Creado en: octubre 3, 2021 a las 08:11 am.

Último número de Olga Montes: dentro del área de cobertura

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En tiempos en los que el uso de internet se levanta ante los seres humanos como un peligro, los avances tecnológicos estimulan la enajenación de la humanidad y los juegos infantiles en su forma tradicional ceden espacio a los dispositivos de la era digital, hojear la última propuesta literaria de la escritora artemiseña Olga Montes Barrios es un verdadero soplo de aire fresco.

Un mensaje sin leer, premio La Edad de Oro, 2018, vio la luz por la editorial Gente Nueva y nos invita a cuestionarnos, mediante sutiles o evidentes aproximaciones a la realidad contemporánea, nuestra forma de reaccionar ante el desarrollo tecnológico. 

¿Perderán los niños su capacidad de relacionarse entre sí? ¿Volverán a ser seguros los pasillos de la escuela? ¿Recuperaremos la armonía y la interacción familiar en nuestros hogares? Estas interrogantes podrían calificar de alarmista a la autora si no fuera capaz de hilvanar sus historias con maestría literaria. Logra Olga Montes motivar al lector, sembrar la duda, provocar la reflexión necesaria.

Un mensaje sin leer es un intento, a mi juicio no tan feliz, de libro-celular. Las limitaciones materiales juegan otra vez sus cartas contra el soporte, a pesar del talento del diseño y las ilustraciones de portada e interiores. El contenido salva las falencias cuando nos atrapa desde el primer cuento y no nos permite abandonar la lectura hasta el último.

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Montes Barrios no descubre el agua tibia. Un mensaje sin leer es un libro que vuelve al tema más antiguo de la historia: El amor. La artemiseña devela ante nosotros ese sentimiento como una necesidad en falta en la familia, los amigos, en los propios personajes que no por ser pequeños ofrecen una realidad edulcorada sino que se cuestionan con profundas reflexiones el mundo en el que viven.

Una sociedad sectorizada por las posesiones materiales, un esquema de prioridades subordinadas al éxito en las redes, el puntaje en los juegos o la cantidad de seguidores. Sería más fácil abordar estos temas si se tratara de ciencia ficción y no de una realidad  que nos explota en la cara. Asuntos cruciales se hilan en Un mensaje sin leer y, envueltos en los probados artificios de la escriba, nos hacen pasar un rato agradable y sorprendernos con cada página que va cediendo ante el apetito del lector curioso.

Varios mensajes deben extraerse de este  texto. Se trata de un libro que nos sugiere con finísima ironía que es tiempo de volver a los libros. Ilustra cómo los artefactos electrónicos ocupan cada vez más espacio en la vida de nuestros pequeños, espacios que antes estaban destinados a la felicidad.  La realidad-otra pugna contra la realidad-física y lo hace sin que nos percatemos de ello. En ese ir y venir de un mundo a otro es posible perderse y en el caso de los niños la posibilidad es más inminente y peligrosa.

Por eso Un mensaje sin leer no es un libro para niños o solo para niños. Es un libro que recomiendo a quienes aman a los niños, a quienes se preocupan por ellos. Un manual para padres y maestros bien pudiera contener en un capítulo la colección de cuentos de Olga Montes y convertirse en obligada  consulta en los tiempos que corren.

El daño que se puede provocar a la comunicación mediante las redes sociales no es algo nuevo. Que los menores son más susceptibles y  además el blanco principal en el bombardeo de contenidos enajenantes es también una verdad establecida. Ese gran mérito tiene la propuesta de Olga Montes. Nos ayuda, con oficio de consagrada prosista, a encontrarnos, a no perder el rumbo tras la punta de un arcoíris. Vale la pena entonces, en medio de tantas ocupaciones, llamadas juegos y likes en las redes, guardar un poco de batería y no dejar de leer su mensaje.  

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