Creado en: marzo 26, 2021 a las 09:06 am.

Soy como el pueblo cubano: barroco, surrealista y sentimental (II)

Por Annalis Castillo Seguí

En esta segunda entrega el poeta, ensayista, traductor y catedrático universitario, Virgilio López Lemus, confiesa creer en toda la poesía, pues el ser humano es múltiple y ella también.

Ha señalado que por los años cuarenta y cincuenta se escribió una fuerte poesía emotiva. En su libro Hacia la luz y hacia la vida, hay ciertos vínculos con el neorromanticismo cubano. De Buesa, ha dicho, tiene la mejor opinión posible. Basándonos en la lectura de obras contemporáneas podemos apreciar que cada vez se cultiva más la poesía intelectiva o experimental y menos la emotiva, ¿a qué cree que se deba?

La emoción es el primer estadio poético. José Martí define a la poesía como «el instante raro de la emoción», estoy de acuerdo, pero comprendo que hay otros resortes de la aprehensión poética del mundo: los sensoriales (vista, oído, tacto, gusto olfato) y los intelectivos, o sea, la poesía del ser pensante, de la reflexión a veces muy intensa. Yo creo en toda la poesía y me gusta leerla cuando un poeta logra expresarla desde su propia experiencia con las palabras y las ideas. Lezama decía, y dijo bien, que así como existe el día y la noche, sobrexiste una poesía de la luz, diurna, y otra de las sombras, oscura, barroca en su esencia expresiva. También estoy de acuerdo.

La poesía de raíz ontológica alcanza su primera gracia comunicativa cuando el ser se extrovierte en emociones que van del amor al odio, de la bondad a la maldad asumidas, de la ternura a la disipación. No hay un modo único de aprehender una entidad tan plural como la poesía, médula que existe como expresión de la materia en el cosmos y del propio ser racional que la siente vibrar dentro de sí y fuera, en las circunstancias. La poesía emotiva suele tener más lectores que la intelectiva, porque apela a los sentimientos primarios del ser. Quizás por eso los poetas emotivos son mucho más populares, como por ejemplo, en Cuba, Hilarión Cabrisas hasta los años treinta, luego José Ángel Buesa, quien gozó de un reconocimiento popular inaudito, y más adelante Carilda Oliver Labra en su poesía amatoria, pasional, apasionada.

Pronto celebraremos el centenario de Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), de Pablo Neruda, y véase cuán viva sigue la poesía emocional de Bécquer. Yo creo que el gusto por este tipo de poesía abre las puertas al lector para que busque otros poetas llamémosles más complejos en el orden de la reflexión, de la asunción metapoética o de matices filosóficos per se.

Por ese motivo me he ocupado de la obra de Buesa, del cual publiqué en la Editorial Letras Cubanas una amplia antología que ha tenido dos ediciones, y en la madrileña Editorial Verbum un grueso tomo con su poesía completa. Buesa resulta un muy buen introductor a la lectura de la poesía universal. Era un hombre culto, con un esmerado dominio de las formas clásicas, de la métrica tradicional hispánica, y alguien que observó y cantó al amor en todas sus manifestaciones.

Creo que la poesía como género literario tiene etapas de creatividad  asociadas al espíritu de época, en tiempos más reflexivos, se escribe mucho más una poesía experimental y de intereses intelectivos y se deprecia la emotiva o se cultiva en menos cuantía, pero Cuba es un país altamente emotivo, el pueblo cubano se emociona con las tele y radionovelas, gusta del bolero, resulta un pueblo que expresa vivamente sus emociones, por lo cual me parece que no debería faltarle la poesía emotiva, bajo el peligro de que lea menos poesía, se aleje de la lectura del género o no lo tenga entre sus preferencias y hasta necesidades sensibles, espirituales. El espíritu de época privilegia la escritura de un tipo de poesía sobre otra, pero  no hay que ver nunca como sepultado este o aquel modo escritural, estilo, línea creativa. Somos múltiples, y la poesía también.  

¿Gusta de una dosis adecuada de humor?

Me gusta el humor cuando es muy bueno, no chabacanería o expresión del mal gusto que a veces padecemos en la vida cotidiana y en el cancionero más corriente en lejanía de la sensibilidad educada, ni me gusta la burla que haga mella en otras personas como víctimas de chascarrillos maliciosos. Me hacen reír chistes como este: «–Al Ratoncito Pérez le dio un infarto. –¿Sí?, ¿Por qué? –¡Por el alto precio de la cebolla!». Bueno, eso es simple ingenio popular, crítica de la vida y de los avatares en ella, suaves ironías sobre las circunstancias, sutiles protestas y hasta simple juego con la realidad. A veces, cuando me toca ofrecer una conferencia o dar una clase, incorporo observaciones que hagan reír al auditorio o a los alumnos, porque ese sentido de humor fija ideas, hace recordar mejor de qué se hablaba, despierta a los semidormidos y mejora la comunicación.

Una ruptura de sistema que resulte simpática se recuerda mejor que un sermón demasiado encopetado. Y el humor ingenioso, aunque tenga una nota de humor negro, me gusta mucho, por ejemplo, la condesa Edwina Mountbatten, última virreina de  la India, había pedido que al morir fuese sepultada en el mar, de esto se enteró la Reina Madre británica Elizabeth Bowes-Lyon, viuda del rey Jorge VI y madre de Isabel II, y comentó: «A la querida Edwina siempre le gustó salpicar». ¿Por qué no? Una pequeña acotación humorística soluciona momentos dramáticos con nudo gordiano. 

¿Qué libro de la literatura cubana considera injustamente olvidado?

Muchos, tantos que debería hacer una lista. Por ejemplo, el muy buen poemario Resurrección (1916), de Federico Uhrbach, y la novela mambisa Birín de un autor cienfueguero muy poco conocido: Eduardo Benet y Castellón, la cual Samuel Feijóo rescató circunstancialmente del total olvido. En verdad es el género del ensayo el que suma más libros lanzados al olvido. Por poner un ejemplo, no creo que muchos lean hoy día El romanticismo en España, publicado a principios del siglo XX, por Enrique Piñeyro. ¿Y qué decir de la Historia de la literatura hispanoamericana, de Raimundo Laso?, un autor que desde el Más Allá espera un día la resurrección de sus valiosas obras crítico-analíticas.

Duerme para soñar y sueña para vivir. Cada día Virgilio se para en su ventana y observa la ciudad bajo la luz del trópico, el infinito azul en la distancia. Contempla el paisaje que siempre será el mismo, pero que nunca será igual. Mirar a través de esos altos ventanales se ha transformado de una acción cotidiana a un ejercicio simbólico-filosófico. ¿A qué llama Virgilio la eternidad de lo efímero?

Pues sí, me asomo a la ventana y veo la ciudad fluir. De pronto en la esquina concurren algunos vehículos de determinado color, una persona pasa entre ellos, se ven otros transportes personales ligeros, y veo que ese instante es irrepetible. La eternidad está hecha de esos instantes efímeros, convergencias de temporalidades en un pasado-presente-futuro que se escapan en ese soplo. Y vienen nuevos momentos singulares que se borran como olas. Vivimos en oleadas, en un fluir constante.

Decía Pascal que el ser engaña esa destilación del tiempo que conduce a la muerte con los medios que tenga a su alcance: ocupación continua, fluidez del pensamiento en el aquí y ahora, domesticación de la vida cotidiana… «Porque lo nuestro es pasar», decía Antonio Machado, pero mientras estamos vivos cada instante es la eternidad, nuestra eternidad, la que somos capaces de concebir mejor y de sentir como vida que se vive de manera consciente o inconsciente. Parece ser que en el universo no hay nada eterno, o quizás la eternidad es el cambio constante, la suma de lo efímero, el diálogo entre la vida y la muerte. Para nosotros, seres tan fugaces como las flores, la eternidad es ahora…

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