Creado en: noviembre 12, 2021 a las 10:55 am.

Un Shakespeare juvenil y un cerco cercano

Por: Frank Padrón

Estreno: el work in progress Como gustéis, de William Shakespeare, tesis de graduación de los alumnos de la Escuela Nacional de Arte (ENA). Autor: Enrique González Díaz

Después de sumirse en el letargo de año y medio, tras una breve pausa en diciembre y pocas funciones, los telones de las salas teatrales han vuelto a alzarse, si bien el grueso del Festival, en esta edición de 2021 que acaba de concluir —y por esas misteriosas razones coincide con el número de la terrible COVID-19, siguió siendo virtual y televisivo, lo cual sumó un total de diez obras cubanas y 22 internacionales (14 destinadas a adultos y el resto infantiles o para toda la familia).

Como la mayoría de la selección nacional ha sido comentada por el crítico desde estas páginas, nos referiremos solo al estreno: el work in progress Como gustéis, de William Shakespeare, tesis de graduación de los alumnos de la Escuela Nacional de Arte (ENA), que abrió el evento y convocó a los espectadores a la sala Trianón, sede de la compañía Teatro El Público, cuyo director Carlos Díaz lo fue también de modo general de la puesta, que contó con la guía del actor Fernando Hechavarría  (profesor de Actuación) y de Ana Rojas (colega suya en Voz y dicción).

Escrita probablemente entre 1599 y 1623, en cinco actos y alternando verso/prosa, el «cisne de Avon», quien aunque muchos no sepan o quieran reconocer, fue pionero en la hoy tan recurrente intertextualidad, partió aquí de una novela escrita por su coetáneo Thomas Lodge, a su vez derivada de un relato atribuido a un narrador del siglo XIV, Geoffrey Chaucer. De modo que, aunque no sea muy bien mirada por los puristas, esta versión de la comedia que han hecho los jóvenes recién graduados de la ENA hubiera seguramente arrancado no pocas sonrisas al mismo autor.

Usurpación de poderes, destierros, intrigas cortesanas, celos y amores cruzados, combates (lo mismo de lucha que de clases) y lazos sanguíneos que son ignorados aunque descubiertos, como en todo desenlace, dan cuerpo a esta pieza que también mezcla ambientes bucólicos y convencionalismos pastoriles de la Italia de entonces a los tejemanejes de las cortes isabelinas, dejadas atrás con el refugio de muchos de los personajes en el bosque, símbolo de la pureza y la vida natural, en esta comedia donde no hallamos ni con mucho a ese dramaturgo de grandes perfiles sicológicos y anticipaciones freudianas, pero sí a un hábil creador de un coral dramatis personae sin demasiado desarrollo, pero suficiente para armar una compleja y enrevesada trama, justamente en plan «como gustéis» de los públicos renacentistas y barrocos.

La narrativa habanera, siglo XXI, sin desdorar la esencia shakesperiana, le adiciona a la puesta, desde la perspectiva actoral, gestualidades y lenguajes de la juventud hic et nunc, sobre todo en franca burla a sectores que coquetean o se sumergen de lleno en la marginalidad y el «reparterismo»; así, obsesiones digitales propias de la generación millenium, frases y dichos con tales códigos generacionales, tipos de baile y músicas urbanas, desenfados y variadas tipologías de la diversidad sexual, se han incorporado de manera creadora e imaginativa no solo al hipotexto shakesperiano, sino a la poética de El Público ―travestismo, (inter)cambio de roles, difuminación de barreras sexuales muy a tono con la teoría queer, sátira a estereotipos culturales, acentos y tics en comunicadore(a)s, etc.

La puesta, concebida para teatro arena en el mismo escenario, permite mediante ese método una cercanía e interacción mayor con el público —aun cuando se observaron los requeridos protocolos de salud— y se proyecta como un verdadero recital de actores, pletórico de monólogos o diálogos entre dos o a lo sumo tres personajes, que justamente permite apreciar las tesituras y potencialidades de estos noveles histriones que a partir de ahora comienzan su vida activa en el arte de Tespis.

La dinámica escénica se consigue de principio a fin, acodada en un discreto, pero eficaz trabajo lumínico y una música que, identificándose con la patria del autor, deja escuchar trechos de famosas canciones escritas por Lennon y McCartney, ora del período Beatles o posterior (sugeriría también un poco de música urbana del patio, que calzaría los aludidos códigos manejados a nivel cronotópico).

Claro que en tal maratón actoral, en el que casi todos los jóvenes asumen más de un papel, se aprecian desniveles seguramente perfectibles (no olvidemos que estamos ante una «obra en construcción»), pero es innegable que descubrimos una promoción donde el talento y la sólida formación no escasean, lista para nuevos y aún mayores desafíos en la escena.

Esperemos que, ya fuera del 19no. Festival, haya nuevas temporadas para que una mayor cantidad de espectadores pueda conocerlos en su flamante graduación.

Otro tiempo/espacio que se acerca

Dentro de lo mucho y notable que el programa Teleteatro (CE) incorporó de las piezas foráneas, quiero referirme a una de las mejores y sobre todo muy representativa de las circunstancias actuales: El cerco de Leningrado, que estrenara en 1994 su autor, el célebre dramaturgo y director español José Sanchis Sinisterra, por el grupo argentino Nada porque sí.

En un teatro cerrado y a punto de demolición, las actrices Natalia y Priscila rememoran los tiempos felices, sus vidas privadas y profesionales, tan vinculadas, y la militancia de una izquierda hoy venida a menos, sugiriendo incluso que la muerte de su colega y amor compartido, quien además era el director de la obra que también presta su título a la pieza, y que ensayaban cuando este desapareció, pudo deberse tanto a enemigos políticos como a sus propios compañeros de partido.

Con ironía y a veces un sarcasmo rayano en el cinismo, Sinisterra se burla de los fundamentalismos, excesos e hipocresías de los dogmas políticos, y erige toda una «arte poética» sobre el propio teatro. De este modo, la condición metartística del discurso no riñe con su tono satírico, incluyendo las rivalidades entre las colegas, los entretelones del teatro, y la angustia por las amenazas que también lo cercan, tanto como a la ciudad rusa a que alude el texto referencial: cierre, despidos, desempleo, algo que la pandemia aún circundante ha propiciado también de modo internacional.

La habilidad y sapiencia del escritor para urdir un relato de tantos enveses, guiños y texturas (artísticas, políticas, ontológicas) encuentra una admirable concreción en la puesta a cargo del director general del grupo, Rubén Pagura Alegría, y las excepcionales actrices Inés Segovia y Florencia Pilotti, apoyados en un equipo de profesionales que mediante sus respectivos trabajos (iluminación, vestuario, ambientación, sonido y escenografía…), logran armar una de esas puestas que dejaron muy en alto la curadoría de esta edición 19 del Festival de Teatro.

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