Creado en: octubre 10, 2021 a las 08:23 am.

Visiones del primer día

La Demajagua / Foto: Tomada de internet

El día se convirtió en volcán de lava tan ardiente que es imposible razonar sobre ella, sin asombrarse de su efecto devastador y grandioso. No parece que existan otras visiones del 10 de octubre de 1868. Todos se quitan el sombrero al paso de este abogado y terrateniente, que se ha depertado en esta mañana de un octubre cubano para hacer un país.

Pero es necesario preguntarle a su gente, a sus comtemporáneos, qué fue el 10 de octubre. Para ellos fue una sorpresa peligrosa. Si seguimos la lógica del estallido, la mayoría amaneció donde no debían de estar, ni sabían lo que debían de conocer. Calixto García, uno de los principales complotados de Jiguaní, donde residía el 10 de octubre de 1868 estaba de visita en su tierra natal Holguín:

 “Invitado en 1867 por el Ciudadano Mariano Acosta para tomar parte en la asociación formada en Bayamo para preparar la revolución, ingresó en ella desempeñando algunas comisiones. En una de ellas se hallaba en Holguín el once de Octubre en la noche cuando le avisó el Licenciado Castellanos[1] haberse sublevado en Yara Carlos Manuel de Céspedes.”[2]

Según Calixto en sus notas sobre el alzamiento:

 “En la misma noche marché para Jiguaní  a donde llegué el once y si bien tuve la confirmación de haberse dado el grito de Independencia en Yara por Carlos Manuel también vi que Jiguaní no lo había secundado aún.”[3]

García Iñiguez en sus memorias sobre aquellos primeros días de la guerra afirma que tanto en Holguín como en Jiguaní, se ignoraba la decisión de Céspedes de sublevarse el día diez.

Vicente García, el líder del complot en Las Tunas, era miembro del Ayuntamiento local. Fue el teniente goberandor quien el informó del alzamiento de Céspedes. El funcionario español pensaba que estaba hablando con un fiel a España. Francisco Maceo Osorio  se encontraba  fuera de Bayamo, donde era uno de los principales comprometidos con la conspiración. En Holguín Julio Grave de Peralta, líder natural de los holguineros, se dirigía a Santiago de Cuba, con el objetivo de trasladarse al exterior para comprar armas. Enterado del alzamiento lo secundó de inmediato. Otro de los pricipales conspiradores de Holguín, Manuel Hernández Perdomo, se enteró del alzamiento, cuando las autoridades intentaron detenerlo y logró escapar. Salvador Cisneros Betancourt, máxima figura de los complotados camagüeyanos, se encontraba en La Habana, para convencer a los independentista de esa ciudad que se unieran al movimiento conspirativo.

Prácticamente para todos los líderes de la conspiración fue una sorpresa absoluta la decisión de Céspedes, en el sentido del acontecimiento, pero no del espíritu. Se esperaba un estallido revolucionario que pusiera fin al dominio español. En ese sentido no hubo sorpresa alguna. Se había discutido hasta la saciedad sobre la fecha del alzamiento; pero no se pusieron de acuerdo, se pospuso el momento determinante, para cuando se reunieron más armas, más recursos. Lo sorprendente fue la fecha por lo que la mayoría secundaron el alzamiento.

¿Fue justificable aquella acción? Al parecer corrían rumores entre la población, que habían llegado a los oídos de las autoridades de la posilidad de un próximo alzamiento. Según el periodista integrista, Antonio José Nápoles Fajardo, en Holguín: “… ya desde fines de Septiembre se decía algo de revolución anunciando que estallaría para tal ó cual día” (4) Aunque no existían pruebas el Comandante Militar de la región: “… en previsión de cualquier evento, había ordenado a los oficiales de la guarnición que durmiesen en el cuartel.”[5] Los rumores eran tantos, que el gobernador de Holguín hizo un recorrido por la jurisdicción, en busca de elementos sobre un próximo estallido. Entrevistó a los fieles al imperio, pero no obtuvo información significativa.

En cierta forma los comprometidos habían llegado a un límite que se podría romper en cualquier momento. Bastaba un traidor o un conjurado, aficionado al vino o el aguardiente, que en una taberna dijera lo que no se debía comentar cerca de los oídos de un represor. La conspiración descubierta podía ser reprimida, como ya había pasado con otras muchas y los complotados terminar en prisión o el patíbulo.

Sin embargo, los manzanilleros habían preparado en su jurisdicción hasta el más mínimo detalle de aquel acontecimiento, con el que pensaban sorprender a todos. Nada se dejó a la espontaneidad. El 6 de ocutbre en una reunión, en el ingenio El Rosario, de Jaime Santiesteban, se elaboró el documento que sería leído el día del alzamiento. Allí se encontraba reunida la élite de la conspiración.

Pero existen otros acontecimientos olvidados. En la Demajagua, se calcula que se reunieron alrededor de 400 independentistas. Cuáles fueron los mecanismos sociales que se pusieron en marcha y llevaron a aquellos campesinos y peones a la concentración en el ingenio de Céspedes que todo lo cambió. De esta gente sin nombre ha quedado muy poco, la mayoría eran analfabetos y no dejaron testimonios de lo que hicieron en esos días.

Un grupo de vecinos de la jurisdicción de Manzanillo comprometidos a levantarse en armas, el 10 de octubre, por diversas circunstancias; aunque lo intentaron no llegaron a la Demajagua. Muchos de ellos fueron detenidos por las autoriades e interrogados. Sus declaraciones fueron recogidas en las actas de la Comisión Militar Ejecutiva y Permanente del estado español. Esa papelería hoy reposa en el Archivo Nacional de Cuba. Aunque seguramente la mayoría mintió, tratando de sustraerse de la responsabilidad; pero de todas formas dejaron un testimonio valioso que, revisándolo con cuidado, nos puede dar una idea elemental, de cómo se organizó, en la base, la sublevación del 10 de octubre.

Un ejemplo interesante fue la formación  de una partida dirigida por Manuel Calvo, un comerciante de los campos de Yaribacoa, en Manzanillo. Podemos ver la formación de este grupo subversivo con los ojos de uno de sus integrantes. Miguel Sosa, que estaba detenido por las autoridades por su participación en el alzamiento del 10 de octubre, en Manzanillo. En un primer interrogatorio sus respuestas son vagas. Pero los españoles detienen a su esposa e hijos pequeños. En esas circunstancias Miguel hace una segunda declaración mucho más amplia. Si eludimos sus justificaciones, de por qué militó en la causa separatista, podemos encontrar una descripción interesante de cómo se formaba una partida insurrecta.

Según Miguel envió a uno de sus hijos al comercio de Manuel Calvo en busca de unas vituallas. Había suficiente confianza con éste para mandar al niño por unas mercancías. Seguramente el campesino tenía crédito en la bodega de Calvo. Este individuo lo mandó a buscar con el niño. En la entrevista sostenida en la misma bodega, Calvo le pidió que reclutara a tres individuos más que estuvieran dispuestos a combatir contra España. El campesino los reclutó sin muchas dificultades entre sus vecinos. Se reúnen en la bodega de Manuel Calvo entre 18 y 20 personas todas de forma voluntaria.

La pequeña partida se dirige a las márgenes del río Buey Arriba. Allí esperan por espacio de dos horas la llegada de la partida de Miguel Céspedes a quien, Manuel Calvo, está subordinado. Como este líder no llega, el grupo se disuelve. Poco después el declarante fue detenido en su casa. [6]

En los albores de la guerra estas partidas no tienen, lo que llamaríamos en términos militares, el concepto de cuerpo. Para muchos de estos hombres el compromiso bélico comienza y termina con la pequeña partida y el jefe local al que sigue. Si no aparece el líder al que están subordinados, en este caso Miguel Céspedes, el grupo se disuelve.

Pero otros grupos tuvieron más suerte o actuaron con mayor energía. Organizados, seguramente, con mecanismos parecidos a este por un vecino de relevancia como el bodeguero Calvo se dirigieron a la Demajagua y secundaron el alzamiento. Son gente anónima y hoy olvidadas por la historia, pero que formaron la base del alzamiento del 68.

Notas

[1] Joaquín Castellano uno de los miembros de la Junta Revolucionaria de Holguín antes del estallido de la guerra.

 [2] Calixto García escribe de la Guerra Grande: Tres documentos personales. Introducción y notas José Abreu Carde, Olga Portuondo Zuñiga  y  Volker Mollin,  Publicado por la editorial Oriente de Santiago de Cuba en el 2009 p. 46.

[3]- Ibídem 56.

[4] Antonio José Nápoles y Fajardo, : El sitio de Holguín, Imprenta Militar de la V. E. HS de Soler, La Habana, 1869. p. 16.

 [5] Idem.

[6] Archivo Nacional de Cuba, Fondo Comisión Militar Permanente y Ejecutiva. Legajo 129, Número 6.

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