Creado en: enero 25, 2023 a las 06:00 am.

«Solo cosas geniales»: Una biografía contada en plural*

La más reciente edición de la Temporada Mayo Teatral va a ser recordada como una de las más arduas, en término de lo que exigió a sus organizadores y equipo gestor, a fin de llegar a hacerse una realidad en nuestras carteleras. Tras los años de suspenso en que nos hundió la pandemia, lentamente vamos recuperando no solo la confianza de los espectadores, mientras se van diluyendo las más graves estadísticas que nos impuso la Covid-19, y la vida se empeña en continuar. No sé bien cuánto demoraremos en vivir una verdadera normalidad, si eso es ya posible. Lo cierto es que el trauma del confinamiento, la existencia reducida a la pantalla de nuestros teléfonos, la falta del contacto físico directo, han dejado una huella sensible entre todas y todos. El teatro podría ayudarnos a recuperar una idea de la vida, de esa comunicación más inmediata entre la platea y el escenario, y aun más allá. El teatro, como hecho social, implica que los aplausos y los criterios que un montaje nos provoca, formen parte de un diálogo mayor, de un acto de comunidad que habrá que entender y reaprender, en cierta medida, a fin de que la recuperación de este largo y sombrío periodo, también nos incluya en una dimensión más vívida. Contar la vida desde el escenario puede ser un estímulo crucial, en este sentido. Y acaso por ello agradecí tanto, en la programación de la oncena edición de Mayo Teatral, la presencia de este espectáculo llegado desde el Perú.

Confieso que tengo que separar dos cosas antes de seguir comentando la función que presencié, en el Café Teatro Bertolt Brecht, de Solo cosas geniales. Una, el espectáculo en sí mismo, y dos, la manera en que su actriz, la excelente Norma Martínez, se las ingenió para dar curso a la representación, que ella suele hacer con muchísimos más espectadores de los que estábamos allí esa tarde. La cuestión es clara: en un momento de crisis, el evento tuvo que coexistir con falta de transporte público, con el hecho de ser el primero de su tipo que propone al público de la escena una temporada con tantas propuestas y distintos horarios, y con el lento regreso a una dinámica teatral que aún estamos empezando a experimentar. De ahí que ella tuviera que hacer un doble esfuerzo, pero vaya si valió la pena. Mis amigos del teatro peruano me dijeron: no dejes de verla. Y animado por ese consejo, allá me fui.

Lo que sucede es que Norma Martínez nos cuenta una biografía. Un juego que pone en escena recuerdos íntimos, pasajes dolorosos y felices, dudas y certidumbres. La escena desnuda, ella en el centro, su voz, y la voz de su público. Al comienzo de todo, ella nos reparte objetos, que además vienen numerados y con una línea de texto, una palabra, que debemos decir cuando ella lo reclame desde el eje de su desempeño. Dirigida por la propia Norma y Lucho Tuesta, esta biografía en plural se descompone a partir de una lista de cosas preferidas y extraordinarias que desde la niñez la protagonista, nos revela, ha ido escribiendo. Un listado que luego pasó por otras manos, que se perdió en algún pasaje de su camino, y que luego volvió cargado con las adiciones de otros que no quisieron dejar de aportar algo a esa relación de objetos, sensaciones, vivencias. Acaso sea eso este espectáculo, más que una puesta teatral: una vivencia compartida, un acto de comunión en el que, incluso, algún espectador tendrá que compartir con Norma parlamentos de una escena difícil, una de esas conversaciones con el padre que definen el dolor, la distancia, las cargas de afecto y distanciamiento que una y otra vez reaparecen en Solo cosas geniales.

El reto de esta función consistía en que los muchos objetos a repartir son habitualmente distribuidos entre una cantidad más numerosa de espectadores. Hay que decir que los asistentes nos confabulamos con Norma para ayudarla sin demasiado tropiezo, y gracias a ello, pudo desplegar su arsenal de recursos y matices, sin apelar a una teatralidad demasiado construida, sino desde un ejercicio de honestidad y transparencia que todos agradecimos. En ese repaso, contado en plural desde el auditorio cuando ella evoca sabores, momentos, canciones, gestos, etcétera, se fueron disolviendo los rigores de la confrontación habitual, mediante una constante ruptura con la cuarta pared. Ella puede estar en escena, riendo o bailando. También puede sentarse junto a usted, junto a ti, acortando cualquier distancia. Y dejándonos la certeza de que la misma calidad de su entrega se repetiría ante un auditorio varias veces mayor, como una maestra de su oficio que juega una y otra vez a recomponer ese diario de páginas que somos, en este caso, los rostros del público.

La producción que nos propone Animalien, la empresa fundada por Norma Martínez y Fiorella Pennano, a partir del texto escrito por Duncan MacMillan y Johnny Donahoe, consigue que nos olvidemos que este montaje parte de una traducción, y nos deja creer que en efecto el texto brota de esa interrelación con la platea que la actriz se gana sin remilgos. Gracias a ello, los elementos más amargos de lo que nos narra (detrás de todo esto hay una madre que padece una depresión crónica, marcando con sus caídas en tal drama los giros fundamentales de la pieza), logran ser al mismo tiempo una advertencia, una forma de reclamar atención sobre estos padecimientos, sin perder por ello el aliento de un buen ejercicio escénico. Dueña de todo su rango, Norma Martínez no descansa un solo minuto. Hace mucho que no veía, ni disfrutaba tanto del trabajo de un actor o una actriz en el momento de su presentación, construyendo su presencia, dominando su partitura pero haciéndola fluir entre nosotros y ella como un caudal recíproco y agradecido.

El montaje, que tuvo su estreno en el 2018, se ha convertido en una experiencia que ya han compartido sus creadores en varios festivales y en distintas temporadas. Invitada al Mayo Teatral que hubiera debido ocurrir en el 2020, tuvo que esperar hasta ahora para al fin llegar a La Habana. En tiempos en los cuales el biodrama y otras variantes narrativas, desde la escena, acerca de las pequeñas historias de cada cual se han hecho comunes, quiero resaltar el hecho de que este montaje requiere a una intérprete entrenada, capaz de conducirnos en el viaje que va desde los siete años de esta niña que ella encarna, hasta su adultez, su maternidad, su divorcio, su anhelo siempre de seguir adelante. Concebido como piezas que se desmontan una y otra vez, también demanda un foco de atención que más allá de las risas, las voces ajenas que entran a ser parte crucial de su estructura, y las reacciones más imprevisibles, mantenga su línea central como un camino firme, tanto para la actriz como para el público que ella invita a ser cada vez más cómplice.

Acaso ahora que volvemos lentamente a una vida, espectáculos como este funcionen además como un buen recordatorio de “cosas por las que vale la pena vivir”, según nos dice Norma. Es complicado, es difícil, hay una nueva generación cada vez más apegada a los móviles, a la existencia con filtros de las selfies y el Tik Tok. La brecha entre padres e hijos se agranda, las familias se han recluido para protegerse de la pandemia, y otros muros, no solo los de la casa física, han cortado diálogos esenciales y habituales. Todo ello también puede acelerar procesos de estrés, de asfixia, de depresión. Todo ello nos ha hecho ver ciertos gestos con recelo, mientras ocultamos el rostro tras las mascarillas sanitarias. Solo cosas geniales es para hacerse más nítida antes nuestros ojos.

Probablemente no falte quien, tras presenciar Solo cosas geniales, comience a redactar su propia lista de recuerdos, sensaciones y preferencias. A manera de una fotografía muy personal que otros, también, podrán completar e incrementar, como quien construye un recuerdo plural, un sumario de gustos y emociones compartidas y compartibles. La protagonista de esta historia la comienza a escribir como un regalo para su madre. Al final, es un regalo que se hace a sí misma, a su fervor por seguir viva más allá de los obstáculos y los sinsabores. Los papeles salen de las cajas, caen al suelo: recuerdos dispersos como capítulos de una existencia que crece con cada representación. La lista es un regalo que nos hacemos todas y todos, y que a partir de nuestro paso por este espectáculo, comienza, real o no, palpable o no, legible o no, a acompañarnos más allá de la sala donde lo hemos aplaudido.

Quiero agradecer al equipo de Mayo Teatral por haber persistido hasta lograr que Animalien llegara a La Habana con Solo cosas geniales. También ellos han debido hacer, estoy seguro, su lista de cosas geniales, sus prioridades, y sus ajustes sobre ella, día a día, a fin de que la temporada de teatro latinoamericano y caribeño llegara su final, en medio de tantos problemas que para mayor tristeza, incluyeron el accidente trágico del Hotel Saratoga y el duelo oficial que se estableció casi al final del evento. Esta edición nos sirvió de repaso a lo conseguido por la Casa de las Américas y su Dirección de Teatro y visibilizó los nuevos retos de la era post pandemia. “Escena y desafío”, era el lema de esta edición, y vaya si fue atinada para lo que implicó poner en funcionamiento todo el engranaje en diversas sedes, incluso fuera de la capital. Les agradezco, repito, porque gracias al esfuerzo y la tenacidad de todos los implicados, ahora puedo añadir este espectáculo a lo que, dentro de su programación, nos regaló el Mayo Teatral, como parte de mi propia lista de cosas extraordinarias, geniales, y más aplaudidas.

*Texto publicado en la revista Conjunto no. 203

(Tomado de La ventana)

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