamente, al otro día. […] Hay que decir, por lo que yo recuerdo, que los poemas no eran muy buenos y creo que tampoco los afiches, no era la calidad lo que primaba, sino la urgencia de preparar materiales para la ocasión. Ese es seguramente el momento más tenso que vivió el país.”

Mientras, la intelectual cubana Graziella Pogolotti destaca sobre la etapa fundacional de la Uneac:

“Lilia Esteban recordaba haber visto bailar en un festejo a la singular pareja formada por Amelia Peláez y Eduardo Abela, ambos regordetes y de baja estatura. Junto a Nicolás Guillén, instalado en una presidencia cordial, Roberto Fernández Retamar y Lisandro Otero se ocupaban de las publicaciones en las cuales Fayad Jamís asumía el diseño gráfico”.

Y más adelante,  en ese mismo artículo, desteje otra de sus remembranzas:

“Bajo el calor aplastante de las tres de la tarde, la enorme humanidad de Lezama se aposentaba ante una mesita de la apacible cafetería para degustar un plato de langosta. Alguna vez me senté a su lado con el propósito de disfrutar su prodigiosa cascada verbal inspirada en los colores y sabores del marisco”.

A lo largo de estos 60 años de acoger a la vanguardia artística cubana, la casona ha sido escenario de transcendentales momentos.