Creado en: noviembre 25, 2022 a las 08:48 am.

«Querida, necesaria, constante»: la poesía de Roberto Fernández Retamar (II)

Por  Jesús David Curbelo

Para Graziella Pogolotti, Alabanzas, conversaciones es el libro con que el poeta arriba a su madurez.[1] Valga decir que es un comentario de 1963, cuando Retamar aún no ha alcanzado algunos de los momentos capitales de su labor poética, aunque resulta significativo para destacar la preeminencia de este volumen dentro de la copiosa obra del autor. Sin duda, es la cúspide a la que arriba el primer Roberto Fernández Retamar, el instante en que está más cerca del ámbito origenista y, a la vez, abre su espectro hacia los caminos que vendrán y de los que será ideólogo y principal actor. Alabanzas… ve la luz en México en 1955. Por esa época, Retamar orbita alrededor de la revista Orígenes y de sus principales colaboradores. En su ensayo «La crítica de lo indecible. Sobre La poesía, reino autónomo de Roberto Fernández Retamar», Jorge Luis Arcos abunda acerca de estos vínculos y hace notar la cantidad de colaboraciones que tuvo el joven autor en la publicación, así como su pronta preferencia por voces que habían ido transitando hacia el conversacionalismo de una u otra manera: Eugenio Florit, Vitier, Fina, Eliseo Diego, sobre los cuales escribió notas críticas para la revista en cuestión.[2]

Un indicador más de esta cercanía son las reseñas cómplices que Fina García-Marruz y Cintio Vitier escribieron para celebrar la llegada de Alabanzas…[3]. Ambos origenistas, siempre tan poco dados a la aclamación gratuita, acogen con entusiasmo la arribada de este cuaderno. Al parecer, porque extendía una línea de la lírica cubana que ellos habían cultivado con éxito y apreciaban como la mejor de las opciones para dignificar el panorama literario nacional. Los dos, cosa curiosa, pasan por alto el epígrafe de Saint-John Perse de Éloges que encabeza el poemario: «… Ô/clartés! ô faveurs!/Appelant toute chose, je récitai qu’elle était grande, appelant toute bête, qu’elle était belle et bonne», un indicio de que Retamar se va a fijar en las cosas, en la belleza de las bestias y de los tontos, y las va a elogiar, a alabar, actitud que se hará presente en «Los que se casan con trajes alquilados», escrito unos años más tarde y recopilado en Aquellas poesías [1955-1958] o, con mayor fuerza, en «Los feos» de Buena suerte viviendo. No obstante, Fina García-Marruz nos advierte un aspecto crucial en este autor: «[…] el profundo eticismo, corriente tan poco subrayada en nuestra poesía, y a la vez, tan inconfundiblemente nuestra. Eticismo no explícito o sermoneador, sino velado, pero que sentimos sosteniendo la grave dignidad de los árboles, del paisaje todo…», y agrega, al final de ese mismo párrafo: «Así, su primer poema publicado, Elegía como un himno, homenaje a uno de nuestros héroes más puros, quizás sea más revelador de lo que parece y contenga lo que de un modo soterrado aparecerá siempre en todo lo que escriba después».[4] Conclusiones muy acertadas que, en efecto, van a cumplirse en el resto de la obra retamariana: su posición ética ante la realidad y el reflejo artístico de esta en los poemas y la constante inquietud por el destino de la patria.

Fina García-Marruz y Roberto Fernández Retamar

Coincido con los críticos que ven en «Los oficios» una decantación por las maneras del conversacionalismo, sobre todo al poetizar personajes y sucesos poco habituales en el universo de la poesía cubana, al menos en los tiempos inmediatamente anteriores a este libro. Pero el texto fundamental en ese derrotero lo constituye, a mi juicio, «Palabra de mi pueblo»:

Canta a mi lado, sustenta mi oído,
Entre trabazón de números
Que esconden ambiguas bestias,
Aventuras frutales, dura
Fidelidad a las cosas ásperas
Y final temblor de letras,
Como voz de adolescente.
Sale de polvorientos billetes,
De estentóreas bocas obreras
O de risas relucientes,
Y corre sobre las azoteas
Que blanden humildes banderas,
Sobre solares apagados
Y calles muchas y ligero aire,
Hasta estancias de reposada vida.
Sustenta mi oído, canta a mi lado,
Lengua siempre recién hecha,
Rota y atendida siempre,
Abierta y alegre como pecho de pobre:
Acoge mi atención, colma mi boca.

Esta prematura declaración de hablar en cubano, y no en cualquier estrato de la lengua, sino en la del pueblo, explica lo que sobrevendrá a nivel lingüístico, pero —y esta me parece su mayor importancia— advierte, con la agudeza del crítico que es el propio poeta, acerca de la necesidad de la poesía de volverse al habla popular para vivificar un lenguaje que tiende al anquilosamiento luego de que los hallazgos de los grandes maestros comiencen a ser pasto de epígonos y lleven sus poéticas hacia la caricatura. Ese fue, sin lugar a dudas, el paso siguiente en la obra del joven habanero. Aunque no movido por el azar o por seguir las corrientes de moda que llegaban de España y el resto de América, ni tampoco de modo exclusivo por hacerle comprensible al pueblo una poesía cívica que cantara al cambio social que sobrevino en 1959, sino como una meditada decisión estética originada en una de las piezas distintivas (y a la vez bastante desatendida, gracias a la reticencia del propio Retamar hacia ella) de la ensayística del autor: La poesía contemporánea en Cuba (1927-1953).[5]

La opinión de Jorge Luis Arcos, que comparto en su totalidad, me absuelve de abundar más en la calidad del ensayo:

Lo curioso (como le gustaba decir a Borges) es que en aquel libro «juvenil», La poesía contemporánea en Cuba (1927-1953) (1954) —tesis de grado para optar al doctorado en Filosofía y Letras, en la Universidad de La Habana, presentada el 23 de noviembre de 1953—, y que, según dice el autor […] en la «Noticia» preliminar: «Eso explica su condición didáctica, su sentido esquemático, su cargazón de citas», y también se refiere a su «forma escolar», lo curioso, reitero, en aquel libro, es la sostenida lucidez crítica y, con mucha frecuencia, la fulgurante penetración poética de muchos de sus juicios, hasta el punto que, con excepción del libro posterior de quien fuera entonces su maestro, Cintio Vitier […] («que leyó, aconsejando, estas notas de estudiante», escribe también en dicha «Noticia»), Lo cubano en la poesía, no se ha escrito después, en toda la historia de la literatura cubana, un panorama semejante, y enfatizo, muy especialmente por la calidad de su prosa —y ahora leo en el tomo segundo de los diarios de Piglia […] que «Un ensayo depende de la convicción que trasmita la prosa»—, más allá de sus valores cognitivos, ya notables.[6]

Tengo la certeza de que ese panorama extendió ante los ojos de Roberto Fernández Retamarno solo las virtudes de la lírica nacional en la primera mitad del siglo xx, sino sus carencias, y le dejó ver los resquicios por los cuales podría penetrar para dar un salto notable hacia una nueva manera de pensar y hacer la poesía, lo cual comenzaría a poner en práctica ya en los años anteriores al triunfo revolucionario. Si nos fijamos en el apartado «Aquellas poesías[1955-1958]» de su Poesía nuevamente reunida, vemos que está encabezado por un epígrafe de Rubén Darío: «Yo soy aquel que ayer no más decía», sutil señal de que hay un ligero cambio de aliento refrendado por poemas como «En su lugar, la poesía» o el tríptico De la realidad que incluye «Los que se casan con trajes alquilados», una de esas visiones irónicas, casi sarcásticas del contexto que se van a ir haciendo más comunes en Retamar a medida que se fortalezcan sus vínculos con la ruptura de la tradición próxima al origenismo. El culmen de esta actitud lo encuentra Roberto Méndez en «Felices los normales», de Buena suerte viviendo, un primo hermano de este poema anterior. Afirma Méndez:

La ironía aquí se hace sarcasmo, al invocar precisamente toda esa variopinta «corte de milagros» humana, al revertir la noción común y convertir en excepciones a los «normales», el autor se cura en salud de la habitual demagogia de retratar al pueblo con pinceles complacientes. Mirar el lado más amargo de la realidad, como Quevedo o como el Martí que escribiera: «yo respeto/ la arruga, el callo, la joroba, la hosca/ y flaca palidez de los que sufren», es ya buscar un remedio digno para ella. Gracias a ese sentido realista y a la vez amorosamente cómplice, fortificado por un humanismo de larga tradición, escapa Retamar a los poemas complacientes pergeñados para conmemoraciones y a la forzada epicidad de los que hacen del tema civil una oportunidad retórica.[7]

La ruptura definitiva con la poesía anterior llega, a mi entender, en el prólogo a Poesía joven de Cuba, antología preparada de consuno con Fayad Jamís y que vio la luz en 1959. Reparemos en un fragmento de este ejercicio crítico para apreciar hasta dónde ha madurado conceptualmente el autor:

El lector observará que se reúnen en esta colección poetas de tono conversacional, poetas que todavía sienten chisporrotear con violencia los ismos, poetas que no se han desprendido enteramente de los módulos herméticos. En todos, sin embargo, es dable percibir el intento de una nueva poesía. […] De esas notas, debemos dar lugar principal a una: un manifiesto deseo de humanizar la poesía (sin olvidar las conquistas expresivas que son ya ganancia irrenunciable), de devolverla aún más a los menesteres del hombre, alejándola todo cuanto sea posible de las aventuras formales de la exquisitez o herméticas de la trascendencia. No enseñan otra cosa los poetas que nos interesan. Y, sobre todo, no exigen otra cosa, los días que nos ha tocado vivir. La poesía tiende, a menudo laboriosamente, dolorosamente, a salir del enrarecido mundo a donde tuvo que ser llevada para preservar algunos objetos de la caída histórica […] Así como pudo decir una voz lúcida, acaso algo precipitadamente, que a una poesía esteticista había sucedido entre nosotros una de aventura metafísica o mística, puede afirmarse, con el usual margen de error, que la poesía, de vuelta de esas aventuras, penetra en la vida cotidiana, a alimentarse de ella ―y a alimentarla. No se eluden el prosaísmo, el tono conversacional, la violencia, la efusión sentimental, la preocupación social o política (aunque no de modo mecánico o demagógico), el desdibujo, la impureza.[8]

Este conjunto de características es, a la postre, muy coincidente en el fondo y la forma con el que otros críticos como Juan José Arrom o Carlos Bousoño enunciarían luego en sus respectivos Esquema generacional de las letras hispanoamericanas Teoría de la expresión poética, cuyas ediciones definitivas datan de la década del 70.[9] Es decir, que el poeta-ensayista no solo vislumbra el filón de la novedad conceptual, sino que se lanza él mismo a llenar ese vacío de las letras cubanas y esto lo convierte en uno de los principales exponentes de lo que la crítica ha denominado la generación del cincuenta.[10] Retamar, sin embargo, terminó siendo harto incrédulo con el tema generacional, a pesar de que en La poesía contemporánea…, por una circunstancia epocal, entre otras cosas, apela a este método para mirar la lírica del país. En una entrevista concedida a Víctor Rodríguez Núñez, aparecida primero en El Caimán Barbudo en 1981 y, después, ampliada, en el magazín cultural de El Espectador de Colombia en 1993, Roberto Fernández Retamar confiesa:

Subrayar en exceso la pertenencia a una generación, sobre todo si esta goza de prestigio, puede ser un síntoma de mediocridad. En definitiva, los poetas que nos interesan son los que trascendieron su generación, las escuelas, los movimientos, las tendencias.

¿A qué generación pertenecieron Petrarca, Quevedo, Shakespeare, Whitman, Rimbaud? […] La conciencia de pertenecer a una generación, por otra parte, se tiene mayormente cuando se es muy joven. Max Aub decía que entonces solo existen dos generaciones: la que corta el bacalao y la que sube, con un cuchillo entre los dientes, para decapitar a los que cortan el bacalao. Además, lo que se suele llamar generación es, en realidad, un grupo dentro de una generación. Yo me siento más cerca de ciertos poetas (antiguos o no) que de muchos de los poetas de mi generación.[11]

El poeta de los primeros años revolucionarios, no obstante, participa de una renovación que había empezado, a la vez, en España y América, y que tenía como protagonistas a Ángel González, Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma, Pere Gimferrer, Gloria Fuertes y Eladio Cabañero en la península, y por acá a Nicanor Parra, Ernesto Cardenal, Mario Benedetti, Jaime Sabines y Juan Gelman, entre otros. Tampoco es que el conversacionalismo fuera una tendencia desconocida en la poesía cubana. Ahí están los atisbos del Padre Capacho, José Manuel Poveda, Rubén Martínez Villena, María Villar Buceta, Federico de Ibarzábal, José Zacarías Tallet, Eugenio Florit, Nicolás Guillén, Samuel Feijóo, Eliseo Diego o Fina García-Marruz. Retamar subsume, entonces, una serie de influencias autóctonas y foráneas y enarbola un discurso que retoma un estadio anterior y poco explotado de la tradición y renuncia, con mucho coraje y sabiduría estéticos, a la corriente predominante en el panorama lírico nacional, para arriesgar su voz en una tendencia nueva y, de cierto modo, no demasiado prestigiosa hasta la fecha.

Mario Benedetti junto a Roberto Fernández Retamar

Dirimir ahora esas argucias teóricas pudiera resultar demasiado arduo. Basta leer Sí a la Revolución para apreciar ese viraje decisivo en la poesía de Fernández Retamar. Quien, entre 1959 y 1962, escribe y publica este cuaderno resulta por completo consciente del vuelco histórico y social dado por Cuba y asume un firme vínculo ideológico con la Revolución, gracias al cual quedó en el vórtice de una actividad pública de servicio que le granjeó un nivel de compromiso político inusitado en su vida. En medio del fervor inicial de un proceso único hasta entonces en la historia de América Latina, tiene el motivo que le brinda la necesidad de comunicación, todo se engrana y sus textos dejan testimonio de este acontecimiento estremecedor para él y para todo el pueblo cubano. Según Mario Benedetti:

[…] en la obra de Roberto Fernández Retamar […], la Revolución aceleró una madurez que acaso solo hubiera llegado con muchos años más de esa incolora frustración que tan bien puede conocerse en el resto de América Latina. Lo mejor de la producción de Fernández Retamar, no solo desde el punto de vista comunicativo, sino sobre todo desde el punto de vista artístico, es posterior a 1959».[12]

José Emilio Pacheco, por su parte, declara:

No es, por tanto, fortuito que su mejor poesía haya sido escrita después desde la Revolución: hubo una coincidencia afortunada entre la poesía exigida (no mediante decretos sino a través de los hechos) por la Revolución y el temperamento poético de Retamar.[13]

De esa congruencia nace Sí a la Revolución. La crítica ha insistido en poemas como «El otro», señalando su valor como parteaguas ideológico, como deuda contraída por un miembro de la generación del Centenario que, al no participar en la lucha armada, opta por integrarse a la puesta en marcha de la nueva sociedad de manera irrenunciable. Yo prefiero volcarme hacia un aspecto diferente: el estreno de lo epistolar en la lírica del autor. Al respecto, Virgilio López Lemus apuntó en 1984:

Ninguno de los poetas del coloquialismo cubano empleará mejor el recurso epistolar, el poema en imitación de una carta. Entonces el tono conversacional se torna en Retamartono epistolar, tan familiar y cotidiano como el de la conversación, pero en el que se hace más evidente la elaboración literaria. Si en otros coloquialistas hay un afán de borrar los límites de la escritura y el diálogo común (cosa que, naturalmente, no logran), en Retamarse evidencia una conciencia de escritor, de poeta en reelaboración de su «materia prima», y por eso su conversacionalismo se trasmuta en muchas ocasiones en epistolarismo, aunque el poema no se trate ya de una «carta». Retamar no es, en buena parte de su poesía, un conversador, sino un remitente.[14]

Coincido con López Lemus en que el afán de sustituir el ritmo ideológico del poema por los vaivenes del fraseo propio de la conversación, como propuesta estética del coloquialismo, fracasó. Era atrevido, pero casi irrealizable. La mayor parte de los poetas de la generación del cincuenta y de las que vinieron después y siguieron insistiendo en el coloquialismo, no atinaron a pasar del intento. Si a eso le sumamos el afán de escribir poesía social o política, siempre tan poco amable, veremos que muchos se descalabraron en el episodio. Es el caso de autores pertenecientes a otras promociones como Félix Pita Rodríguez (Las crónicas. Poesía bajo consigna, 1961), o coetáneos con Retamar como José A. Baragaño (Himno a las milicias, 1961), cuyos cambios de voz los llevaron a una poesía ramplona y poco eficaz más cercana del pasquín que del arte. Retamar halla este recurso de lo epistolar (que mantendrá de una u otra manera a lo largo de su copiosa obra) y elude gracias a él algunos de los lances más complejos a la hora de acometer el poema, como la narración de acontecimientos históricos o los razonamientos políticos y estéticos. Muchas de estas cartas van dirigidas a otros poetas, la mayoría compañeros de aventura en la exploración de lo conversacional y lo coloquial y, también, simpatizantes de la izquierda (Fayad Jamís, Juan Gelman, Roque Dalton, Evgueni Evtushenko, Ezequiel Martínez Estrada, Francisco Urondo, Cintio Vitier, Julio Cortázar, Luis Rogelio Nogueras, Nancy Morejón). Estas son auténticos debates político-ético-estéticos que, fuera del ámbito de una epístola, tal vez perderían toda eficacia artística y sonarían a sermón gastado o a meditaciones seudopoéticas. Este expediente deriva, obviamente, de su cultura y su sagacidad para volver una y otra vez a la tradición y torcerla hasta que parezca novedosa. Desde Horacio(en cuya obra descuella la «Epístola a los Pisones»), esta composición en verso ha servido para la reflexión moral y filosófica y tuvo cultivadores egregios en Dante, Donne, Quevedo; en tanto que la epístola en prosa, capital ya desde la Biblia, halló en Petrarca, Erasmo, Montesquieuo algunos autores españoles familiares a Retamar (Francisco Cascales, José Cadalso, Benito Pérez Galdós, Juan Valera), firmas que la dotaron de altas calidades en el pensamiento y en la prosa y la tornaron un género ensayístico. Como una de las aspiraciones del coloquialismo fue, además, sustituir el verso tradicional por la supuesta prosa de la conversación, estas hibridaciones entre verso y prosa (tan del gusto de otros ideológicamente muy lejanos de él como Ezra Pound y T. S. Eliot), entre poema y ensayo, debían sonar muy tentadoras al poeta-pensador para afrontar el reto de abrir nuevos caminos en la poesía cubana.


[1] Graziella Pogolotti: op. cit., p. 54.

[2] Jorge Luis Arcos: «La crítica de lo indecible. Sobre La poesía, reino autónomo de Roberto Fernández Retamar», Celehis–Revista del Centro de Letras Hispanoamericanas, año 26, nro. 34, Mar del Plata, Argentina, 2017, pp. 153-183. Ver páginas 160 y siguientes.

[3] De esta cercanía dice Pablo Armando Fernández en una curiosa reseña publicada en Lunes de Revolución que abarca algunos cuadernos de Retamar, desde Elegía… hasta En su lugar, la poesía: «[…] En aquellos días Retamar escogía para su amistad con la vida y la poesía amigos verdaderos: César Vallejo, José Martí, Antonio Machado, Garcilaso. Después, pocas veces habrá que lamentar tanto un después, Retamar ha escogido otros amigos, señalemos a José Lezama Lima, a CintioVitier, a Eliseo Diego, poetas que ―con excepción quizás de Lezama Lima— andaban con él, Retamar, haciendo su poesía, buscándola, persiguiéndola, ahuyentándola…». No obstante esta y otras opiniones acerbas del comentario, comprensibles por el ambiente antiorigenista que animó al entorno de Lunes…, Retamar siguió siendo amigo entrañable de Cintio y Fina,como indican los numerosos poemas dedicados a ellos en Poesía nuevamente reunida, aunque sus concepciones estéticas divergieran tal vez de manera apreciable.

[4] Fina García-Marruz: «Nota sobre Alabanzas» en Acerca de…, p. 30.

[5] En el volumen Acerca de… aparecen trabajos de Cintio Vitier, Marcelo Pogolotti, Medardo Vitier, Graziella Pogolotti y José Antonio Portuondo sobre este libro. Todos son de la época en que fue publicado. Después, la ensayística de Retamar se fue desplazando hacia otros territorios (la política, la culturología, Martí) y se apartó bastante de la crítica literaria en su sentido más tradicional.

[6] Jorge Luis Arcos: op. cit., pp. 160-161.

[7] Roberto Méndez: op. cit., pp. XVII-XVIII.

[8] Roberto Fernández Retamar: «Para presentar Poesía joven de Cuba», Poesía joven de Cuba, La Habana, Segundo Festival del Libro Cubano, s/f, pp. 9-10.

[9] Por razones de espacio prescindo de enunciar en detalle las características enumeradas por ambos estudiosos. Consúltense al respecto, de Arrom, Esquema generacional de las letras hispanoamericanas. Ensayo de un método (2da ed., Bogotá, 1997) y, de Bousoño, Teoría de la expresión poética (Editorial Gredos, Madrid, 1973). El ensayo de Arrom aparece citado también en el prólogo de Eduardo López Morales a La generación de los años 50. Antología poética (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1984, p. 22), y en Teresa J. Fernández: Revolución, poesía del ser (Ediciones Unión, La Habana, 1987, pp. 45-46).

[10] La generación de los años cincuenta, de Luis Suardíaz y David Chericián, con prólogo de Eduardo López Morales (Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, 1984), recoge poemas de los integrantes de esta promoción; algunos de los estudios críticos más socorridos para acercarse a ella son: César López: «En torno a la poesía cubana actual» en revista Unión (no. 4., La Habana, 1967); Luis Suardíaz: «Artes y oficios del poeta» en Ponencia sobre literatura cubana (La Habana, noviembre, 1981); Eduardo López Morales: prólogo a La generación de los años cincuenta (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1984); Teresa J. Fernández: Revolución, poesía del ser (Ediciones Unión, La Habana, 1987) y Virgilio López Lemus: Palabras del trasfondo (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1988).

[11] Esta entrevista está recopilada, bajo el título «Roberto Fernández Retamar. La poesía, reino autónomo», en el libro de Víctor Rodríguez Núñez: La poesía sirve para todo, Ediciones Unión, La Habana, 2008, pp. 121-138. La cita en la página 124.

[12] Mario Benedetti: «Poesía desde el cráter» en Acerca de…, pp. 69-83. La cita en las páginas 81 y 82.

[13] José Emilio Pacheco: «Fundido, confundido con la palabra poética» en Acerca de…, pp. 84-91. La cita en las páginas 86 y 87.

[14] Virgilio López Lemus: «Circunstancia a Retamar» en Palabras del trasfondo, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1988, pp. 280-290. La cita en la página 287.

(Tomado de La ventana)

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