Creado en: enero 28, 2021 a las 07:20 am.

Las vidas ajenas de Miguel Barnet

Miguel Barnet dedicó siete años al estudio sobre transculturación de las religiones de origen africano en Cuba y el Caribe

Confesó en alguna ocasión tener alma de coleccionista. Hay quien prefiere las tazas de café o los sellos. Lo que él guarda, sin embargo, no tiene peso o forma determinada. Las vidas ajenas son más ligeras y puede llevarlas consigo. No es posible almacenarlas en gavetas, cajas o cuadernos amarillentos.

Una nada tiene que ver con la otra, varían según el período histórico, la situación geográfica, la personalidad. Ellas son únicamente palpables cuando el intercambio entre él y la memoria ajena termina atrapado en un libro. Entonces nos permite tomar las vidas con ambas manos, hojearlas, leerlas.

 A Miguel Barnet lo visitan los ajenos en su casa del Vedado. Mueven a su merced el reloj antiguo, que asume, cuando le da la gana, el horario de los vivos.

Puede ser Esteban Montejo, sentado con 103 años en el taburete, el sombrero de pajilla raído, las llagas espirituales de un cimarrón. O Rachel, la vedette de las noches del Alhambra. Puede ser Manuel Ruiz, el gallego urbanizado en Cuba, natural de una aldea en Pontevedra. Unos encarnan a otros muchos, voces travestidas por la imaginación de escritor, el escritor travestido por la imaginación del personaje.

«La gente quiere contar su vida y nosotros no somos más que una caja de resonancia. Pero una caja de resonancia no es una reproductora, en una caja de resonancia hay muchos decibeles y ahí empieza a funcionar eso que se llama el talento», así lo afirmó el Premio Nacional de Literatura 1994 al Dr. en Antropología de la Universidad Austral de Chile, Yako González.

«Es la historia de las mentalidades, es la historia de una idiosincrasia, es historiar la construcción de la vida cubana a partir de un discurso individual que se vuelve colectivo (…) Son la llamada gente sin historia. Les di un protagonismo que ya tenían, pero que estaba oculto, aunque no en la oscuridad, porque ellos siempre tuvieron su luz».

La búsqueda constante de la luz comenzó con sus maestros Fernando Ortiz y Argeliers León. Se dedicó a escuchar pataquies sobre los orishas, un universo que consideró rico en simbolismos y hoy todavía lo acompaña. Los narradores «soltaron como un demonio» toda la sabiduría. Él se despojó de su incredulidad y ellos le hablaron de sus esencias. 

Se graduó del Primer Seminario de Etnología y Folklore en 1960. Un año después formó parte del grupo fundador de la Academia de Ciencias de Cuba. Integró el primer equipo de trabajo del recién creado Instituto de Etnología y Folklore, ahí dedicó siete años al estudio sobre transculturación de las religiones de origen africano en Cuba y el Caribe. En 1995 creó la Fundación Fernando Ortiz.

«¿Cuál hubiera sido mi destino sin la Revolución?, se preguntó en un artículo publicado en el periódico Granma, Empleado público, oficinista o, cuando más, profesor de español en un colegio norteamericano. Diletante intelectual a lo sumo. Viajero de los ferries a Miami y cazador de fruslerías y dinero. Antes de Palabras a los intelectuales, y mucho más después, supe que mi destino era Cuba, la Cuba que tendríamos que construir y que tanto nos ha costado».

Describe su entrada a la UNEAC muy a la cubana, como un «chiripazo». Carvert Casey le había pedido un libro de poemas. Él, a su vez, se lo dio a Lisandro Otero hasta llegar a las manos de Roberto Fernández Retamar, Secretario Ejecutivo de la institución en 1962.

La piedra fina y el pavo real le pondría a Miguel Barnet, entonces un escritor desconocido de 21 años, la «piedra» de entrada a aquella organización que buscaba unidad dentro de la diversidad cultural, artística e ideológica que removía el país por aquellos 1960 fundacionales.

«La UNEAC no nació para controlar a nadie, ni para dirigir o favorecer ninguna tendencia, surgió con el espíritu de Fidel de la conciliación. Cuando se creó había una diversidad ideológica: cristianos, católicos, masones, revolucionarios del Partido Socialista Popular, del Movimiento 26 de Julio, del Directorio Revolucionario y otras tendencias que de alguna manera se habían acercado a las artes y tenían una obra», me comentó el etnólogo en una entrevista.

Desde entonces su vida no existe sin la organización que lo nombró presidente en 2008 y en la que ahora funge como Presidente de Honor. Ahí pintó las rejas en trabajos voluntarios, ahí le dio de comer a las palomas de Nicolás Guillén. Ahí tomó una copa de vino o de ron con los artistas y escritores cubanos durante muchos años. Ahí abogó por la cultura y la trasformación.

Barnet conforma su obra a partir de distintos géneros. La poesía con La sagrada familia, Orikis y otros poemas, Con pies de gato y Actas del final. Las novelas testimonio de Biografía de un cimarrón, Canción de Rachel, Gallego, La vida Real y Vida de Ángel. Desarrolló ensayos y estudios antropológicos como Apuntes sobre el folklore cubano, La fuente viva y Cultos afrocubanos. También el séptimo arte lo sedujo e incursionó en el guión cinematográfico.

En los momentos difíciles lo acompaña Esteban, en los melancólicos, el optimismo de La bella del Alhambra. Piensa mucho en Julián Meza, a quien la estafa, la discriminación y exilio no le impidieron seguir amando a su país. A sus 81 años los lleva consigo, como su sombra. Él no colecciona tazas de café, sino vidas ajenas.

La suya la comparte y la regala con pedacitos de aquí y de allá, con la memoria de otros que vinieron antes. Miguel hace lo mismo ahora: contar la historia de esta Isla donde, a decir de Rachel, todo el mundo «tiene su estrella asegurada, o su cruz, porque también existe el que viene a darse cabezazos».

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