Creado en: mayo 28, 2022 a las 07:48 am.
Nueva temporada de Acosta Danza en el Teatro Nacional de Cuba

La emblemática compañía Acosta Danza, que dirige el primer bailarín y coreógrafo Carlos Acosta, Premio Nacional de Danza, lleva a la sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba, durante dos fines de semana, el espectáculo Juventud en el Nacional.
Dichas funciones tendrán como principal atractivo la actuación de la nueva promoción de bailarines, quienes ya integran el elenco artístico de la compañía.
Los jóvenes, graduados de la Academia Acosta Danza, son los máximos responsables del programa, integrado por las obras Paysage, soudain, la nuit, con coreografía del artista sueco Pontus Lidberg y música de los maestros Leo Brouwer y Stefan Levin, así como La muerte de dos cisnes, dueto inspirado en la mítica obra del maestro Mijaíl Fokín, a partir de la música del compositor francés Camille Saint-Saëns.
Incluye, además, Huella, solo del bailarín y coreógrafo Héctor Rodríguez, estudiante de la Academia Acosta Danza, y el dúo Nosotros, de Beatriz García y Raúl Reinoso, con música del maestro José («Pepe») Gavilondo. Cierra el espectáculo la obra Satori, laureada creación coreográfica de Raúl Reinoso.

Ver bailar a los jóvenes egresados de la Academia Acosta Danza, convertidos en verdaderos profesionales de esa disciplina artística, deviene una caricia al intelecto y el espíritu humanos, porque esos muchachos supieron «aprehender», interiorizar e incorporar a su estilo los principios fundamentales, así como los indicadores teórico-conceptuales, metodológicos y prácticos, en que se estructura el arte danzario en general, y la danza clásica y contemporánea en particular.
Por otra parte, descubrieron en los maestros, y sobre todo en Carlos Acosta, tanto en las clases, como en la barra, en los ensayos, y fuera de esos contextos docente-educativos, los valores éticos, estético-artísticos, humanos y espirituales que distinguen a un bailarín signado por la integralidad e integridad.
Los noveles artistas están conscientes de que bailar no es solo alcanzar el anhelado virtuosismo técnico-interpretativo, sino también intelectualizar y espiritualizar los movimientos corporales en que se sustentan la danza clásica y la danza contemporánea. En la primera hay que convertir los recursos físicos, que —sin duda alguna— dominan con elegancia y precisión casi matemática, en emociones, sentimientos u otros estados subjetivos del yo. En la segunda, esos componentes esenciales de la esfera afectivo-espiritual de la personalidad se tornan movimientos corporales, caracterizados fundamentalmente por la «sensualidad tropical» que identifica a ese mestizo único e irrepetible que vive, ama, crea y sueña en nuestra exuberante geografía insular, donde se nutre del «ajiaco multi-étnico-cultural» que, al decir del doctor Eusebio Leal Spengler (1942-2020), eterno Historiador de La Habana, «nos define como nación y pueblo».
Por último, no me asiste la más mínima duda de que los nuevos integrantes de Acosta Danza salieron airosos de esa «prueba de fuego». Las calurosas ovaciones del auditorio confirman con creces mi valoración crítica, sesgada –no lo niego— por la admiración y el respeto que me inspira la fecunda leyenda artístico-profesional y personal escrita por Carlos Acosta, verdadero «Príncipe de la Cubanía».