Creado en: octubre 9, 2021 a las 09:23 am.

Una cruzada teatral, otra, o el más reciente libro de Isabel Cristina y Jorge Ricardo

Tula Campos. Fundadora de la Cruzada Teatral

(Por Migdalia Tamayo Téllez)

Casi tres décadas de un tributo singular al apóstol han hecho de la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa una de las razones de genuino orgullo guantanamero. Durante treinta y cuatro días, del 28 de enero al 2 de marzo de cada año, se habla del suceso en los principales medios de comunicación con alcance nacional y provincial, y con repercusión en las revistas especializadas. Ha sido tema de realización documental y la investigación científica, de esta última es la primera referencia en un libro como resultado del trabajo de campo para argumentar la tesis doctoral sobre la política cultural en el campo artístico teatral cubano realizada por la antropóloga estadounidense Laurie Frederick, un texto más cercano a la gestión cultural institucional que al objeto mismo de transformación social consustancial a la acción cultural en cuestión. De cómo la cruzada interactúa con los paisajes naturales y humanos en las montañas guantanameras, de las emociones que genera y las huellas tatuadas en los artistas y lugareños nos habla el libro A Baracoa me voy… Una cruzada teatral, de los autores Isabel Cristina López Hamze y Jorge Ricardo Ramírez Fuentes con edición de la filial mexicana de la Fundación Rosa Luxemburgo.

Toman los autores la ruta trazada para atravesar las comunidades de los seis municipios en programación y relatar en comunión exacta entre el texto visual y escrito lo que acontece en estos parajes en tiempo de cruzada. Una dedicatoria especial adelanta el trasfondo humano del libro todo: “a los cruzados de todos los tiempos, a los artistas que acompañaron el viaje: Rafael, Tula, Emilio, Eldy, Yamisela y Edel; a Ury de La Montaña, guía espiritual; a nuestros padres y a nuestros hijos Diego Alonso y Oliver Antonio”, y abre página con la fuerza de las palabras del campesino de Patana en Maisí, Eladio Mazón, convencido de la importancia de la cultura para el desarrollo de la nación seguida, de manera intensionada, con la primera imagen visual que descubre los rostros encandilados y de todas las edades ante la magia del teatro, y probablemente uno de los motivos por lo que 30 años después la idea de Carlos Alberto, su fundador, sigue ganando cómplices enamorados.

Sin ánimo de clasificar una obra de esta naturaleza podríamos adelantar que el libro no es una historia de la Cruzada… aunque se descubra en sus páginas historias de vidas o elementos distintivos de muchos de los implicados en el proceso cultural, más bien podría inscribirse en la línea génerica de los estudios culturales con énfasis en la memoria cutural de una manifestación artística resultante de los trueques en espacios-tiempos determinados que los autores logran traducir en imágenes y palabras.  Por ello, no quebranta la armonia del texto la incorporación de pequeños poemas que cierran cada capítulo o parada municipal y tampoco sorprende porque la belleza de las crónicas que le anteceden han preparado el camino para el triunfo de la poesía. Así el Amor de caña se expande en El teatro por primera vez en Potosí para hablar de una municipalidad como Manuel Tames, punto inicial el recorrido, cuya identidad hunde sus raices alrededor del cultivo de la caña de azúcar. La muerte de un escarabajo y fruto exótico inspiran los versos finales. 

Sirenas de fango “que no cantan pero te abrazan y te besan los pies” y los niños voladores de Monte Verde son resguardados por Irma, de los Naranjos y Juanito, de Vega del Toro que abre, uno y pone fin, el otro, a la estancia en Yateras. Esta vez el macao y el agua cristalina de los ríos son los motivos para hacer el verso.

La gente fría de Viento Frío y un niño que daba nombres a las flores custodian la añoranza de un lavado paleta en mano para quitar el sucio contra la piedra y el aplauso agradecido del mejor de los públicos posibles “bajo la luz de la luna”, despide a los cruzados de San Antonio del Sur con flores silvestres y el fruto del amor de una lagartija.

Mochilas azules, diablos y cristianos, café que salva y una actriz voladora descubren a un Imías nunca antes referenciado ni por los textos para la enseñanza ni en las estadísticas oficiales, solo en la más profunda mirada de quien al parecer no sale del asombro ante tanta vida develada a lo largo de toda una cruzada.

De escuela, un caminante y un maestro para solo dos niños; otro zoológico de piedra; el sueño de un solitario y paciente caracol; de Ramón el maestro de Patana, donde el tiempo es más lento que el tiempo de la isla, y otros misterios de una Punta se habla en la penúltima parada. Isabel Cristina deja claro que “solo en la Cruzada se ven esas cosas (….) justo en el punto donde se encuentran el teatro y la gente de la montaña”.

El arribo a Baracoa nada tiene que ver con el primer centro urbano que conoció la isla; Yumurí y María; Palma Clara, Esmérida y los niños del proyecto La Flor del café; la Loma del Nene y la niña que protege a las polimitas son los últimos relatos de la travesía.

La permanencia en el tiempo y la respuesta a la convocatoria por las agrupaciones, artistas y públicos ha generado un sin número de imágenes de cada día, de cada obra, de cada participante en la diversidad de tareas cotidianas las que se enfrentan. Todas documento visual que da cuenta del crecimiento en cada una de sus partes y del evento en general. Pero, un discurso visual complementa el escrito pero adquiere vida propia que mucho le debe al dominio técnico pero sobre todo a la sensibilidad para captar lo necesario. Imagen y palabras no pueden tomar rumbos separados, se funden en un cause único como única es la Cruzada. Así la pareja de creadores nos devuelve una Cruzada, otra, que cohabita con los totales de funciones por comunidades y cantidad de espectadores, pero que la supera a fuerza de creer que la fe que traspasa las miradas, los sueños que guían los pies con o sin zapatos, el anhelo por la luz, un aplauso, un abrazo o una sonrisa es la mayor contribución de la acción teatral más revolucionaria en tiempos de Revolución. Gracias a Isabel Cristina y Jorge Ricardo por el privilegio de asistir a su encuentro de amor con la Cruzada y con Guantánamo y por mostrar sus esencias.

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