Creado en: octubre 1, 2021 a las 06:14 am.

Permanencia y fulgor de Servando

Foto: Rosario, obra de Servando Cabrera Moreno.

La pintura de Servando Cabrera Moreno posee la extraordinaria cualidad de permanecer en la memoria más allá del instante de su apreciación. Ante un cuadro o un dibujo, sobre todo en la producción posterior a 1960, el espectador cubano, sea entendido o no, quizá sin darse cuenta, procesa figuras y conjuntos, atmósferas y transparencias, y las hace suyas, incorporándolas para siempre no solo a su experiencia sensorial, sino a un modo de asumir la identidad.

Así nos llega intacto y fulgurante el legado de Servando 40 años después de su muerte el 30 de septiembre de 1981 en La Habana, ciudad en la que había nacido el 28 de mayo de 1923.

Situar 1960 como una especie de parteaguas en la obra de Servando no es algo casual. Formado en San Alejandro, con estudios posteriores en Nueva York y estancias fecundas en España y Francia, hasta ese momento, luego de una etapa de riguroso ejercicio académico, se inclinaba hacia el abstraccionismo.

La transformación radical de la realidad cubana que sucedió al triunfo revolucionario orientó nuevos derroteros estéticos. Servando se propuso apresar la épica popular, la ascensión social de masas e individuos preteridos.

Lo que registró la fotografía de Korda, Corrales, Liborio y Ernesto Fernández encuentra su correlato pictórico en Servando, que marcó un hito con la exposición de 1964 en la Galería Habana, Héroes, jinetes y parejas. Posiblemente el cuadro más emblemático sea Milicias campesinas, por su contundente expresividad dotada de una carga lírica muy peculiar.

Graziella Pogolotti advirtió como rasgo de la pintura servandiana, la tendencia a la monumentalidad, apreciable en esas piezas y su evolución posterior. El destaque vigoroso de la anatomía humana y la acentuación del gesto y la acción en la composición de sus figuras parecen escapar de los límites de cada obra, tanto en esa etapa como en las que fue trabajando con el paso de los años, en los que pintó con intensidad.

En esa ruta legó figuras icónicas en la visualidad cubana contemporánea, díganse las habaneras y los guajiros, depositarios de líneas depuradas y trazos en los que se respira el talante de tantísimos compatriotas.

Fueron años, los 70, en que se empleó a fondo en desplegar una imaginería erótica y homoerótica de altísimos valores pictóricos, de las que nos privamos en su momento debido al conservadurismo y la pacatería de algunos funcionarios al frente de instituciones culturales.

El tiempo ha hecho justicia y esa zona de la obra de Servando ha llegado a nosotros con su enervante lozanía. Epos y Eros –atesoradas tanto en el Museo Nacional de Bellas Artes como en el Museo Biblioteca que lleva su nombre en Paseo 304– forman parte indisoluble de un arte que nos representa y nutre.

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