Creado en: septiembre 23, 2021 a las 08:03 am.

(Dis)tensiones del paradigma: matiz carcelario en Espejo de paciencia

la norma deja un rastro, a veces continuo, a veces discreto,

que, junto al canon, conforma la producción literaria de una región, de una época.

Una parte de ese rastro constituye un área de conflicto con la norma,

un foco de tensión que pone en crisis los prepuestos normativos del canon

y su tendencia al equilibrio.

Raydel Araoz

Espejo de paciencia es considerada la primera obra literaria cubana. Valorado como un texto de carácter épico, este extenso poema fue escrito en 1608, por el escribano del cabildo Silvestre de Balboa Troya Quesada (Las Palmas de Gran Canaria 1563Sta. María del Puerto del Príncipe[1],1644), y narra un hecho verídico que tuvo lugar en el puerto de Manzanillo en 1604, cuando el corsario francés Gilberto Girón secuestró y puso en prisión al Obispo Don Juan de las Cabezas Altamirano, con el propósito de hacer pagar a la villa por su rescate. También relata la acción de los vecinos de Bayamo, quienes pactaron atacar al corsario cuando se llevase a cabo el intercambio, y la brutal lucha en la que los bandidos son derrotados y su cabecilla pierde la vida a manos de un negro esclavo.

Justamente, por el tema y la intención con que fue escrito, llama nuestra atención el capítulo Canto Primero. Como habíamos dicho al inicio, Espejo de paciencia ha sido —y es— considerado un poema épico, sin embargo, en Canto Primero su autor se centra más en la prisión que sufre este Obispo de manos del corsario Gilberto Girón, que en las proezas llevadas a cabo por el pueblo para rescatar al acólito, relatadas de forma prolija en el Canto Segundo. Esta afirmación es posible constatarla en los primeros versos de este capítulo:

Celebren otros la prisión y el llanto[2]

De Angélica y el Orco enamorado:

Que yo en mis versos sólo escribo y canto

La prisión de un Obispo consagrado,

Tan justo, tan benévolo y tan quisto,

Que debe ser el sucesor de Cristo.

La lectura de estos versos iniciales nos permite una mirada novedosa y, así mismo, una manera de traer al presente el legado de Balboa, con una perspectiva fresca y reveladora. Si tomamos en cuenta la intención del autor a la hora de llevar a cabo el acto de la escritura, y el tema tratado en este Canto Primero, podríamos aseverar que el mismo guarda una irrefutable esencia carcelaria. El escritor ha tomado como incentivo para su obra a un recluso: el preso es el referente poético, la espina dorsal que sostiene el discurso lírico. Hay, además, una evidente intención de reproche, de queja hacia lo que se considera injusto, sobre todo, porque en este texto el cautivo no es un sujeto común, sino un Obispo, representante de Dios en la tierra, y esto hace que se tensione mucho más el hecho que se narra. Aquello que el autor juzga como indigno o abusivo se torna abismal, y adquiere mayor peso ante la condición religiosa del condenado. De esta misma manera, la protesta asume una connotación también más conmovedora:

Y mandándole a voces don Gilberto

Que se rindiese al fin sin más porfías,

Se dio a prisión, sin duda el peor estado

A que puede llegar un hombre honrado.

***

Ahora es tiempo que me vayas dando,

Musa, una vena muy copiosa y larga,

Para que pueda celebrar llorando

Del buen Obispo la prisión amarga.

No se hubo dado a las prisiones, cuando

Aquella gente de conciencia larga,

Las manos maniató al pastor doliente,

Y él las cruzó, por ser más obediente.

*** 

De esta manera le llevaron preso,

Cual si fuera culpado delincuente;

Y jugando con él al poco seso,

No faltó quien le diese a manteniente.

Cansado iba el pastor; mas no por eso

A piedad se movió la mala gente;

Que un obstinado corazón sin freno

Pocas veces se inclina a lo que es bueno.

El preso es aquel a quien se ha privado de su libertad y ha perdido el arbitrio: sus actos están encadenados por la autoridad de otros que pueden controlar y disponer de su tiempo. Es un ser sometido. Partiendo de estas conjeturas y, al leer los versos anteriores, es notable la manera en que el autor hace énfasis en el sometimiento del reo, el cual resulta sobrecogedor, casi opresivo, pues es una condición que en este hombre se acentúa por su credo religioso (téngase en cuenta que un Obispo es un hombre entregado a Dios, y a él le debe obediencia y devoción), y conjuntamente por su estado de recluso. En una entrevista realizada a José Miguel Bracero Carretero, uno de los sacerdotes ordenados en la diócesis de Córdoba, este expresó lo siguiente:

«Lo que más define al sacerdote es su entrega y fidelidad a Cristo, al Evangelio y a las almas que le sean encomendadas, especialmente las más necesitadas. Debe ser un “hombre de Dios”, entendido como hombre de oración, con una vida espiritual intensa integrada en la vida de acción en el mundo, pero alejado de las tentaciones de la mundanidad y la mediocridad o la tibieza. Sentirse alegres pese a las dificultades por llevar la Buena Nueva a nuestro alrededor y ser ejemplo de persona de fe, entregada a su ministerio, y siempre disponible para los que puedan necesitarnos en todo momento. No tener un horario, nuestra vida debe ser una vida de sacrificio ofrecida a Dios por los demás, siendo pacientes con los más alejados, caritativos con los más pobres, firmes en la fe y perseverantes en la oración.»[3]

Nótese cómo en las propias palabras de este Sacerdote puede evidenciarse un acto consiente de sumisión, que deviene de la entrega a la fe y al servicio de Dios. Su conducta y pensamiento están regidos por la palabra y ordenanza de Jehová, no para él mismo, sino para y por los demás. Se trata, entonces, de una circunstancia que en este poema denota un doble sometimiento: la voluntad, el tiempo y el imaginario de este Sacerdote que ya se encontraban subordinados —aunque de manera consiente— al servicio del Todo Poderoso, ahora son arbitrariamente anulados por un encarcelamiento ajeno a su aquiescencia.  

El lamento y el ruego a Dios en estos versos vienen a ser una representación o testimonio de la angustia del cautivo. Estas quejas y súplicas son referenciadas por la voz que narra los sucesos y, mediante una muda del sujeto lírico, se reafirma el padecimiento y la sumisión desde la propia voz del penado, lo cual le otorga una verosimilitud y un peso emocional contundente:

«Y como a Paulo de la mar libraste,

Y a Pedro, mi pastor, de la cadena,

Y a Loth, pues de Sodoma le sacaste,

Y al profeta Jonás de la Ballena,

Te pido por las penas que pasaste

Me libres hoy de esta prisión y pena,

Pues un pastor para tu iglesia cobras;

Que el verdadero amor se ve en las obras.

«Pero si tu piedad quiere y consiente

Que tenga esta prisión por beneficio,

A todo estoy sujeto y obediente

Y como Isaac humilde al sacrificio.

(…)».

Luego, en los versos finales de la estrofa anterior, puede advertirse en el ruego del cautivo un sentimiento de pérdida, de nostalgia por aquello que, al ser puesto tras las rejas, le ha sido negado. La esposa y el trabajo vienen a ser parte de una realidad preterida que ahora contrasta con su nueva condición:

«(…)

Mas acordaos, Señor, que estoy ausente

De la Iglesia, mi esposa, y que mi oficio

Es enmendar, cual veis, faltas y sobras;

Y el verdadero amor se ve en las obras».

En estos versos el Obispo le implora a Dios impelido no solo por aquello que se le ha arrancado, sino también por la erosión espiritual/emocional que comienza a padecer en el espacio de la cárcel. En su propia voz podemos leer que “su oficio es enmendar faltas y sobras”, y este hecho subraya el conflicto que se genera entre su moral religiosa y su status de reo: ambas condiciones convergen en un mismo sujeto y comienzan a inyectar dosis de incertidumbre, miedo y de vergüenza, ya que para este Obispo —ejemplo digno de comportamiento— es realmente aplastante el encontrarse preso como cualquier delincuente. La prisión es un espacio punitivo, cuyo objeto social es corregir la conducta desviada; sin embargo, más allá de esto, se trata de un sistema de leyes que no deja de lacerar la esfera afectiva/emocional del recluso, al margen de la causa y tipo de sentencia. Todo esto obliga a reparar en la divergencia que se genera entre la inutilidad del inculpado y el poder del opresor. Esta manera de resaltar las realidades tan desalentadoras del penitente, trae consigo una propensión de victimizar y —quizás— de convertir en héroe a aquel a quien se la imputado una condena injustamente. Se pretende, tal vez motivado por una profunda admiración y/o compasión, inmortalizar en la memoria o en la historia al individuo que se juzga inocente.

Para visualizar/comprender con mayor alcance los presupuestos antes mencionados, detengámonos en el libro Diez sonetos a Cristo, de Dulce María Loynaz. En este cuaderno se discurre sobre la vida de Jesús Cristo —desde su nacimiento hasta su muerte y resurrección— quien no solo fue un líder religioso, sino también popular, que fue arrestado, encarcelado, juzgado y sentenciado a la crucifixión. Desde nuestro criterio y atendiendo a la historia narrada en la Biblia, es en los sonetos La corona de espinas y Al calvario,donde la autora maneja algunos símbolos que aluden a la condición de reo de Jesús:

Su pálida cabeza que reposa

sobre el pecho, inclinada tristemente,

ostenta, entre la nieve de la frente,

la corona de espinas dolorosa.

(Fragmento del soneto «La corona de espinas»)[4]

*** 

va Cristo entre la turba delirante

que presa de un furor arrebatado

viéndole tan humilde y resignado

llega a escupir su pálido semblante.

¡Ay! no es la cruz que como dura prueba

sobre los hombros desgarrados lleva

la que combate su resignación.

¡Aún es más cruel su dolorosa carga,

que es otra cruz la que su paso amarga:

¡la cruz que lleva sobre el corazón!

(Fragmento del soneto «Al calvario»)[5]

Si repasamos los versículos bíblicos donde se narra el arresto, el juicio y la muerte de Jesús[6], son la corona de espinas y la cruz que es llevada sobre los hombros, parte de su condena, luego de que fuera sometido a juicio y, en los poemas de Loynaz, pueden ser entendidas como una alegoría a estos pasajes, a su status de hombre preso, sin voluntad, sometido a una sentencia de la que no consigue escapar. En estos versos es posible advertir un sometimiento que es asumido con resignación en lo corpóreo y en lo emocional. Sin embargo, estas alegorías no son manejadas desde lo carcelario, no se percibe a Jesús como un reo, ni es esta la motivación que ha provocado la escritura de estos poemas: es otra la visión de la autora con relación al sujeto del que diserta. Entonces, tomando como premisas el tema y la finalidad de la escritura, es dable comprender que entre estos dos poemarios hay un distanciamiento, pues, aunque en ambos cuadernos resulta evidente la confluencia de haberse escrito sobre individuos que han estado en igualdad de condiciones, ya sea en lo concerniente a circunstancias religiosas, como a situaciones de encarcelamiento, a estos los aleja el enfoque hacia el personaje principal de la historia y el propósito escritural.

Siendo que Espejo de paciencia es la primera obra literaria en Cuba, asimilada como paradigma del género de la Épica, resulta en extremo atrayente el tratamiento del asunto carcelario en este poema —nunca antes atribuido al mismo— pues esto pone en tensión los estudios anteriores al mismo, ya que es un hecho de que el tema en cuestión es aún un argumento poco tratado, no asumido por el canon, aun en sus tendencias más contemporáneas en la Isla. Lo carcelario, ahora presente desde el inicio de la literatura cubana, viene a ser un nuevo sendero que incita a continuar escudriñando hasta ver cuán lejos nos puede llevar. Si bien hemos podido encontrar autores que han manejado esta temática, no ha sido con libros que de manera íntegra la han asumido —salvo algunos casos como Poemas de la mujer del preso, de Emma Pérez Téllez, Los Apriscos del alba, de Roberto de Jesús Quiñones, y Mujer en Gris, de Marcia Jiménez Arce, por ejemplo) ni mucho menos de manera constante a lo largo de su trabajo escritural. 

Este examen a Espejo de paciencia, nos trae nuevas y atractivas lecturas, significados y posibilidades de otros acercamientos a un texto de altísimo valor, que ahora van más allá de lo histórico y antropológico por su tratamiento de la historia y lo cubano en sus versos, y obliga a repensar en otras interpretaciones, así como en esos códigos que su autor ha utilizado en su escritura de manera consiente, intencional, y que han sido ignorados o minimizados, en aproximaciones anteriores a esta piedra angular de la literatura cubana.


[1] Actual provincia de Camagüey.

[2] Romero, Cira: Espejo de paciencia, de Silvestre de Balboa. Editorial Letras Cubanas, 2008.

[3] Cfr. Lo que más define al sacerdote es su entrega y fidelidad a Cristo. Entrevista a José Miguel Bracero Carretero que será ordenado diácono en la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Diócesis de Córdoba; diciembre, 2017: (https://www.diocesisdecordoba.com/noticias/lo-que-mas-define-al-sacerdote-es-su-entrega-y-fidelidad-a-cristo).

[4] Cfr. Loynaz, Dulce María: Poesía. Editorial Letras Cubanas, 2002; p. 271.

[5] Ibídem; p. 272.

[6] Cfr. Santa Biblia. Antiguo y Nuevo Testamento, Revisión de 1960: San Mateo, Capítulos 26:47 al 28:15, pp. 764-767.

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