Creado en: julio 8, 2024 a las 10:36 am.

Adolfo Alfonso, inolvidable en su centenario

Adolfo Alfonso y Justo Vega, maestros de la décima improvisada. Foto: Felicia Hondal

Por: Madeleine Sautié

Hoy se cumplen cien años del natalicio de un hombre que falleció en 2012 y, sin embargo, vive. Los que, como él, despertaron inmensas emociones en su pueblo, regresan a la memoria con solo decirse o escucharse su apelativo.

Si alguien lo dudara, que haga la prueba y mencione, delante de los que lo conocieron, el nombre de Adolfo Alfonso, premio nacional de Música, inolvidable poeta repentista, y habitual pareja de controversia de Justo Vega. Ya le dirán que, en el recuerdo, se agolpan, a la vez, la alegría y la nostalgia, mientras que en los labios se les dibuja, sin que lo puedan evitar, una sonrisa.

Nació en Melena del Sur, y desde niño escuchaba aquellos programas radiales en los que brillaba la décima guajira, la misma que, desde que era un adolescente, terminó seduciéndolo. Haber escuchado las controversias entre Angelito Valiente y el Indio Naborí fue definitivo. Adolfo y la décima serían ya inseparables.

La emisora CMBF Radio le abrió las puertas en 1939. Trabajaría después en el programa Las Mil Diez, que dirigía Justo Vega.

Las cabinas de CMQ y Unión Radio también lo recibirían, como después lo haría la televisión, de la que fue fundador. Con el Indio Naborí compartiría escena en El Guateque de Apolonio.

Se fundaría en 1962 el icónico programa televisivo de música campesina Palmas y cañas, y en él estaría, entre lo más esperado del espacio, Adolfo Alfonso junto a su entrañable «contrincante» Justo Vega.

En la reyerta poética, Justo sería el circunspecto y comedido cantor, mientras que Adolfo se dispondría a mortificar, visiblemente divertido, con bromas y jocosidades, a su opositor, al que conseguiría sacar de paso. Aplausos acompañados de risas y expresiones de gozo tenían lugar tras cada presentación, caracterizada también por el histrionismo de los poetas.

En uno de los más recordados «enfrentamientos», Adolfo le cantó a Justo: Ya después de haber cumplido / este deber sin recelo / tengo que encenderle el pelo / a mi rival engreído. / Él pensaba, confundido, / Que ya se me iba a escapar / Pero le tengo que echar / Veneno a este comején / Porque no me siento bien / Si no lo pongo a gozar.

Justo, en su respuesta le decía: Ataca más duro, ataca / Que en el ataque mayor / Es donde más y mejor / Mi décima se destaca.

Y sí que eran brillantes los dos maestros, aunque en palabras de Adolfo, su querido y real amigo a veces se ponía bravo de verdad.

A mi abuelo lo vi llorar de admiración ante aquellas controversias que, como los chispazos del intelecto que son, dejaban boquiabiertos al público presente, al que las escuchaba por la radio o frente al televisor.

–Vive eso, niña– me decía; y lo viví. Hoy sé que la décima ocupa un alto sitial en la cultura cubana. Y sé que conmigo muchos cubanos comparten estimaciones parecidas.

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