Creado en: noviembre 15, 2021 a las 08:11 am.

Un grande del Teatro Cubano cumple 85 años

Eugenio Hernández Espinosa

Estudioso consuetudinario de la cultura popular, Eugenio Hernández Espinosa (El Cerro, La Habana, 1936), se ha ganado el derecho de ser considerado como uno de los más notables dramaturgos vivos de Cuba y uno de los más importantes de entre milenios.

La vitalidad de su obra inmersa en los problemas de la sociedad se ha mantenido desde María Antonia hasta uno de sus más recientes títulos, Eclíptica ¿qué le pasa a esa mujer?, estrenado en el año 2018 en el Bertolt Brecht.
Director fundador del grupo Teatro Caribeño de Cuba, El Negro Grande del Teatro Cubano como lo bautizó el también poeta, crítico y dramaturgo Alberto Curbelo arriba este 15 de noviembre a sus 85 años de edad; de los cuales la mayor parte ha dedicado a consolidar una obra en la que se respira ese interés por recrear la idiosincrasia insular y los valores más trascendentales de nuestra cultura, cuyas raíces están ancladas en el legado de los negros traídos aquí como esclavos desde el África, que vinieron a fundirse con la herencia del blanco español para finalmente conformar sólidas cimientes de nacionalidad insular.


El prestigioso escritor, dramaturgo y director teatral afirma que su fortalecimiento como teatrista tuvo mucho que ver su designación como director general del grupo Teatro de Arte Popular (1986), el cual radicaba en la sala Verdún, en Centro Hanama, y tenía una característica muy especial, pues su fin era el de rescatar la cultura popular que en ese momento estaba muy deprimida y desvalorizada.


Con evidente reverencia hacia los orígenes de la religión Yoruba, muchos de sus textos se introducen en el fenómeno del sincretismo, a través del cual cada una de las deidades africanas recibe el nombre genérico de oricha, orisha u orissa, y tiene su «equivalente» con un determinado santo católico, de acuerdo con los elementos sincréticos considerados históricamente.


Yo siempre albergué la lucha de dos mundos que eran muy violentos desde el punto de vista cultural: la santería y el cristianismo. Yo pude conjugar ambas prácticas en la medida que encontré respuesta en algunos patakíes que eran similares a ciertas evocaciones bíblicas. La cultura es tan abarcadora que estas cosas se van uniendo y se van repitiendo en distintas esferas. No hay esa separación tan drástica entre un mundo y otro. Casi todas las filosofías tienen puntos de contacto, por lo tanto me fue muy cómodo entrar en el mundo de la santería y ver personajes como Obá en la Biblia.


El Premio Nacional de Teatro 2005 tuvo su primer encuentro con la sociedad marginal capitalina en El Cerro, localidad (hoy municipio) habanera en la vivió a partir del primer año de nacido (1936), en el seno de una familia pobre el padre era blanco, la madre, negra que ocupaba la casa marcada con el número 415 de la calle San Pablo, prácticamente en el corazón de aquella populosa barriada donde, a pocos metros de su hogar, radicaba el cine City Hall, hoy sede de la compañía de Teatro Caribeño que él dirige.


Aunque estudió en un colegio protestante Adventista del Séptimo Día, bajo cuyos preceptos religiosos fue bautizado a los 12 años de edad, en su familia convergían varios credos, además del ya señalado, el católico, la santería y el espiritismo, pero tuvo la posibilidad de elegir a que fe afiliarse.
El también miembro del Tribunal nacional de evaluación artística y del Grupo de expertos del Consejo Nacional de las Artes Escénicas (1989), recuerda asimismo sus años de trabajo junto al Conjunto Folklórico Nacional (CFN), compañía con la que en el año 1982 estrenó Odebí y el cazador (1980), considerada por la crítica una obra mayor, dentro del repertorio de esa compañía.
Con anterioridad, el nombre de esta figura esencial de la dramaturgia iberoamericana había ganado resonancia con el estreno, en 1967, de María Antonia, escrita en 1964 considerada un clásico de las tablas insulares y estrenada por el Taller Dramático y el CNF en 1967, bajo la dirección artística de Roberto Blanco y con música de Leo Brouwer.
Eugenio igualmente formó parte del grupo de noveles creadores reunidos por la editorial El Puente (1961), entre ellos, además, Rogelio Martínez Furé, Nancy Morejón y Lina de Feria; en tanto su permanencia en el grupo de Teatro Guernica, como jefe de escena, asesor y asistente de dirección, así como su paso por el Conjunto Dramático Nacional, igualmente le posibilitaron consolidar su estirpe de gran dramaturgo y estudioso de las fibras más sólidas de nuestra cubanidad.


El también acreedor de la Distinción por la Cultura Nacional (1984) y del Sello conmemorativo Aniversario 60 de la fundación de la CTC señaló que hacia finales de la década de los años 90 del pasado siglo ya me sentía en condiciones para conformar un grupo de teatro donde pudiera realmente expresarme sin el temor de no tener a los actores idóneos, y poder contar, además, con los correspondientes profesores de danza y de temas sobre la cultura de origen nigeriano, es decir, la Yoruba.
De tal modo agregó, en el año 1990 conformé Teatro Caribeño de Cuba, un espacio importante dentro de esa cultura tan arraigada a nuestras raíces, a través del cual pude comenzar a crear una obra más prolífica, representativa de la realidad político social del país. Por esa época es también designado como profesor de actuación y dirección del Instituto Superior de Arte (ISA), hoy Universidad de las Artes.


A partir de entonces, el gran dramaturgo dio a conocer varias obras concebidas dentro de la misma cuerda de introspección en la cultura popular y en la marginalidad social como Ochun y las cotorras (1980), Premio Santiago Pita en el Octavo Festival de Teatro de Camagüey, Lagarto Pisabonito (1996), acreedora de los premios al mejor texto y a la mejor actuación masculina en el Primer Festival Internacional del Monólogo efectuado en la University Park Campus (Werttheim Performing Arts Center) de Miami, Florida. Ese mismo año, otra de sus sonadas obras, Alto riesgo (1988), en una nueva versión escénica y artística fue llevada a la sala Covarrubias por los actores Estrella Borbón y Nelson González.


La producción dramatúrgica y literaria de Hernández Espinosa, quien además ha representado a Cuba en otros importantes festivales internacionales de teatro, por su temática, puede clasificarse en dos grupos: las que recrean asuntos relacionados con lo popular, tomando como premisa la marginalidad insular, y las que están inspiradas en la cultura Yoruba, a partir de patakines y relatos tomados de esa mitología, como Obba y Changó (1980) y Obba Yurú (1988). Otras, como EL Venerable (1980), Emelina Cundiamor (1987), Alto Riesgo (1988) y El Elegido (1995), fusionan en sus guiones ambos aspectos, así como el sincretismo entre las religiones católica y Yoruba, como igualmente puede apreciarse en María Antonia y Calixta Comité, entre otras.


Este Artista Emérito de la Uneac e Hijo Ilustre de La Habana, recuerda con emoción, entre todas sus puestas en escena realizadas con Teatro Caribeño, su primera producción con ese grupo: El León y la Joya (1991), del nigeriano Wole Soyinka, Premio Nobel de Literatura, la cual representó a Cuba en los festivales Iberoamericano de Teatro, de Cádiz donde fue premiada y en el de Otoño, de Madrid, y resultó elegida entre las mejores puestas en escena de ese año en Cuba.


Hablar de cubanía para mí dijo es hablar de identidad cultural. Y recordó que el Artículo primero de la Declaración Mundial de la Diversidad Cultural (UNESCO 2001) precisa que La cultura adquiere formas diversas a través del tiempo y del espacio. Esta diversidad se mantiene en la originalidad y pluralidad de las identidades que caracterizan los grupos y las sociedades que componen la humanidad. Fuente de intercambios de innovación y de creatividad, la diversidad cultural es, para el ser humano, tan necesaria como la diversidad biológica para los organismos vivos.


Teniendo en cuenta este concepto apunta Eugenio pienso que, para salvaguardar su esencia, nuestra cubanía, no debe adoptar fórmulas susceptibles a esquematizar el pensamiento, soslayar o negar los incesantes aportes de otras culturas, tener acceso a la información, rechazar toda intención que se oponga a la diversidad cultural y artística. Cierto es que nuestra cubanía, como dijera nuestro sabio Don Fernando Ortiz, es un gran ajiaco donde se fusiona el negro, el blanco, el indio, el chino Pero no es menos cierto que a ese ajiaco se han añadido otros componentes étnicos.


Seguidamente indicó que la Revolución Cubana abrió un tremendo trecho al teatro popular, el cual le dio la oportunidad a las gentes de abajo, a los marginados ´sin historia´, como diría el historiador y demógrafo cubano-francés, Juan Pérez de la Riva, de poder verse realmente representado. En los inicios, yo tenía el temor de no poder reflejar con profundidad lo que me proponía escribir, y en eso me ayudaron mucho los estudios de las obras de Don Fernando Ortiz y Lydia Cabrera, primero, y posteriormente los de Rogelio Martínez Furé, quien fue mi compañero en el Seminario de Dramaturgia impartido en La Habana en los inicios de la Revolución.
En tal sentido dijo: para salvaguardar su esencia, nuestra cubanía, no debe adoptar fórmulas susceptibles a esquematizar el pensamiento, como tampoco soslayar o negar los incesantes aportes de otras culturas, tener acceso a la información, rechazar toda intención que se oponga a la diversidad cultural y artística. Se impone, pues, un estudio analítico con relación a nuestra identidad nacional. He tenido el privilegio de cruzar el puente entre el Siglo XX y el XXI, lo cual me ha permitido pensar que la cubanía es un proceso viviente, dinámico y en constante ebullición.


La creación de Hernández Espinosa trasciende asimismo por sus vínculos con el cine y la televisión, principalmente como guionista, al tiempo que ha dejado su huella en el trabajo docente en los talleres de guion en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. Con cerca de 25 obras publicadas y decenas de representaciones escénicas de sus textos en varias latitudes del mundo, se siente satisfecho por su legado a la cultura cubana.


El igualmente jurado, en distintas ocasiones, del Premio literario Casa de las Américas, de los festivales de Teatro de Camagüey; Caracol, de cine, radio y televisión; del Monólogo; y del Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, entre otros muchos, tras la nueva normalidad derivada de las medidas higiénico-sanitarias para evitar el contagio de la Covids-19, tras casi dos años de aislamiento, por estos días se encuentra inmerso en los preparativos para la reapertura de la sala que acoge a Teatro Caribeño (City Hall, en Ayesterán y San Pablo, Cerro), la que reiniciará con una amplia programación artística y cultural que incluirá, además del teatro, espacios destinados a la música, el cine y las artes plásticas.

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