Creado en: noviembre 2, 2022 a las 08:35 am.

Por Aida Bahr

Por Zaida Capote Cruz

No le he preguntado a Aida cómo fue que aceptó estar hoy aquí, recibiendo un homenaje.[1] Aida es de esos autores nuestros que, aun estando entre los más capaces y dedicados, con talento de sobra y una disciplina de trabajo ejemplar, prácticamente no se ve con la frecuencia que debiera en nuestros medios. Y no se ve porque no exige nunca reconocimientos o dádivas. No está en ella. Hace su labor calladamente, por compromiso consigo misma y con Cuba, y la hace bien. Por eso me honra acompañarla en esta jornada dedicada a celebrar su obra.

Voy a hacer memoria. Lo primero que leí de Aida fueron sus cuentos de los años 80. Recuerdo que tuve que proponer una antología de cuentos de cubanas para una editorial madrileña y entonces elegí uno de los cuentos de Hay un gato en la ventana (1984): “Muchachas”. Ya casi no recuerdo de qué trata, no tengo el libro y aquella antología nunca salió, porque la editorial feminista que la había solicitado entendió que los cuentos de las autoras cubanas no tenían mucho en común con su idea de la Cuba revolucionaria. No le parecieron demasiado revolucionarios, vaya. Sus protagonistas —las de Aida— suelen ser mujeres abocadas a un conflicto íntimo o familiar, aun cuando las condiciones sociales y la historia común marquen sus reacciones.

Con Ellas, de noche (1989) insistió en perfilar esos mundos íntimos de las mujeres, siempre vinculados a la vida en sociedad: la escuela, el trabajo, la pareja, los hijos. Orgullosa de vivir y escribir en Santiago de Cuba y contraria al prejuicio de que solo porque quienes residen en La Habana publican más y viajan más al extranjero sean mejores escritores, Aida ha forjado su oficio a la luz de una sabiduría lectora que le hizo dedicar análisis certerísimos a la narrativa de Rafael Soler y de José Soler Puig —cuyo El pan dormido reconoce como parteaguas en su escritura— y en el intercambio con Jorge Luis Hernández, con quien fundó familia y compartió los afanes de escritura que anuncian toda obra perdurable.

Su recuperación del mundo de la infancia y la fundación de los primeros afectos; la presencia fantasmal del pasado y la imaginación en la vida cotidiana y los lazos humanos; la incidencia del ámbito público en la vida privada y las frecuentes exigencias que la sociedad supone justo hacer a las mujeres, son temas que van de uno a otro de sus libros. En Espejismos (1998), la preeminencia de lo fantástico en lo cotidiano marcó una de las vertientes más típicas de su narrativa, que suele conectar registros de habla y tiempos diversos, sin descuidar la creación de atmósferas vivas, potentes y la incisión en la conciencia colectiva que atañe a aquellas anécdotas suyas aferradas a los desencuentros políticos, aun narradas desde lo íntimo y familiar. Ella misma leyó obras ajenas para comprobar, en el caso de la situación de las mujeres, cómo suele aflorar el conflicto generacional con madres y abuelas, defensoras de la voz de la tradición o el autoritarismo. En su narrativa también hallamos ese conflicto entre mujeres. No hay edulcoración sino bastante rudeza a la hora de abordarlo.

Clara defensora de la autonomía femenina y heredera de una serie de mujeres fuertes que llevaron la voz cantante en su familia, Aida Bahr propone revisarnos frente al espejo para evitar la autodiscriminación. No tiene prejuicios antifeministas, aunque cierta crítica haya elegido alabar su escritura advirtiéndonos, precisamente, que no es feminista. Ha declarado con mucha claridad la necesidad de erradicar los prejuicios acerca de la capacidad de las mujeres, en el trabajo y la escritura. Y ha demostrado en la práctica la falacia de tales prejuicios.

En la Editorial Oriente, que dirigió, fundó la colección Mariposa para libros de autoría femenina o sobre mujeres. Una sabia decisión que la ubicó como un referente, y puso a circular, además de voces cubanas de antes y de ahora, excelentes muestras de la escritura femenina de todos los tiempos. Por aquellos años, dirigió también la revista SiC, cuya salida agitó las aguas del panorama cultural nacional como parte de las voces estimulantes de un diálogo crítico sobre nuestra cultura. Una revista que recogió contribuciones de las más notables voces de la crítica y la creación cubanas.

Recuerdo, por ejemplo, una ocasión en que asistí como jurado del Premio Oriente, convocado por la Editorial que Aida dirigía, y además del programa nutridísimo de actividades y encuentros con el público y del trabajo de lectura de los originales presentados a concurso, paseamos sabrosamente por Santiago. También me acuerdo, imposible olvidarlo, de que en medio de la precariedad de siempre, Aida se aparecía por nuestro hospedaje con alguna delicia hecha por ella misma, que es muy buena cocinera. Gestos como ese fraguan cualquier amistad y comprueban una convicción que ya teníamos. La de que Aida es, además de muy buena escritora, muy buena persona. Al mismo tiempo, su sinceridad a prueba de balas no admite velos. Por eso mismo vale la pena ser amiga suya.

Cuando vino a trabajar durante un tiempo al Instituto Cubano del Libro nos vimos con alguna frecuencia, y creo de justicia agradecerle el sacrificio de mudarse temporalmente a La Habana para cumplir un deber que, a fin de cuentas, solo le complicó la vida. He ahí un testimonio más de su limpieza de alma, de su honradez y modestia. La recuerdo siempre dando carreras para que las cosas salieran bien, rearmando el Círculo de la Crítica y ocupándose de la promoción y el impulso a la circulación de nuestra literatura. Hay que agradecerle a Aida su compromiso con el destino común de la literatura cubana, su esfuerzo en ese ámbito que adoptó por deber, a costa de su tiempo de escritura.

Sus novelas abordan incisivamente ese estar en el mundo de las mujeres, sus experiencias formativas. Las voces y los ecos (2006) describe la formación de una subjetividad y el choque de las convicciones de su protagonista con ciertos contratiempos antirrevolucionarios, incoherentes y, por eso mismo, injustos, que van minando inesperadamente aquellas convicciones. La prohibición de concursar en el extranjero, el casi clandestino entierro de Haydee Santamaría —sin honores oficiales, más que merecidos—, el descubrimiento de un mundo cultural pleno, las inevitables traiciones y pérdidas (incluso la pérdida de la inocencia). A merced de mí (2009) narra la vida de una cubana en Canadá, cegada por la blancura de la nieve y padeciendo mucha soledad lejos de los suyos, hasta que aparece una sirvienta jamaicana que le devuelve la alegría caribe y la fe en sí misma. Felicidad (2017) vuelve sobre la que pudiera decirse es su preocupación fundamental: las tensiones que la historia, la política, la emigración y tantas otras razones contagian a la vida familiar.

Hay algo en la narrativa de Aida que alguna vez habrá que reconocerle. Ese detenerse en los ritos cotidianos, el trabajo invisible que solemos realizar las mujeres con mucha más frecuencia que los hombres y que ella pone en primer plano con lujo de detalles, describiendo cada acción, olor y sabor para sumergirnos en ese ciclo inacabable de esfuerzo y atención a los demás que casi siempre conlleva el olvido de sí propia. Al mismo tiempo, su catálogo de mujeres es tan variopinto que nadie podría endilgarle afán alguno de esquematismo. Todas son diferentes, aunque muchas veces sus problemas sean el marco para el autoconocimiento y la revelación de la propia potencia.

En Ofelias (2007), Premio Alejo Carpentier de Cuento, esa calidad permanente gana consistencia. Los cuentos que integran este volumen son, todos, de primera. Hay historias tremendas, conmovedoras, impactantes; pero, sobre todo, hay una escritura consciente de sí misma, pensada hasta el último detalle y capaz de crear atmósferas y delinear personajes con un gesto mínimo o una palabra, o la percepción de cierta realidad inesperada. Los dramas de las protagonistas de esos cuentos nos conmueven no solo por la historia que cuentan, casi siempre de esas que nos arrasan el corazón. Nos conmueven por la elegancia del lenguaje, por la coherencia de los registros de habla y la potencia de los ambientes en los cuales transcurren. No voy a decir aquí cuáles son mis cuentos favoritos de este libro, que merece considerarse clásico de nuestras letras desde que salió de imprenta.

Ofelias vino a comprobar que Aida se toma la escritura muy en serio, y que la autenticidad de su escritura es fruto de un dedicado esfuerzo del talento y de una envidiable disciplina de trabajo.

Aida es además guionista de cine y traductora. Recuerdo ahora En el aire, una película de 1988 dirigida por Pastor Vega, que trataba sobre la censura y los desacuerdos sobre los límites al talento creador. Y, como apuntara Mercedes Santos Moray, asumía “con sentido crítico, el juego con la ironía y cierta dosis bien integrada de humor, situaciones y conflictos [en los cuales] la crítica al acomodamiento y al facilismo, a la rutina y a la pereza, al formalismo y a la monotonía está en el centro del debate”. La valentía de Aida y del equipo de realización, sin embargo, chocó en la práctica con los mismos contratiempos que el filme quería denunciar. Nada de eso hizo que Aida se amargara, en eso también ha sido ejemplar.

Como mismo, en calidad de traductora, ha vertido al español varias de las novelas publicadas en la colección Mariposa y otras muchas (acabo de escribir el prólogo a Con los ojos vueltos hacia Dios, una excelente novela de Zora Neale Hurston escrita en 1937, que debe salir por Ediciones Santiago, lo cual me permitió descubrir la existencia no solo de la novela, sino de esa autora). Aida debió llevar a cabo ahí una labor sumamente demandante pues Hurston eligió dar voz a los negros del Sur e intentar trasladar al español la sonoridad y entonación, los giros lexicales y recortes orales de ese habla debió ser tarea muy difícil.

Además, tradujo un libro que llevamos años esperando ver en nuestras librerías. La biografía de Haydee Santamaría que escribió Margaret Randall, otra imbatible. Imagino que habrá sido muy grato revivir a Haydee en la voz de Margaret, porque las mujeres imaginadas por Aida suelen reconocer en Haydee y Celia figuras tutelares. Y el velorio de Haydee en Calzada y K, lejos del fasto del funeral de Estado que merecía, parece haberla impresionado tanto como para plasmarlo en Las voces y los ecos como parte de los golpes que la vida reserva a su joven protagonista.

Hoy estamos aquí para celebrar a Aida, su obra útil, su voluntad de trabajar incansablemente para crear esas figuraciones de nuestra vida que sabe urdir con maestría y habilidad y su contribución a pensarnos mejor y a ser mejores. Para celebrar su compromiso con el destino de Cuba, para honrar su coherencia intelectual y humana. Me alegra compartir este rato con ustedes. Felicidades, Aida.


[1] Sesión de “El autor y su obra”, que organizó el Instituto Cubano del Libro en la Biblioteca Nacional José Martí el 26 de octubre de 2022. Participaron además Fernando Rodríguez Sosa, Cira Romero y Norberto Codina.

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