Creado en: marzo 10, 2024 a las 01:45 pm.

Artemisa toda de feria

Doce veces Artemisa ha vivido la experiencia de la Feria del Libro. Doce veces la fiesta de las letras, de los textos, de los lectores y escritores se apoderó de la ciudad capital en esta provincia y llegó hasta los municipios. Cada año se vuelve más complicado colocar títulos en formato impreso en las carpas. Sin embargo, cada año me parece más coherente la organización del evento. Uno tiene la apreciación de que los diferentes espacios que se conciben son tomos de una misma historia.

Rubén Martínez Villena es el nombre de la sala principal, radicada en la Biblioteca Provincial Ciro Redondo García que celebra este año su aniversario 60. Paneles, homenajes, conferencias, encuentros, presentaciones de los libros digitales que hermanan a la editorial Unicornio con Cubaliteraria. No podía tener otro nombre este recinto que el del poeta insigne de Artemisa. Con el párpado abierto vela Rubén porque el evento transcurra bien y los artemiseños tengan una feria como la que merecen.

El patio de la Uneac es otro espacio de magia. Su galería, la premiación de concursos, las presentaciones de Yawar, de la rumba auspiciada por la Comisión Aponte, la Cofradía convocando a los jóvenes, la peña Cantapalabra. La vanguardia literaria y artística convoca a la excelencia, consiente a sus miembros, aúna a la intelectualidad a las puertas de un congreso.

El Cine Teatro Juárez se inserta asimismo en la feria. Desde el acogedor lobby de la institución que exhibe exposiciones, presentaciones de títulos infantiles, hasta el interior que es sede de la inauguración del evento, las muestras cinematográficas, los espectáculos de las artes escénicas.

El parque Libertad no puede quedar fuera porque le corresponde hacer honor a su nombre, encarnar la máxima de que ser cultos es en único modo de ser libres y la banda de concierto muncipal, el espectáculo de la Compañía de Títeres Los Cuenteros, los conciertos, el Festival del Danzón, la expoventa de nuestros artesanos… Todo conspira para ese ajetreo que se mezcla con la gastronomía e imprime aires de fiesta.

La pizzería O sole mío se vuelve gran librería, el Álbum Kafé Parque Central de la Egrem se transforma en la sede de tertulias, cafés literarios, peñas y encuentros entre colegas para tasar la salud de la literatura en la Villa Roja de Occidente.

El emblemático Hotel Campoamor, donde una vez pernoctaron los premios Nobel de literatura Pablo Neruda, Ernest Hemingway, Gabriela Mistral y Miguel Ángel Asturias, acoge esta vez a los poetas, los proyectos, propuestas literarias y lecturas de obras, como si nos dijera a todos que la tradición continúa y que pese de las limitaciones materiales para darle a la instalación el brillo que merece, la industria cultural artemiseña late discreta y está lista para tiempos mejores.

La Casa de la música, el consejo popular El Chalet, la biblioteca Antonio Maceo de Bauta, la tabaquería Villamil, las carpas de la Asociación Nacional de Ciegos, la Unión de Informáticos de Cuba, las Tiendas Recaudadoras de Divisas, el Fondo Cubano de Bienes Culturales, la Emisora Provincial Radio Artemisa. Todo aporta a esta fiesta donde las voluntades superan las carencias. Donde el pueblo dispone de ofertas hechas, sobre todo, con el corazón de directivos de la cultura, escritores y artistas que conocen el poder de este encuentro.

La narradora y promotora cultural Olga Montes Barrios y el escritor y pedagogo Oscar Rodríguez Díaz son los agasajados y su impronta, su obra, su huella en los lectores de Artemisa están diseminadas por todos los espacios. Es una suerte de reunión familiar en la que creadores y lectores se encuentran y celebran otro año de entrega, de trabajo responsable, de talento y mutuo respaldo.

No podemos saber a ciencia cierta lo que ocurre en el escenario digital. Pero el espacio real, el físico, se crece en Artemisa. La propuesta se supera con los años. Hay coherencia y espacios para grandes, pequeños, amantes de la tecnología, invidentes, ancianos, poetas, narradores, conocedores de la historia…

Doce es un número sagrado, apostólico. Me detengo en medio de la ciudad y contemplo el ajetreo a mi alrededor con la certeza de que el año que viene tendrá que ser aún mejor. Veo a una niña pasar con un libro de Dulce María Loynaz entre las manos, a un anciano que en un banco disfruta de la poesía completa de Alberto Rodríguez Tosca y se me antoja una confirmación. Digo muy bajo, por eso de que hay quienes asocian a los escritores y a los locos: Que así sea.

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